Archivos para enero, 2012

Corría el año 1983 cuando un Francis Ford Coppola totalmente consagrado en la industria (ya había firmado ni más ni menos que las dos primeras entregas de El Padrino y Apocalypse Now) decidió reunir en una película a una camada de jovencísimos actores acabarían triunfando en el mundo del cine. Un auténtico All Star de caras nuevas, de rostros que desfilarían por centenares de miles de carpetas de quinceañeras y que protagonizarían algunas de las películas más taquilleras de esa misma década e incluso -en algunos casos- de las siguientes. En Rebeldes, compartían cartel y escenas nombres como los de Patrick Swayze, Matt Dillon, C. Thomas Howell, Ralph Macchio -que sólo un año después se convertiría para siempre en el Daniel San de Karate Kid-, Rob Lowe, Emilio Estevez o Tom Cruise, para protagonizar una historia de pandilleros de los años 50 que vendría a ser (y que los críticos de cine me perdonen el atrevimiento) una buena mezcla de elementos ya vistos en West Side Story y Rebelde sin causa.

La película fue un éxito de público, tanto en Estados Unidos, donde llenó salas, como posteriormente en España, donde todo videoclub de barrio que se preciara disponía de una copia. Lanzó a la fama a un puñado de estrellas. Algunas, con el tiempo, perdieron el brillo y cayeron en el olvido. Otras, como Cruise, todavía manejan el cotarro en Hollywood, casi 30 años después.

En la Segunda División, hay un club que parece haber apostado por la misma fórmula que el bueno de Don Francis: la Unión Deportiva Las Palmas. No existe equipo en toda la categoría con más chicos del plantel. Sea por convencimiento o por pura necesidad económica, los grancanarios han reunido un interesante grupo de jóvenes jugadores. Y algunos de ellos son carne de Primera, llamados a seguir los pasos de los Jorge, Guayre, Rubén Castro o incluso Valerón. Encabezando esta nueva generación se encuentran dos chavales de 22 años, Jonathan Viera (Las Palmas de Gran Canaria, 21-10-1989) y Víctor Machín Pérez, “Vitolo” (Las Palmas de Gran Canaria, 02-11-1989). Dos chicos con vidas paralelas, que debutaron el mismo día, y que avanzan deprisa hacia el éxito. Todo, a pesar de una noche de fiesta y alcohol que a punto estuvo de enviarlo todo al garete.

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Nada más enterarse de su destitución como técnico del Nàstic, todos los amigos y conocidos que agarraron el móvil para mandar un mensaje de ánimo por Whatsapp a Juan Carlos Oliva (Lleida, 04-01-1965) se encontraron con un estatus de lo más desconcertante. “¡Motivado!”, rezaba el pequeño texto al lado del nombre del ya ex técnico grana. El hombre que acababa de perder el trabajo después de encadenar 11 partidos sin ganar encajaba el golpe con una sonrisa. Y, en cierto modo, era normal. La destitución en Tarragona no era, ni de lejos, la experiencia más amarga de una carrera trufada de experiencias extrañas, de anécdotas que se mueven entre lo surrealista y lo bizarro y que modelaron a un personaje con peripecias dignas de una novela de Dickens.

Su trayectoria, todavía a medio escribir, es una auténtica montaña rusa: debutó en Primera antes que en Segunda; negoció -y rechazó- contratos millonarios en un jacuzzi; temió por su vida en Grecia y lo dejaron en la estacada cuando ya se veía dirigiendo a un equipo histórico del fútbol español, entre otras lindezas. Así es la azarosa vida de un entenador que, pese a todo, sigue irradiando energía positiva. “Todo forma parte de un proceso. Hay que aprender a gestionar todas estas subidas y bajadas. De todo se puede sacar una buena conclusión”, reflexiona. (más…)

