Archivos para diciembre, 2011

El olor a césped recién cortado inunda el ambiente, mezclándose de inmediato con el que arrastran los jugadores desde la caseta: una mezcla de colonia, sudor y linimento para calentar los músculos. Los ruidos de los tacos de aluminio –tack, tack, tack– repiquetean en el túnel de vestuarios, en una percusión hipnótica, que pretende exorcizar el miedo que atenaza la boca del estómago, que impide pensar con claridad.

Los once elegidos sólo pueden visualizar mentalmente imágenes, flashes que pasan a velocidad de vértigo por sus cabezas. El partido ideal. Los momentos clave que puedan resolver para convertirse en héroes de la historia de 90 minutos que están a punto de escribir.

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En Twitter hay dos tipos de cuentas: las que usan seudónimo y las que son de personas reales. Normalmente, los comentarios más ingeniosos, valientes o simplemente directos son siempre de las del primer tipo. Existe una especie de relación inversamente proporcional entre la fama y lo políticamente incorrecto: cuanto más conocida es una persona, más comedidos son sus comentarios. Y si encima el personaje en cuestión es un futbolista, rara vez encontraremos un tweet fuera de lo que los jugadores podrían comentar delante de un micrófono. Valoraciones estándar de los partidos, fotos desde los hoteles de concentración, declaración de intenciones antes de un encuentro… el lenguaje habitual, pero en un nuevo medio. Sin embargo, existen excepciones realmente interesantes. Hay un jugador, con más de tres mil seguidores en su cuenta, capaz de hacer reflexiones como esta: “Ojalá inventen el Balón de Madera o la Bota con Tuerca. Algún punto me llevaba seguro. Hombre, no podría competir con Gravesen, pero…”. O como esta otra: “Para mañana había dos opciones. Convocado o conbocadillo. Es la primera. ¡Vuelvooooo! Hostias como panes”. Las frases son de un central que, tras pasar por varios equipos de Segunda B, Segunda e incluso Primera, prueba ahora una nueva experiencia, a sus 33 años, en una liga tan poco explorada por nuestros jugadores como la austriaca.

Hablamos de Iñaki Bea (Amurrio, 27-06-1978), un defensa duro, de los de la vieja escuela, que ahora se bate el cobre en el Wacker Innsbruck, donde ha recuperado la motivación para seguir pegándola pa arriba (como él mismo reconoce en la biografía de su cuenta oficial, @inakibea) después de más de una década de lucha en los campos de la liga española. “A veces, estando de pretemporada con alguno de mis ex equipos, íbamos al extranjero. Y cuando estás lejos de casa te haces preguntas, te entran ganas de tener una experiencia fuera. Quería volver a disfrutar del fútbol. Y en un país del primer mundo, europeo. Nada de países complicados, como Grecia o Rumanía. Por eso, cuando se me planteó la posibilidad de venir a Austria, no me lo pensé”, explica, desde Valladolid, recién llegado de permiso navideño.

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Si eres tatuador profesional, a la que llevas unos cuantos años -quizá incluso menos- en el negocio, ya crees haber visto de todo. Moteros que piden grandes dibujos de fuego y calaveras; Lolitas que quieren un delfín, una mariposa o un duende; jovencitos que buscan adornar su bíceps con un motivo tribal o unos carácteres chinos… lo normal, vamos, en estos tiempos modernos. Sin embargo, una tarde de 2002, en la lejana Dinamarca, uno de estos maestros de la tinta se quedó un poco parado cuando entró en su taller un chaval melenudo, de tan sólo 14 años pidiéndole un tatuaje para su pierna derecha. Eso no es del todo raro, pensarán, y con razón. Pero lo que ya no es tan habitual es que el chico vaya acompañado de su padre, y que, además, éste sea el ‘patrocinador’ de esta especie de rito iniciático. Tras el estupor inicial, el tatuador inicia el proceso habitual y propone diferentes opciones. Después de echarles un vistazo, padre e hijo están de acuerdo: eligen el apellido familiar para la ocasión. Y en letras bien grandes, que ocupen toda la zona del peroné. “Mi madre nos quería matar cuando llegamos a casa. Ella nos dijo que estaba de acuerdo con lo del tatuaje, pero siempre y cuando fuera una cosa pequeñita. Y cuando vio aquello se volvió loca”, repasa, entre risas y con un perfecto castellano, el protagonista de la historia, que no es otro que Nicki Bille Nielsen (Vigerslev, Dinamarca, 07-02-1988). Un delantero del Villarreal que, cedido en préstamo en el Elche, lucha por hacerse un hueco en la élite del fútbol a base de goles. Es un personaje diferente, magnético, de los que la afición toma enseguida como uno de los suyos. Un chico con cara de niño travieso, cuerpo fibrado de estibador de puerto, instinto depredador en el área  y carácter rebelde. Un cóctel explosivo que amenaza con estallar definitivamente esta temporada.

