Archivos para abril, 2012

“Soy el mejor tirador de cañas de España”, presume, dicharachero, después de un buen rato de conversación en el que se ha ido rompiendo el hielo poco a poco. Y su afirmación parece creíble. Se ha pasado horas y horas detrás de la barra, sirviendo, entreteniendo al personal con su charla alegre, sacando adelante un negocio tan esclavo como el de una cervecería. Un sacrificio enorme que no se diferenciaría mucho del de otros miles propietarios, a no ser de un pequeño gran detalle: el barman no es un tipo cualquiera. Es Fernando Maestro (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, 15-04-1974), el jugador más veterano de Segunda. Un tipo con más de 500 partidos a sus espaldas. Un portero que ha vivido en primera persona los cambios que ha experimentado el fútbol más modesto, menos agradecido, en las dos últimas décadas. Que se calzó unos guantes por primera vez el mismo año en que España goleó a Malta con aquel mítico 12-1, o que se produjo la expropiación de Rumasa. Que, además de empresario, es historia viva en el Alcoyano. Y que tiene cuerda para rato.

“Empecé a jugar en el Sant Cugat, con nueve años, y ya me metí de portero. Y se me dio bien, porque enseguida vino a buscarme el Espanyol”, rememora. En la cantera blanquiazul destacó de tal manera que llegó incluso a vestir la camiseta de la selección española en categorías inferiores, coincidiendo con jugadores de la talla de Julen Guerrero, Ángel Morales, Javier De Pedro o Xavi Roca, todos ellos retirados hace tiempo. Sin embargo, su destino acabaría apuntando a la Segunda B, con dos grandes destellos en plata: con el Terrassa, hace una década, y, ahora, en El Collao. Maestro es el último superviviente de una época de campos de poco césped y mucha tierra. De equipaciones de gusto dudoso y de un fútbol tan duro como un balón Mikasa. “Tenías que vivir el día a día, sin más. No te hacían contratos largos. El secreto era el sacrificio, intentar evitar al máximo las lesiones y morderte mucho la lengua”, confiesa. Una fórmula que le ha ido de maravilla.

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Hace tiempo que la faena escasea. En la fábrica, cada vez hay más horas muertas, más charlas inquietas con los compañeros. Muchos rumores en la pausa del bocadillo, esa que antes no te podías casi ni permitir y que ahora es una amenaza, un recordatorio  de lo que puede llegar a doler el tiempo sin nada en que emplearlo. Sin un trabajo.

Pasan los días, la situación empeora. Ya no hay rumores, sólo certezas. Las únicas incógnitas que quedan por despejar son cómo, cuándo… y, sobre todo, quién. Entonces, llega la llamada al despacho del encargado; las miradas esquivas de los compañeros. El silencio que se hace a tu paso. La carta de despido que te espera, paciente, encima de la mesa. El adiós.

La escena, por desgracia demasiado frecuente estos días, supone sin embargo el punto de partida a una historia para el optimismo: la de Urko Vera (Barkaldo, 14-05-1987), delantero del Hércules de Alicante. En dos años, ha pasado de jugar en perder su principal sustento, el empleo en una empresa de fabricación de piezas de poliuretano, a ser una de las sensaciones de Segunda División. Todo ello, tras haber debutado con el equipo de su vida, el Athletic Club. Y no sin antes haber ejercido de jugador-utillero en el Lemona. Casi nada.

“¡Joder, pues claro que me ha cambiado la vida!”, reconoce, sincero, este chicarrón de casi metro noventa, delantero rematador, puro fútbol vasco de los de antes. “Lo mejor es que nadie me ha regalado nada. Es lo que más me reconforta”, apunta. Su testarudez le ha llegado a sortear infinidad de obstáculos y ahora, en el tramo final -y decisivo- de campeonato, sigue sumando goles (ocho, hasta la jornada 35) en la lucha de un equipo que trata de asegurar el playoff mientras mira, de reojo, la segunda plaza de ascenso directo. Sus celebraciones -un grito de rabia, salto con el puño alzado- evocan todo el sudor que ha invertido en el camino hacia el reconocimiento.

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El azar a veces produce conexiones maravillosas. Un consejo de un amigo, una recomendación o un capricho pueden variar la vida y la carrera profesional de las personas; acabar con ellas de la manera más cruel o relanzarlas hasta un punto que los protagonistas jamás se hubieran atrevido a imaginar. Un detalle puede cambiarlo todo para siempre. El fútbol, como la música, está trufado de historias que pudieron no haber existido nunca.

Vayamos con la música. En 1990, Eddie Vedder no era más que un chaval solitario que trabajaba en el turno de noche en una gasolinera en San Diego, California, y que de día vivía a fondo sus dos pasiones, la música y el surf.  Un día, un amigo suyo, Jack Irons (que había tocado la batería en unos Red Hot Chili Peppers por entonces al filo del estrellato) le pasó una maqueta de unos amigos suyos de Seattle que buscaban contante. Los temas le fascinaron y, poco después, se encerró en casa, compuso letra para tres de las canciones de la cinta. Grabó su voz encima y la mandó por correo. Cuando el paquete llegó a su destino, Jeff Ament -bajo- y Stone Gossard -guitarra- abrieron los ojos de par en par al escuchar los aullidos que salían del viejo cassette. Habían encontrado vocalista. Y de los buenos. Acababa de nacer Pearl Jam, la única gran banda que ha sobrevivido ininterrumpidamente a la fiebre grunge, veinte años después de su eclosión.

¿Qué hubiera sido de Vedder, de no haber recibido aquella cinta? Probablemente, ahora sería un cuarentón místico castigado por la vida que dormiría en una caravana destartalada, mientras que sus compañeros de banda no hubieran pasado de tocar en bares y recintos de poco aforo, en el mejor de los casos. Sin embargo, juntos crearon una química capaz de vender millones de discos y llenar estadios por todo el planeta.

El caso de Roberto García Cabello (Madrid, 04-02-1980) es, salvando las distancias, algo parecido aplicado al mundo del fútbol. A los 23 años, era un central que buscaba equipo después de haber peleado cada pelota como si fuera la última por los campos de Segunda B. No tenía ofertas y se asomaba peligrosamente al agujero negro de la Tercera División. Hoy, casi diez años después, es un punta con más de 100 goles en su currículum y a punto de convertirse en centenario con la camiseta del Huesca en la División de Plata. Sí, han leído bien. Roberto pasó de central a delantero centro. Un cambio casi inconcebible que se gestó gracias a una coincidencia deliciosa: el consejo que dio Vicente Del Bosque a su sobrino Fermín. Sin esa  intervención, la carrera del madrileño hubiera sido, con total seguridad, muchísimo más discreta.

“La mía es una historia complicada, ¿eh?”, bromea, sabedor que ha sido un tipo con suerte. El de este espigado jugador, de metro noventa, es un viaje de ida y vuelta a la delantera que pocos jugadores han sido capaces de realizar. Que empezó en las calles del madrileño barrio de Hortaleza y que ha acabado convirtiéndolo en el ídolo en el coqueto Alcoraz, pasando por el Real Madrid y otro buen puñado de equipos. (más…)