Archivos para febrero, 2012

Aquella foto empezó a propagarse como la pólvora. La imagen es clara, no miente. Un chaval con una camiseta blanca y un dibujo de un disco de vinilo en el pecho sonríe y mira fijamente al objetivo de la cámara, que él mismo sujeta. A su lado, también sonriente, con un vaso lleno de un líquido transparente, Berry Powel (Utrecht, Países Bajos, 02-05-1980) posa para la instantánea con naturalidad y una mirada cómplice. El escenario: un bar de copas de Reus. A las pocas horas, a la mañana siguiente, esa foto ya decoraba varias páginas de seguidores del Nàstic en Facebook, muchos de ellos indignados. El delantero estrella del equipo, lesionado, se dejaba ver de noche mientras sus compañeros luchaban por salir de la última plaza de la tabla. En el club, donde enseguida tuvieron conocimiento de la salida, se echaban las manos a la cabeza. Pero la incredulidad pronto dejó paso a la furia cuando, un día más tarde -el lunes- Powel comunicaba al médico del equipo que su lesión muscular había empeorado y, tras una exploración, el diagnóstico cayó como una losa: había que operar y el periodo estimado de baja sería de tres meses. Prácticamente, significaba decir adiós a la temporada. Tras unos pocos días de deliberación, el presidente del club, José María Fernández, anunciaba que se le rescindiría el contrato por un acto de indisciplina.

Así, por la puerta de atrás, en medio de una polémica entre lo surrealista y lo cómico, acababa la trayectoria del delantero más sorprendente que ha tenido el Nàstic en los últimos tiempos;  Berry Powel, un mercenario que llegó casi por casualidad a Tarragona y que se había convertido en ídolo del Nou Estadi, deja a los grana huérfanos de gol justo cuando más lo necesitan para dejar de asomarse al abismo de la Segunda B. Esta es la historia del auge y posterior caída del punta holandés.

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Aquella madrugada, en el aeropuerto de Valencia, Louis Van Gaal no estaba de muy buen humor, valga la redundancia. El Barça acababa de perder el primer partido oficial de la temporada en Mestalla, la ida de la Supercopa, por un ajustado 1 a 0, y el técnico ya buscaba soluciones mientras esperaba la hora de embarcar. De repente, sus ojos pequeños y fríos se encontraron con los de uno de los chavales que habían acompañado al grupo en la pretemporada de Holanda y que había visto el partido desde la grada. Ese chico, un mocetón gallego de sólo 17 años apodado Nano (Fernando Maceda Da Silva Rodilla, A Coruña, 20-04-1982), le había causado una buena impresión en los tests de preparación. Y entonces, Van Gaal tuvo una idea que, para bien o para mal, cambiaría la vida del chico para siempre.

-Oye Nano, has visto el partido, ¿verdad? ¿Crees que lo podrías hacer mejor que Zenden?

El chaval tragó saliva, aguantó la mirada del técnico y asintió.

-Pues prepárate. Serás titular en el partido de vuelta-, zanjó el holandés.

Así fue como, en agosto de 1999, Nano se convirtió en el jugador más joven hasta entonces en debutar con la camiseta del Barcelona. Un hito que auguraba una carrera fulgurante, meteórica, pero que, sin embargo, no pasó de ser un fogonazo casi cegador. El punto de partida de una tortuosa relación con el fútbol profesional que anduvo cerca de acabar pronto y mal. Y de la que ahora, rozando la treintena, y tras una colección de sinsabores, disfruta de nuevo con la camiseta del Numancia. “Soy feliz. Casi he vivido todo lo malo del fútbol, pero ahora disfruto. He aprendido de todo lo que que me ha ido pasando”, explica.

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Aquella pelota fue un auténtico regalo. Cayó blandita, botando en la frontal, sin ningún rival alrededor. José Ortiz Bernal (Almería, 04-08-1977) corrió hacia ella y la empaló con el exterior, pegándole con el alma. Era el minuto 88 de partido y los espectadores del Estadio de los Juegos Mediterráneos empezaron a cantar el gol antes incluso de que el trallazo llegara a la red. El Almería conseguía imponerse al Xerez en un duelo directo por la permanencia en Primera y el capitán del equipo, eufórico, empezó a correr por el verde, poseído, hasta que se clavó de rodillas en el suelo y señaló al cielo, buscando a su añorada madre. La importancia del tanto iba mucho más allá de conseguir tres puntos, o incluso de estrenarse como goleador en la máxima categoría. Aquella diana hacía entrar a su autor en la historia del club de toda su vida. Y es que, desde aquel momento, una tarde fría de enero de 2010, Ortiz Bernal podía presumir de haber jugado (y marcado) en todas las categorías, desde Primera Regional hasta Primera, con la misma camiseta rojiblanca. El premio a una fidelidad que casi roza lo anacrónico en tiempos de mercadeo de futbolistas y besos de judas a los escudos. Y que confieren una dimensión grandiosa a un tipo tranquilo y humilde, con multitud de facetas sorprendentes. Como la de haber sido campeón de la Liga Europea de fútbol playa con la selección española, la de haber militado seis meses en la Serie B italiana o la de haber sido objeto de una colecta popular para ayudarle a cambiar de aires cuando todavía era juvenil. Aunque, por encima de todo, esta es una historia de amor. La de un chaval con el equipo de su tierra. (más…)