Aquella foto empezó a propagarse como la pólvora. La imagen es clara, no miente. Un chaval con una camiseta blanca y un dibujo de un disco de vinilo en el pecho sonríe y mira fijamente al objetivo de la cámara, que él mismo sujeta. A su lado, también sonriente, con un vaso lleno de un líquido transparente, Berry Powel (Utrecht, Países Bajos, 02-05-1980) posa para la instantánea con naturalidad y una mirada cómplice. El escenario: un bar de copas de Reus. A las pocas horas, a la mañana siguiente, esa foto ya decoraba varias páginas de seguidores del Nàstic en Facebook, muchos de ellos indignados. El delantero estrella del equipo, lesionado, se dejaba ver de noche mientras sus compañeros luchaban por salir de la última plaza de la tabla. En el club, donde enseguida tuvieron conocimiento de la salida, se echaban las manos a la cabeza. Pero la incredulidad pronto dejó paso a la furia cuando, un día más tarde -el lunes- Powel comunicaba al médico del equipo que su lesión muscular había empeorado y, tras una exploración, el diagnóstico cayó como una losa: había que operar y el periodo estimado de baja sería de tres meses. Prácticamente, significaba decir adiós a la temporada. Tras unos pocos días de deliberación, el presidente del club, José María Fernández, anunciaba que se le rescindiría el contrato por un acto de indisciplina.

Así, por la puerta de atrás, en medio de una polémica entre lo surrealista y lo cómico, acababa la trayectoria del delantero más sorprendente que ha tenido el Nàstic en los últimos tiempos;  Berry Powel, un mercenario que llegó casi por casualidad a Tarragona y que se había convertido en ídolo del Nou Estadi, deja a los grana huérfanos de gol justo cuando más lo necesitan para dejar de asomarse al abismo de la Segunda B. Esta es la historia del auge y posterior caída del punta holandés.

Todo comenzó apenas un año y medio antes. Una calurosa mañana  de agosto, los periodistas que cubrían la información del Nàstic sólo tenían ojos para un hombre en el campo de entrenamiento de Camp Clar. Ludovic Delporte, el ex de Osasuna, se entrenaba con el equipo, a punto de firmar por el conjunto grana. En todas las tertulias de la ciudad se nombraba al francés. Muchas veces, con escepticismo; otras, con ilusión. El rubio centrocampista zurdo eclipsaba cualquier otra cosa durante aquella sesión de entrenamiento. Hasta que, tras unos minutos, uno de los plumillas desvió la mirada, escudriñó a la plantilla y se fijó en un delantero corpulento, alto, de piel morena, que había aparecido casi de la nada y que se esforzaba en llamar la atención del entrenador, Luis César Sampedro.

¿Oye, ese quién es?-, preguntó al resto de sus compañeros.

Es un holandés, está a prueba. Creo que primero pasó por Albacete, pero lo rechazaron. Hizo la pretemporada con ellos y no convenció-, respondió otro redactor.

Madre mía, cómo se nota que se acaba el mercado de verano y ya llegan las rebajas! ¡Van a fichar a un Kanouté de los chinos, del ‘Todo a Cien’!-, sentenció un tercero, en el corrillo.

El coro de periodistas rió al unísono. La ocurrencia era buena. Físicamente, el nuevo delantero tenía cirta similitud con la estrella del Sevilla. Pero entonces, casi al mismo tiempo, el holandés controló un balón con la zurda, lo protegió con el cuerpo y soltó un tiro cruzado, no demasiado fuerte, casi mordido, pero que entró en la portería. El gol. La mejor tarjeta de presentación para Berry Powel, la vía más directa para converncer a los técnicos de que podría tratarse de un buen refuerzo para el equipo.

