Archivos para noviembre, 2011

Kevin Spacey, caracterizado como el enclenque Verbal Kint, inicia su relato en la comisaría, sentado frente a un incrédulo Chazz Palminteri. Hablan de un criminal feroz, temible, pero, sin embargo, invisible. Un mito: Keyser Soze. Entonces, Spacey levanta la mirada y pronuncia una de las frases más célebres de la historia reciente del cine: “El mejor truco que el Diablo inventó fue convencer al mundo de que no existía”. Estamos hablando, obviamente, de Sospechosos Habituales, la película con la que Bryan Singer golpeó a todos en 1995. Aquel tullido y tímido Spacey nos guía por un relato apasionante, en el que el final nos depara un giro sorprendente, en el que esa misma frase toma un cariz clave en toda la trama. Al espectador que la descubre por primera vez se le queda la misma cara de bobo que al bueno del agente de aduanas. Adiós, taza de café… Todo encaja tarde, demasiado tarde.

Con David Miguélez (Gijón, Asturias, 05-05-1981) ocurre algo parecido. Le llaman ‘El Mago’, pero nada a simple vista parece delatarle: si no fuera por el uniforme de futbolista que  se enfunda cada fin de semana, podría pasar por panadero, conductor de autobús o el encargado del supermercado del barrio. Un tipo de lo más normal. Incluso vestido de jugador destaca por su sobriedad. Nada de botas de colores extremadamente rampantes; nada de tatuajes; nada de peinados extravagantes. Ni siquiera un físico potente o un dorsal ‘estrella’ -luce el 18- alerta sobre el peligro que es capaz de provocar. Pero cuando toca el balón, todo cambia. Y ahora la afición del Alcorcón ya lo sabe. La Segunda División tiene esta temporada un debutante de excepción. Un hombre que, a los 30 años, ve cumplido el sueño que tantas veces pareció escaparse en el último momento.

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El Córdoba juga fuera de casa. Los jugadores blanquiverdes salen a calentar. Encabezando el grupo, dos hombres imponentes, la pareja de centrales: Gaspar Gálvez y David Prieto, ambos corpulentos, que pasan del metro ochenta y cinco, unos auténticos armarios. Nada fuera de lo normal, sin embargo, tratándose de futbolistas. El público rival los ve pasar y, después, siguen uno por uno al resto de componentes del equipo. Es entonces cuando todos, sin excepción, posan sus ojos en uno en concreto. Uno muy menudo, al que el chándal del equipo le queda irremediablemente grande. Desde las primeras filas de la grada, alguien hace un comentario que pretende ser gracioso: “¡Oye, que se les ha colado un infantil en el equipo!”. Sonrisas y miradas cómplices se extienden entre el público. Pero rápidamente se transforman en caras de admiración cuando ese mismo jugador recorre medio campo haciendo toques con el exterior del talón sin que la pelota toque el suelo. Y sin el más mínimo esfuerzo. El pequeñajo se acaba de ganar el respeto de los que no le conocían.

El protagonista de esta escena es Juan Quero (Madrid, 17-10-1984), el futbolista más bajito de la Segunda División. Puro talento concentrado en un cuerpo de 157 centímetros, un jugador que ha sabido sacar el máximo partido a un físico al que mucha gente consideraba no apto para el fútbol profesional. Como, por ejemplo, los técnicos del Real Madrid, que decidieron prescindir de él cuando tenía que dar el salto al equipo cadete. “Era una época en la que el Madrid buscaba jugadores grandes para su proyecto de cantera. Y claro, yo no encajaba”, relata; “Sin embargo, se portaron muy bien conmigo. Mientras que a otros compañeros simplemente les anunciaron que no iban a seguir, en mi caso fue distinto. Vicente Del Bosque –entonces coordinador del fútbol base blanco- se reunió con mi madre y le explicó que, por una cuestión simplemente de físico, no iba a tener minutos y que era mejor que me fuera a otro equipo”. Entonces, en plena adolescencia, tuvo claro que si quería llegar a ser jugador profesional debería superar un importante handicap: su poca estatura. Y así fue. Con 27 años recién cumplidos, disfruta de su quinta campaña entre Primera y Segunda.