Había estado en muchas ruedas de prensa, no era ningún niño. Pero cuando Jaime Jiménez (Valdepeñas, Ciudad Real, 10-12-1980) escuchó la primer pregunta, se le congeló la sonrisa. Lo que se suponía un trámite amable, su presentación como jugador del Real Valladolid, se convirtió en una auténtica prueba de fuego para el portero. Las heridas de la primera ronda del playoff de ascenso a Primera entre el Elche y el Valladolid, apenas un mes antes, todavía estaban muy abiertas. En el partido de vuelta, tras la remontada ilicitana (los castellanos habían ganado 1-0 en la ida y dominaban por 0-1 un encuentro que finalmente acabarían perdiendo 3-1), la afición pucelana se enervó con las lesiones de los jugadores de Pepe Bordalás en los minutos finales. Acciari, Xumetra y el propio Jaime cayeron al suelo, víctimas de supuestas rampas musculares, en medio de las protestas de los jugadores blanquivioletas, que interpretaban una flagrante pérdida de tiempo. La eliminación -y las tretas- habían quedado grabadas a fuego en mucha gente, que ni olvidaba ni perdonaba. Por eso, cuando se abrió el turno de preguntas en la sala, lo primero que se escuchó fue:

-Jaime, ¿Cómo estás de tu tirón? ¿Recuperado ya de tus problemas musculares?

El portero salió del entuerto como pudo. Pero todavía le quedaban dos dardos más:

-¿Ordenó Pepe Bordalás a sus jugadores que se tiraran al suelo para perder tiempo?

-¿Crees que en el mundo del fútbol todo vale?

Ni rastro de las típicas preguntas amables, las buenas intenciones que acostumbran a adornar este tipo de actos. Djukic, el nuevo entrenador vallisoletano, no entendía nada. Como tampoco lo hacía Dani Aquino, el otro fichaje que se ponía de largo ese caluroso día de julio. Pero si de algo va sobrado Jaime es de reflejos. Miró a los ojos a sus interlocutores, despejó de puños la hostilidad, se estiró para forzar las buenas palabras y puso la primera piedra para meterse a su nueva afición en el bolsillo lo más pronto posible. “Me quedé helado. No me lo esperaba. Había un fuerte sentimiento de resquemor hacia el Elche por lo que había pasado en el playoff. No pensaba que fuera a perdurar tanto. Sin embargo, no me preocupó en absoluto. Había llegado dispuesto a darlo todo por mi nuevo equipo”, relata, al recordar el episodio. Y si Jaime se propone algo, denlo por hecho: tarde o temprano lo consigue.

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Siempre había sido un niño inquieto. Pero aquella tarde, embutido en el Citroën ZX de su tío junto con su primo y unos cuantos chavales más, Iago Aspas (Moaña, Pontevedra, 01-08-87) estaba hecho un auténtico manojo de nervios. Los escasos 20 kilómetros que separan su pueblo natal de A Madroa se hicieron eternos. Desde que había corrido la voz de que el club de sus sueños, el Celta de Vigo, iba a hacer unas pruebas para formar equipos de base, apenas había podido dormir. Ansiaba ponerse cuanto antes la camiseta azul celeste de un equipo que por aquel entonces, a mediados de los 90, se consolidaba en Primera y ponía las bases de una plantilla que se asomaría con éxito por Europa un poco más tarde. El pequeño Iago, el más menudo de todos, estaba seguro de que lo lograría. Y no se equivocó. Aquel día comenzó una historia de amor que, una década y media después, todavía vive con la misma pasión. Aunque todo se iniciara con una mentirijilla.

Y es que la primera desilusión se la llevó nada más bajar del coche. Las pruebas eran para chavales un año más grandes, nacidos en 1986, y él no podía participar. Un auténtico mazazo. “No podía parar de llorar. Estaba seguro de que no me dejarían probar. Entonces, mi tío me dijo: ‘Tú di que eres del 86 y ya está’. Y menos mal que lo hice”, confiesa, orgulloso. La diferencia de edad no se notó en absoluto y los técnicos enseguida vieron en aquel chico zurdo y menudo algo especial. Aunque los nervios y el calzado inadecuado le jugaran más de una mala pasada. “El campo era sintético y yo, que sólo había jugado en el pueblo, únicamente estaba acostumbrado a campos de tierra. Además, llevaba unas botas lisas con las que me caía constantemente. Pensé que había salido mal”, recuerda. Sin embargo, aquella misma tarde, a la media hora de llegar a casa, sonó el teléfono. Iago había gustado y querían que firmara. Entonces, no le quedó más remedio que confesar la verdad sobre su edad. Y los técnicos, frotándose las manos ante la situación, no pusieron ninguna pega. Al contrario. Sabían que habían descubierto un pequeño genio.

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