Archivos para septiembre, 2012

Todos los amantes del fútbol hemos tenido, en algún momento de nuestras vidas, más pronto que tarde, el mismo momento. Ese en el que, viendo un partido cualquiera, en casa o en el estadio, te quedas prendado de un futbolista. Te hipnotiza. Te enamora. Descubres al que será tu ídolo. Decides que quieres ser como él. O que, al menos, te gustaría ser como él. A Daniel Mallo Castro (Cambre, A Coruña, 25-01-1979), esa experiencia le cambió la vida para siempre. Porque el flechazo deportivo le convirtió en portero, esa rara avis que se dedica a evitar el propósito básico del fútbol: el gol. “Me encantaba Arconada. No sé por qué, porque ni siquiera era de la Real Sociedad, pero era mi jugador favorito. Un día, cuando tenía siete años, mi abuela me regaló su mítico jersey verde. Y entonces le planté un ‘1’ con esparadrapo y me convertí en el niño más feliz del mundo”, evoca.

Así, con un regalo, comenzó la historia de un portero que ha necesitado grandes dosis de paciencia para superar todo tipo de adversidades. Y que, si no hubiera sido por la pasión que siente por su oficio, seguramente ya hubiera tirado la toalla hace tiempo. Ninguneado por el equipo de su vida, el Deportivo, exiliado en Portugal primero y en Escocia después, la madurez le ha llegado asentado plenamente en el Girona, donde por primera vez en cuatro temporadas parte como titular tras ser siempre la segunda opción. El brazalete de capitán que luce cada semana es un símbolo del respeto que compañeros y aficionados  profesan a este hombre que, como su ídolo, es un hombre tranquilo y discreto. Y que disfruta a los 33 años de todo lo que el fútbol le negó de joven, pese a que su trayectoria apuntaba a lo más alto.

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Si hay algo de Jean-Sylvain Babin (Corbeil-Essonnes, Francia, 14-10-1986) que impresiona de entrada es, sin duda, su físico. Con su 1’85 y sus 82 kilos de peso, su perfil se asemeja más al de un boxeador en buena forma que a un futbolista. Uno se lo imagina en la ceremonia de pesaje de un gran combate en un hotel de Las Vegas, al lado de Don King, y da el pego. Intimida. Pero, como el personaje que interpretaba el tristemente desaparecido Clarke Duncan en ‘La milla verde’, todo se queda en una imponente fachada y nada más. En el fondo, este central que lidera la zaga del Alcorcón es todo corazón. Y su trabajo le ha costado llegar a ser importante en uno de los equipos más sorprendentes de las últimas temporadas en la categoría. Si no fuera por su cabezonería y sus ganas de triunfar, nunca hubiéramos oido hablar de él en la categoría de plata.

No hace tanto tiempo, en diciembre de 2008, Babin se preguntabá qué demonios le había empujado a salir de su Francia natal para apostarlo todo al Lucena, un caballo que él creía ganador pero que había resultado ser cojo. Descolocado, en un país en el que apenas dominaba el idioma, jugando poco y cobrando menos aún, el agujero de la Segunda B parecía haberse cobrado una nueva víctina, otro aspirante a futbolista de élite que se quedaba por el camino. Lo fácil hubiera sido rendirse, volver a casa y conformarse con lo que había allí. Pero Babin no sucumbió a la tentación. “Cuando me fui de Francia, lo hice para triunfar. Allí sabía que no me iban a dar ninguna oportunidad, así que, aunque lo estaba pasando realmente muy mal, decidí aguantar. ¡Y la apuesta salió bien!”, exclama, con una carcajada entre tímida y orgullosa. Aquella decisión, quedarse en un sitio en el que no contaba y pasaba apuros económicos, supuso, a la larga, su puerta de entrada a una Liga Adelante. Una competición que, si todo sigue así, se le puede quedar pequeña en breve.

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En verano de 2010, José Mari Romero (Sevilla, 10-12-1978) era un tipo melancólico. Se sentía cansado, muy cansado. Llevaba años sin disfrutar de su oficio de futbolista y había tomado una decisión que, a su edad -contaba entonces con 31 años- parecía, a todas luces, prematura: la retirada. Sin embargo, echando la vista atrás, no le faltaban los motivos. Llevaba en el fútbol profesional desde los 18, había alcanzado un nivel con el que otros jugadores sueñan durante toda su carrera y (lo más importante) sus últimas dos experiencias habían sido amargas, llenas de insultos, gritos, desprecio y un rendimiento ciertamente discreto. Ni siquiera en la Segunda División, en la que se había refugiado tras sufrir las iras de la afición del Betis, había podido sentirse a gusto. Lo único que le pedía el cuerpo era parar y reunirse, por fin, con su familia, después de media vida dando tumbos. Estaba decidido. La estrella se había acabado.

Pero una llamada telefónica lo cambió todo. Emilio Viqueira, entonces director deportivo del Xerez, le hizo una oferta casi a su medida. No hacía falta que viviera en Jerez, podía instalarse en Sevilla y recorrer el trayecto de una hora escasa en coche para acudir a los entrenamientos. El club, además, no le ponía ningún tipo de presión. Únicamente querían exprimir sus últimas gotas de talento. Y lo lograron. “Lo que me hizo Viqueira fue un auténtico regalo. La posibilidad de estar en mi casa y volver a disfrutar del fútbol fue algo inesperado. Cuando me lo planteó, no dudé ni un instante”, reconoce, relajado, con el sonido de sus hijos, que juguetean de fondo, como única distracción. Así, lo que pudo ser una retirada acabó convirtiéndose en uno de los fichajes más acertados del Xerez de las últimas temporadas. Dos años y una veintena larga de goles después, la zancada potente del delantero sevillano todavía recuerda a la de aquel chaval casi imberbe por el que media Liga perdió la cabeza hace ya una década y media. Y le queda cuerda para rato.

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