“No soy el típico danés, no tengo una mentalidad fría y tranquila. Yo tengo un carácter más propio de sangre caliente. Mis amigos, ya desde pequeño, bromeaban, me llamaban ‘Balcan’, porque decían que parezco más de los Balcanes que del Norte”, reflexiona. Y es precisamente su carácter inconformista y de tipo duro el que le ha permitido llegar a las puertas de la fama después de una carrera complicada, quizá demasiado, para un chaval que todavía no ha cumplido 24 años. Y es que la precocidad de Bille no fue solamente cosa de ponerse tatuajes: con 17 años ya estaba jugando en la Segunda División de su país, en el Frem, donde se hinchaba a marcar goles con facilidad. Y, con 18, decidió probar suerte en Italia, de la mano de la Reggina, donde tocó el cielo para luego bajar a los infiernos.

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Brasil, verano de 1994. Todo un país estalla de júbilo tras la primera final de un Campeonato del Mundo que se decide por penaltis. La primera que había acabado en empate a nada. La canarinha más mecánica, menos artística, pero con una delantera legendaria (Romario-Bebeto) recupera el trono después de 24 años de sequía. La fiebre del fútbol vuelve a apoderarse de un estado deprimido, lejos aún del boom económico de nuestros días. Un chaval de diez años, embobado delante del televisor, lo acaba de tener claro: será jugador de fútbol cueste lo que cueste. Y nada conseguirá detenerlo. Ni siquiera distancias kilométricas ni países desconocidos.

El chaval es Gilvan Gomes Vieira (Pinheiros, Brasil 09-04-1984), un carrilero zurdo que desde hace dos años trota sin parar por la banda de El Alcoraz. Técnico, de sello característicamente brasileño, pero con una velocidad y potencia poco habituales, fruto de su experiencia a más de 16.000 kilómetros de casa. Y es que, antes de asentarse en el Huesca, tuvo que buscarse la vida en ligas tan exóticas y duras como la de Georgia o la de Corea del Sur. Y eso, sin duda, curte.

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Todos tenemos, en nuestras mentes, un buen puñado de vidas paralelas. Preguntas que se repiten en nuestra cabeza, y que evocan a unos caminos que no tomamos, que no sabemos a dónde nos habrían llevado. ¿Qué hubiera sido de mí si hubiera aprobado aquel examen? ¿O si no hubiera dejado a aquella chica? ¿Qué hubiera pasado si en vez de elegir aquel trabajo hubiera aceptado la otra oferta? Es un ejercicio vacío, inútil, pero, sin embargo, prácticamente inevitable. Las vidas que no vivimos llaman a la puerta de nuestra consciencia para recordarnos aquello que pudimos ser y no fuimos. En el mundo del fútbol, uno de esos puntos de bifurcación son las lesiones. Un mal golpe, estar en el sitio inadecuado en el momento exacto, puede cambiarlo todo.

Si les pregunto por Sergio García y les digo que se trata de un jugador formado en la cantera del Barça a finales de los 90, muy probablemente me responderán hablando del actual jugador del Espanyol. Pero no. Antes, muy poco antes, hubo otro Sergio García en el filial azulgrana. Obviamente, es el de la foto. Un jugador que tuvo su momento de gloria en Segunda. Una estrella fugaz que vio como cambiaba su destino por culpa de la entrada certera de un central demasiado expeditivo.

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