Tan sólo dos entrenamientos después de aquella primera prueba, el holandés estampaba su firma con el conjunto grana. El día de su presentación, quien acaparó los titulares fue Delporte, que también se ponía de largo ese mismo día, pero aquella fue la última vez que permaneció eclipsado. Porque Powel también tardó poquísimo en meterse a la afición del Nou Estadi en el bolsillo. Concretamente, 11 minutos: los que transcurrieron entre su debut, en la segunda jornada de Liga ante el Girona, y su primer gol: un magnífico testarazo después de un centro desde la derecha. Tan sólo dos minutos más tarde, el ariete repetiría, en una jugada calcada. En ambos goles, la celebración fue con su hija, una preciosa niña de piel canela y pelo rubio y rizado que reía mientras su padre, con los brazos abiertos, corría hacia su posición en la tribuna baja. Así empezó el idilio de Powel con la afición del Nàstic.

Después de aquel partido, los focos se fijaron en él. Todo el mundo quería saber de dónde había salido aquel armario de 1’89, que, recién cumplida la treintena, vivía su segunda experiencia fuera de su país. Su principal mérito hasta entonces era poseer un notable bagaje goleador en la Segunda División holandesa, en las filas del Den Bosch (30 dianas en 79 apariciones)  y el De Graafschap (50 en 87), además de un breve paso por el Millwall inglés. En Albacete, donde lo habían descartado tras casi tres semanas a prueba, ya empezaban a arrepentirse de su decisión.

Powel, goleando con el Den Bosch

“No soy un gran rematador de cabeza. Que no os engañen estos dos goles. A mí lo que me gusta es moverme entre los centrales, buscar los espacios e ir de cara a portería”, aseguraba Powel en la sala de prensa después de aquella primera exhibición. Y así fue. Pronto, la que debería ser la segunda opción del equipo, el recambio de Rubén Navarro, se convirtió en la referencia ofensiva de los grana. Y fue entonces cuando floreció todo su repertorio. En Cartagena, una bicicleta, finalizada con un zurdazo con rosca al palo largo. En Alcorcón, un tanto desde el punto de penalti. Y ante el Salamanca, una jugada de zancada potente, al más puro estilo Thierry Henry, con una definición llena de sutileza, confirmaban que Powel era algo más que un punta a quien colgar balones. En el gol de mar del estadio apareció una bandera neerlandesa. La afición ya había entregado su cariño a un delantero que, fuera de los terrenos de juego, andaba un poco a pie cambiado, en conflicto con los horarios y las costumbres de su nuevo país. “En Holanda, a las ocho de la tarde ya hemos cenado. ¡Y aquí lo hacéis a las diez! Es algo muy raro… y luego está la siesta. Me cuesta acostumbrarme”, confesaba, sin tapujos, ante la cara de póker de los periodistas.

Mientras la presencia mediática de La Pantera de Utrecht crecía, en el cuerpo técnico no acababan de estar del todo satisfechos con la aportación del delantero. “No tiene fundamentos tácticos, se mueve por donde quiere y hay partidos en los que desconecta y ya lo hemos perdido”, musitaban, entre dientes, los responsables del equipo, que, sin embargo, se veían condenados a depender de él para intentar salir del pozo. Pese a todo, el Nàstic mantuvo la categoría, no sin agobios, y la primera campaña de Powel en Tarragona se saldó con un balance más que bueno, de 11 dianas. Su foto rodeado de seguidores tras lograr la permanencia en la penúltima jornada -precisamente ante el Abacete que unos meses años le había dado calabazas- se convirtió en una de las imágenes de la temporada.

Llegado el verano y con el contrato a punto de expirar, el delantero era una pieza apetecible. Casi nadie daba un duro por su continuidad. Sin embargo, después de mantener conversaciones con el Murcia y el Cartagena, acabó firmando su renovación con los grana. La felicidad de su vida en Tarragona pudo más que un puñado de euros más. La vida relajada cerca de la playa, los paseos en la bicicleta blanca con canastilla con la que se presentaba a los entrenamientos en vez de ir en coche, y el estatus de estrella que se le había reservado en la plantilla –heredó el dorsal 9 de Rubén Navarro– pesaron mucho en su decisión. Además, se confeccionó un equipo sin ningún otro delantero centro nato y se le dotó de un nuevo asistente, Peragón, que un año antes en Girona ya había demostrado ser un excelente escudero de un punta de referencia al lado de Despotovic. La sonrisa del holandés se hizo todavía más grande. “Quiero pasar de los 15 goles esta temporada”, afirmó.