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Nada más hacerse cargo del Nàstic, Jorge D’Alessandro lo tuvo bien claro. Tras el primer entrenamiento, mientras la plantilla se encaminaba hacia las duchas, llamó a unos pocos jugadores para una charla aparte. Eran los señalados por el técnico para sacar adelante un conjunto en estado comatoso, que no había ganado ningún partido en 11 jornadas de Liga. Después, ante la prensa, el argentino no se mordió la lengua y confesó que ponía el equipo en manos de los veteranos, pero se detuvo en un solo nombre, el de Fernando Morán (Madrid, 27-04-1976).  Un jugador al que, desde el primer momento, ha entregado la batuta del equipo, y al que  llama a gritos con un mote de lo más descriptivo: Maestro. Lo que quizás no sabe D’Alessandro es que ese sobrenombre le viene al madrileño como anillo al dedo. Porque Morán, aparte de marcar el ritmo de los grana sobre el terreno de juego, también lo lleva en las venas. Es músico y va camino de terminar su tercer disco de estudio.

Todo empezó en un local de Madrid, a principios de los 90. Sobre el escenario, Loquillo, con su estampa imponente, seduce e hipnotiza a la audiencia. El ‘Loco’ es el centro de atención de todos los presentes. De todos, menos un joven llamado Fernando, que, como en el césped, siempre mira un poco más allá. Sus ojos se posan en el batería. La potencia y la coordinación de las baquetas le hacen decidirse: quiere aprender a tocar y sabe cómo hacerlo. La clave la tiene un cura. Sí, un cura. El Padre Levi’s, para más señas. “Yo iba a los salesianos, y había un profesor muy moderno que enseñaba a tocar varios instrumentos. Al día siguiente le pedí que me diera las primeras clases”, rememora. Desde entonces, la música ha sido la válvula de escape de un futbolista que va camino de alcanzar los 500 partidos en el fútbol profesional, entre Primera y Segunda. “Me sirve para desconectar, para no comerme la cabeza. Cuando las cosas van mal le doy muchas vueltas a todo y mientras estás tocando no puedes pensar en lo que te agobia. Eso ayuda a seguir dando guerra”, explica.

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Se apaga la última luz del estadio. Los ecos de los gritos de euforia de los aficionados todavía resuenan en la ciudad. Los jugadores, exhaustos después de todo el ritual de celebraciones, se van a casa vacíos, con la satisfacción de saber que han hecho historia y la convicción de haberse ganado a pulso un ascenso del que esperan disfrutar la temporada siguiente. El cuento de hadas tiene su final feliz. Pero… ¿qué pasa justo después? El fútbol, como la vida, a veces se reserva un epílogo, y no necesariamente agradable. Es lo que le pasó a Ernesto Gómez (Madrid, 26-04-1985) cuando concluyó la temporada más fascinante que un equipo modesto ha protagonizado en los últimos tiempos: la que llevó al Alcorcón a eliminar al Real Madrid  de la Copa y a subir por primera vez en la historia a Segunda. Ernesto, que había tenido un papel destacado en ambas gestas (marcó uno de los goles del famoso Alcorconazo y fue una de las claves de la remontada increíble en la última eliminatoria del playoff ante el Ontinyent), se vio apeado, casi sin poder creerlo, del tren hacia Segunda. Con una simple llamada telefónica. “Unos días después del ascenso, me llamó el míster, Anquela. Me dijo que lo sentía, pero que no contaba conmigo pese a haber jugado más de treinta partidos como titular. Fue todo muy rápido, duró menos de un minuto, y no tuve tiempo a reaccionar ni a decir nada. Después de colgar, me quedé mirando el teléfono. No me creía lo que acababa de pasar”, relata. Era el último desengaño de una carrera que, en ese momento, cogía un nuevo impulso, el definitivo, que le llevaría a consolidarse en Segunda de la mano de otro equipo sorprendente: el Guadalajara. Pero eso, entonces, Ernesto no lo sabía.

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