Archivos para marzo, 2012

*Artículo escrito por Jordi Sunyer. Publicado -en versión reducida- en el Diari Ara del 19-03-2012


Arañándose los pantalones o cubriéndolos de polvo en el cemento o en los asientos de un campo de Segunda B, cada domingo, se reúnen unos pocos centenares de individuos. Son muchos menos de los que, en un escalón superior, les lanzan una mirada por encima del hombro con semblante condescendiente. Sumergidos en la fastuosidad, ignoran que aquellos doscientos o trescientos son privilegiados. Los futbolistas dibujan las mismas sonrisas y provocan las mismas decepciones en los dos entornos. Pero, para los trescientos, aquellos que generan las emociones intrínsecas al gusto por el fútbol han sido, son y serán de los suyos, héroes accesibles, vecinos del barrio, gente con un presente nada fácil y un futuro incierto. Jugador y aficionados forman la comunidad que recuerda, si se quiere de forma sorda, que el fútbol es del pueblo. De gente como David Prats.

David Prats Racero (Badalona, 03-04-1979) nació, hijo de ilerdense y gaditana, en el badalonés barrio del Pomar, dos mil viviendas sociales que crecieron casi sin servicios en 1968, en una zona de viñedos, para acoger a los barraquistas del Campo de la Bota y a los expropiados por la construcción de la que hoy es la autopista del Maresme. Ahora vive en el barrio contiguo, La Morera, pero siempre recuerda con orgullo que es del Pomar y lo que le ha dado el barrio. “En el barrio, todos somos iguales”, advierte. “Gente humilde, trabajadora, a quien nadie regala nada, que sale cada día a trabajar, y que tira adelante con constancia. Un barrio donde todo el mundo se conoce, con mucho calor humano, y donde nadie es más que nadie por su ocupación”. Humildad, trabajo, constancia, son los valores que su familia y su entorno le transmitió y que él asumió y aplicó en el fútbol. Porque el fútbol es una gran parte de su vida. “Jugábamos en la calle. Y mucho. O en la calle o en una pista polideportiva que había en el barrio y que ahora es un parque público. Y ahí nos pasábamos horas jugando con mi hermano, con los amigos. Me tenía que llamar mi madre para que volviera a casa. Cuando yo era pequeño, bajabas a jugar a la calle y mi padre y mi madre se quedaban tranquilos. Hoy, todo ha cambiado. Los padres son mucho más protectores, en el barrio ya no hay tanto espacio para jugar porque construyeron un parque público donde estaba la pista. Y eso lo noto en los chavales: no juegan en la calle y es una pena. Entreno un equipo en la escuela que dirige Quique Cárcel [exjugador y ahora secretario técnico del Hospitalet] y decidimos que, un día a la semana, sacaríamos a los chavales del campo y les pondríamos a jugar en la calle. Lo que te enseña la calle no te lo enseña nadie más. Picardía, competitividad, pequeños truquillos, trampitas, no dar nunca el balón por perdido, buscarte la vida para ser mejor que tus amigos o tus hermanos.”

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Eran sólo unos metros, pero el trayecto se le hizo eterno. No podía comprender cómo se le había escapado la Liga a su equipo. La máxima crueldad, aquel penalti en tiempo de descuento, se aparecía una y otra vez en su mente. Caminaba casi a ciegas por culpa de las lágrimas que le brotaban de los ojos, pese a los esfuerzos por evitarlo. Lo que tenía que haber sido una fiesta por todo lo alto era un funeral. Toda la ciudad trataba de digerir el disgusto y el chaval no iba a ser una excepción. Caminando desde casa de un amigo, con el que había visto el partido, hacia la suya, Álex Bergantiños (La Coruña, 07-06-1985), bufanda del Deportivo en mano, maldecía lo que acababa de presenciar. Aquella noche de mayo de 1994, la que quedó marcada para siempre como la del penalti de Djukic, el joven Álex entendió de la manera más cruel lo que puede llegar a doler ser hincha de un equipo de fútbol.

Casi 20 años más tarde, y después de haber vivido un buen puñado de buenos momentos desde la grada (la tan ansiada Liga, la del 2000, el Centenariazo de 2002), Álex Bergantiños seguía sufriendo por el Deportivo. Doblemente. Se había convertido en futbolista profesional e incluso pertenecía al club de su vida, pero no había podido disputar ni un solo minuto en competición oficial con la camiseta blanquiazul. Y, desde un autocar parado en medio de la nada, en un área de servicio remota, presenciaba como el Dépor, su Dépor, se precipitaba al vacío. Bajaba a Segunda. De nuevo, con el Valencia como rival. Sin embargo, aquel golpe tuvo su recompensa. Después de un rosario de cesiones, de años enteros esperando una oportunidad, aquella tragedia le abría por fin la puerta de Riazor. Y Álex no estaba dispuesto a desparovecharla. Como aficionado, recibió un mazazo. Como jugador, el espaldarazo definitivo para triunfar en casa.

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Cuando colgaron el teléfono, en las oficinas del fútbol base del Real Madrid no se podían creer lo que acababan de escuchar. Un chaval de 18 años, que llevaba dos semanas a prueba con los juveniles y que lo tenía todo de cara para firmar, acababa de renunciar. Muy educadamente, les había dicho que gracias por todo, pero que prefería dejar el fútbol, que no era su prioridad. Lo que para millones de chicos era la oportunidad de su vida, para él era simplemente algo secundario. Mariano Sánchez (San Pedro del Pinatar, Murcia, 28-01-1978) lo tenía clarísimo: si había dejado Murcia para instalarse en Madrid no era para convertirse en futbolista profesional. Era para estudiar y convertirse en arquitecto. Así que en cuanto vio que la carrera le exigía una dedicación exclusiva, que había que dedicar las tardes enteras a los trabajos prácticos, tomó la decisión de centrarse en los libros.

Probablemente, sólo uno de cada cien chavales en su situación hubieran hecho lo mismo. Renunciar al deporte a esa edad implica, casi con total seguridad, asumir que nunca te podrás convertir en profesional. Que hay que hacer un sacrificio por el bien de lo que más te conviene, una profesión reputada y respetada que no se acaba a los treinta y pocos. Sin embargo, aquella decisión tendría una doble recompensa con el paso de los años. Porque hoy, Mariano Sánchez no es únicamente el jefe de su propio estudio de arquitectura; también es el capitán de un Cartagena que cumple su tercera temporada en el fútbol profesional. La más complicada, en la que lucha por mantenerse en Segunda en medio de un millar de turbulencias. Pero que para el centrocampista continúa teniendo el mismo sabor a gloria del primer día. Después de una carrera tardía, atípica, ha cumplido sus dos sueños. Es un hombre feliz. (más…)