Sin embargo, el equipo volvió a pasar apuros desde el inicio. La mano de Joan Carles Oliva parecía haber perdido la magia que había guiado al grupo hacia la salvación apenas dos meses atrás. Y Powel se atascó, como el resto de sus compañeros. Tres goles insignificantes en las primeras jornadas de campeonato -ninguno sirvió para arañar puntos- le dieron algo de aire, pero los problemas físicos le impedían brillar como antes. El doblete en Riazor (que a la postre significó un punto ante el Dépor) fue una pequeña alegría individual en una situación colectiva complicada: el equipo se hundía.

2 a 2 en Riazor, con dos tantos de Powel

La llegada de Jorge D’Alessandro al banquillo supuso un auténtico relanzamiento para Powel. “Quiero que sea nuestro jugador franquicia”, manifestó el argentino en su llegada a Tarragona; “Es un jugador de nivel de la Premier League. Comparte gestos técnicos con Dzeko, del Manchester City”. Vamos, lo más parecido a una versión laica del famoso sobre esta piedra edificaré mi iglesia. Y dicho y hecho. En el debut del argentino, Powel metió dos goles, dio una asistencia y el equipo zarandeó al Sabadell hasta endosarle un contundente 5 a 0. Parecía que ahora sí llegaba la hora de que el holandés liderara a los grana, y más cuando en la jornada siguiente un solitario gol suyo en Alcorcón supuso la segunda victoria consecutiva. Pero entonces se acabó lo que se daba.

Una sequía goleadora, una nueva fase depresiva del equipo y la reaparición de los problemas físicos sumieron a Powel de nuevo en la intermitencia, aunque se mantuvo como el máximo goleador destacado de los grana: nueve de los 19 tantos que han marcado llevan su firma. El cuádriceps de la pierna derecha fue sufriendo pequeños pinchazos hasta que llegó el tirón definitivo, en el momento de marrar una clara ocasión en el campo del Valladolid. Aquella podría ser la última jugada del holandés con la camiseta del Nàstic: un fin de semana en el que se mezclaron unas cuantas casualidades (como la ausencia de su mujer, de viaje en Holanda, o  la visita de unos amigos para conocer la Costa Daurada) tiene la culpa.

“La versión que ha dado el jugador al club es que él no hizo nada malo. Es muy ingenuo, y reconoce que salió a tomar unas copas por Reus, pero insiste en que no salió a cometer maldades. No lo ve como algo por lo que se le deba castigar”, asegura Quim Pons, periodista de Tarragona Ràdio que ha seguido de cerca el caso. De hecho, fue el mismo Powel el que explicó que se había lesionado estando con sus amigos, sí, pero a plena luz del día y en un restaurante. “El camarero estaba recogiendo y se le cayó la bandeja. Todos los que estábamos allí dimos un salto. Fue instintivo, por el susto de ese ruido. Y enseguida noté mucho dolor y pensé: ‘Oh, no'”, ha explicado el  jugador, en una entrevista de Francisco Montoya en el Diari de Tarragona.

Los abogados del club y del jugador negocian todavía la rescisión del contrato. En el vestuario grana, inmerso en otras batallas, se ha instalado el ‘no sabe, no contesta’. Muchos de sus compañeros ni siquiera han hablado con él desde el incidente. Así es Berry Powel. Anárquico en el campo, alegre y despistado fuera del mismo. Un personaje que llegó como un desconocido a la Segunda División ya en la madurez de su carrera; que se asomó por las listas de máximos goleadores; que ha acabado protagonizando una de las lesiones más inverosímiles de los últimos tiempos. Genio y figura.

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comentarios
  1. Germán dice:

    Gran reportaje de nuevo¡! ENHORABUENA 😉

    • Àlex Pareja dice:

      ¡Muchas gracias! Seguí el caso de cerca, fue un tema muy agradecido de escribir. Es un personaje fascinante. Genio y figura… para lo bueno y para lo malo. Un abrazo.

  2. David Pérez dice:

    Gran artículo!! muy entretenido e interesante

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