Archivos para junio, 2012

“Ni siquiera recuerdo cuándo me regalaron mi primer balón. En casa siempre había uno. Es más, estoy convencido de que en la panza de mi madre ya jugaba al fútbol”. Así, medio en broma, medio en serio, relata el punta del Córdoba Charles Días Barbosa de Oliveira (Belem, Brasil, 04-04-1984), más conocido como Charles Brau, su primer contacto con el deporte que ha marcado su vida. La herencia futbolística, esa especia de lotería caprichosa que ha ninguneado a apellidos ilustres -recuerden al hijo italiano diestro de Maradona, por ejemplo- en su caso resultó infalible Y era normal. Había comprado todas las papeletas. “Mi abuelo por parte de madre fue futbolista en el Paysandu, uno de los clubs más célebres de mi región. Mi tío llegó a jugar en el Fluminense. Y mi padre también fue jugador profesional, así que en casa no se habla de otra cosa”, explica, risueño, este delantero nómada, que ha pasado más de media vida a miles de kilómetros del lugar donde nació. Y que también ha llegado a formar tridente delantero con dos de sus primos, una combinación extremadamente rara en el fútbol profesional.

“En realidad soy una mezcla. Tengo un poco de todo. Soy brasileño, pero también me siento portugués, porque he vivido mucho tiempo allí, y español”, resume. Y no le falta razón. La familia de Charles se mudó a Portugal cuando el chico sólo tenía cuatro años para seguir la carrera profesional del padre, un extremo rápido y habilidoso llamado Careca que militó, entre otros, en el Paços de Ferreira. Allí estuvieron siete temporadas. Después regresaron a Brasil cuando Charles contaba 11 años y ya pateaba balones con el mismo empeño que, con el tiempo, le ha llevado a ser un goleador habitual de nuestro fútbol. “Mi estilo es europeo, he tenido muchos compañeros e incluso algún entrenador, como Lucas Alcaraz, que me han dicho que debo ser el único brasileño con ganas de entrenar del mundo”, bromea. Su fútbol, de hecho, se asemeja poco al de sus compatriotas. Charles es un delantero brillante, sí, pero también extremadamente trabajador. Un auténtico incordio para los defensas, a los que no deja ni un segundo de presionar cuando tienen el balón.

El paso por su país fue corto pero intenso. Tuvo tiempo de pasar por las categorías inferiores del Santos, donde coincidió con Robinho. “Nunca pensé que pudiera triunfar. Era muy bueno, pero también muy enclenque. Le faltaba mucho cuerpo, el trabajo físico que han hecho con él es increíble”, admite. Después, militó en el Tuna Lusa, otro equip de renombre de fútbol base, donde no tardó en llamar la atención de unos representantes que buscaban jugadores… para llevarlos a Portugal. Así que, sólo seis años después, emprendió el camino de regreso al lugar donde se había criado. Esta vez, para convertirse en hombre.

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Se ha pasado toda su vida cazando goles en los campos de Segunda B y Tercera. Pero, de pronto, la vida le ha ofrecido una jugosa oportunidad. Aníbal Zurdo (Villahermosa, Tabasco, 03-12-1982), en su año de debut en Segunda con el Guadalajara, ha sido una de las revelaciones del  campeonato. Ha conseguido ocho tantos y ahora, con casi 30 años, su buena campaña le ha puesto en la órbita de la selección… mexicana. Sí, sí, no hay ningún error: mexicana. Porque este delantero rubio, alto, delgado y de acento castizo nació en el Estado de Tabasco, México,  fruto de la casualidad. Dicen que el Tri anda tras sus pasos, y él está encantado. No lo descarten formando dupla algún día con el Chicharito Hernández.

Sus padres ni siquiera habían pensado en emigrar. Es cierto que la situación española de principios de los ochenta no era para tirar cohetes, pero aquel viaje, en principio, se trataba de una simple visita familiar, el reencuentro entre dos hermanos separados por el océano Atlántico. Sin embargo,  cuando los padres de Aníbal Zurdo comprobaron que en México había trabajo y podían alcanzar un buen nivel de vida, no lo dudaron. Y lo que en principio era un viaje de verano acabó alargándose cuatro años. “Mis padres fueron a visitar a mi tío, el hermano de mi madre, que había emigrado hacía años y al cual las cosas le habían ido bien. Tenía una fábrica. Y cuando vieron que allí podían estar mejor, decidieron quedarse. Así de fácil. Al poco tiempo, nací yo”, explica, casi de carrerilla. Se nota que ha tenido que contar la historia unas cuantas veces en estos últimos meses. La prensa mexicana, desde que descubrió sus orígenes, no ha dejado de difundir la historia de este delantero robusto, poderoso en el juego aéreo y con más habilidad de la que aparenta su figura, un tanto desgarbada. Y que ahora deshoja la margarita del destino con la tranquilidad de haberse ganado un buen contrato tras una carrera llena de esfuerzo.

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Su estilo es elegante, tiene algo de aristocrático. Conduce el balón con pequeños saltitos, como si flotara. O como si el césped, en realidad, fueran brasas ardiendo. El caso es que Manu Lanzarote (Barcelona, 20-01-1984) se deshace de sus rivales con aparente facilidad, desbordando desde el extremo sin ser excesivamente rápido, potente o corpulento. Simplemente es hábil. Y listo. En Sabadell se relamieron tras verlo en acción en las primeras jornadas de su temporada de regreso a Segunda: acababan de encontrar una joya en aquella pierna izquierda de precisión milimétrica, oro puro en un jugador que escapó del agujero de la Segunda B del que parecía que no iba a salir nunca, tras tres playoffs consecutivos sin conseguir el premio del ascenso.

Pero, ciertamente, la proeza no era nada nuevo. Mucho antes, Lanza había conseguido escapar de otro pozo, mucho más profundo y peligroso.

Por muy lejos que vivan de Barcelona, seguro que han oído hablar alguna vez del barrio de La Mina. Incluso puede que lo hayan visto. Los más jóvenes, a través de algun reportaje tan de moda en televisión en estos últimos tiempos, en que los reporteros, cámara en mano, recorren lugares marginales a la caza de la exposición de la miseria. Otros, más veteranos, lo podrán recordar como escenario de las correrías de El Torete y sus compinches en la ola de cine quinqui que sacudió España a finales de los setenta y principios de los ochenta. Perros callejeros. Delincuencia y droga. En ambos casos, en dosis generosas. Dentro y fuera de las pantallas.

“Vivíamos justo en el centro del barrio. Al lado del campo de fútbol y del ambulatorio. En casa éramos ocho personas embutidas en un pisito de 60 metros cuadrados, con tres habitaciones y un lavabo”, explica, con la mirada serena, el verbo tranquilo y unas maneras tremendamente educadas, mientras habla de una infacia en un entorno tan difícil. “Me pasaba el día jugando en la calle y vi absolutamente de todo. Lo más normal era ver coches pasando a 200 por hora. También había mucho toxicómano que venía a comprar al barrio. Gente que entraba al ambulatorio sangrando por culpa de un balazo o un navajazo. Y un par de veces me encontré con un montón de policía rodeando el edificio, apuntando con sus armas mientras otros agentes realizaban una redada”, recuerda. Su secreto para sobrevivir inmune a todo aquello tenía forma esférica. “Me evadía gracias a la pelota. Aquello me salvó”, remata.

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