José Mari, el príncipe de plata

Publicado: 09/07/2012 en Jugadores
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En verano de 2010, José Mari Romero (Sevilla, 10-12-1978) era un tipo melancólico. Se sentía cansado, muy cansado. Llevaba años sin disfrutar de su oficio de futbolista y había tomado una decisión que, a su edad -contaba entonces con 31 años- parecía, a todas luces, prematura: la retirada. Sin embargo, echando la vista atrás, no le faltaban los motivos. Llevaba en el fútbol profesional desde los 18, había alcanzado un nivel con el que otros jugadores sueñan durante toda su carrera y (lo más importante) sus últimas dos experiencias habían sido amargas, llenas de insultos, gritos, desprecio y un rendimiento ciertamente discreto. Ni siquiera en la Segunda División, en la que se había refugiado tras sufrir las iras de la afición del Betis, había podido sentirse a gusto. Lo único que le pedía el cuerpo era parar y reunirse, por fin, con su familia, después de media vida dando tumbos. Estaba decidido. La estrella se había acabado.

Pero una llamada telefónica lo cambió todo. Emilio Viqueira, entonces director deportivo del Xerez, le hizo una oferta casi a su medida. No hacía falta que viviera en Jerez, podía instalarse en Sevilla y recorrer el trayecto de una hora escasa en coche para acudir a los entrenamientos. El club, además, no le ponía ningún tipo de presión. Únicamente querían exprimir sus últimas gotas de talento. Y lo lograron. “Lo que me hizo Viqueira fue un auténtico regalo. La posibilidad de estar en mi casa y volver a disfrutar del fútbol fue algo inesperado. Cuando me lo planteó, no dudé ni un instante”, reconoce, relajado, con el sonido de sus hijos, que juguetean de fondo, como única distracción. Así, lo que pudo ser una retirada acabó convirtiéndose en uno de los fichajes más acertados del Xerez de las últimas temporadas. Dos años y una veintena larga de goles después, la zancada potente del delantero sevillano todavía recuerda a la de aquel chaval casi imberbe por el que media Liga perdió la cabeza hace ya una década y media. Y le queda cuerda para rato.

José Mari es fruto de los partidillos de barrio. Del fútbol que, poco a poco, se ha ido extinguiendo de las grandes ciudades. “Cuando era pequeño había como tres o cuatro campos de fútbol en muy poco espacio. Cada plazoleta tenía un equipo y nos enfrentábamos en una especie de liga paralela a la que cada chaval ya disputaba con su equipo federado”, explica. La suya era la de Felipe II, en el barrio del Polígono Sur, una zona humilde de la que nunca ha renegado. A los 11 años, ya fichó por el Sevilla, aunque nunca dejó de jugar en la calle. Y, pese a que únicamente siete años después ya debutaría en la élite, el camino no fue nada fácil. “Hubo una temporada, en edad infantil, en la que jugué muy poco. Era suplente y, a veces, me quedaba incluso fuera de las convocatorias. Volvía a casa llorando. Quise dejar el Sevilla. Si no lo hice fue porque mi padre me insistió en que fuera paciente. Y suerte tuve de hacerle caso…”, confiesa.

Con el tiempo, la progresión del delantero fue cogiendo más velocidad. Empezaron a ser asiduo de las selecciones; primero la andaluza, luego, la española. Y, con 17 años, en la temporada 96-97, ya era la estrella de la cantera sevillista. Todo el mundo hablaba de aquel rapidísimo punta que salía casi a gol por partido. Mientras tanto, el primer equipo, cuesta abajo y sin frenos hacia Segunda, buscaba soluciones de emergencia. Y en febrero del 97, José Antonio Camacho decidió por fin hacer caso a las recomendaciones de Julián Rubio, el míster del filial y gran valedor del delantero. Ante la Real Sociedad, en casa, debutó a lo grande: fue titular. Y las cosas salieron a pedir de boca… al menos, mientras estuvo sobre el césped. “El primer balón que toqué fue una asistencia para Salva Ballesta que acabó en gol. Luego metimos otro. Con el 2-0 a favor, y ya en la segunda parte, Camacho me cambió para que recibiera la ovación del público. Salí emocionado”, narra. Sin embargo, lo que parecía el estreno soñado se convirtió en otra cosa. En los seis últimos minutos, la Real dio la vuelta al partido. José Mari no se lo podía creer. “Me había ido directamente al vestuario y desde allí empecé a oir el rumor de los goles, uno tras otro. ¿Pero qué está pasando aquí?, me preguntaba. Al final, la derrota se llevó por delante al míster. Fue una tarde agridulce”, rememora.

La situación del Sevilla no hizo más que empeorar y acabó con el descenso del equipo, pero José Mari no dejó de crecer. Pese al baile de entrenadores –Bilardo sustituyó a Camacho y luego dejó su puesto a Julián Rubio-, el delantero no perdió su sitio y firmó media campaña notable, con siete goles en 21 partidos. La pérdida de categoría del Sevilla, que además atravesaba una grave crisis económica, hacía inevitable su traspaso, pero se resolvió con polémica. El Atlético de Madrid pagó su cláusula (muy baja, 150 millones de pesetas, 900.000 euros) y se lo llevó, ante el enojo de la afición hispalense, que le colgó la etiqueta de traidor. “En ese momento, yo todavía tenía ficha de aficionado. En el club, que aquella temporada tuvo tres presidentes, tampoco remediaron la situación. Al final, todo se resume en que el Real Madrid pagaba más dinero al Sevilla, pero menos a mí. Y el Atlético, justo al revés. Me dolió todo lo que se llegó a decir de mí. Pero hay cosas que la gente no sabe. Yo jugaba en Primera cada semana, pero seguía viviendo en un piso de 50 metros cuadrados con mis padres y mis tres hermanos”, argumenta. Así que, casi de la noche a la mañana, pasó de las estrecheces y la vida familiar a las comodidades -pero también los inconvenientes- de ser la joven estrella de uno de los mejores equipos de España.

Primera etapa en el Atlético

“Fue pasar de cero a cien. De no tener nada a tenerlo todo. ¡Si yo casi no había salido nunca del barrio! El cambio fue enorme, empecé a relacionarme con gente que tenía diez años más que yo. Y era un niño. Para muchas cosas era muy espabilao, pero para otras, todavía era muy inocente”, reconoce. Arropado por los Gil (“me acogieron como a un hijo”, asegura), siguió madurando. En el campo, el overbooking de delanteros y media puntas –Vieri, Kiko, Juninho, Hasselbaink– durante aquellos años le obligó a reciclarse en hombre de banda, pero sus cifras continuaron siendo muy buenas. Aunque vivía más alejado de la portería, su velocidad acortaba las distancias sin problemas. Las campañas 98-99 y 99-00 se cerraon con nueve goles cada una para el sevillano, que ese verano conquistó una plata amarga en los Juegos Olímpicos de Sydney.

“Es la experiencia más bonita de mi carrera”, resume. Sin tanta competencia como en el Atlético, y con el ‘9’ a la espalda, volvió a actuar de punta y cuajó una gran actuación a lo largo de todo el torneo. En la final, intervino en las jugada que desembocó en el primer tanto de Xavi (una falta preciosa) e incluso fue objeto de un penalti fallado por Angulo. Pero en la segunda parte, él y Gabri fueron expulsados, Camerún empató el partido a dos y, desde los 11 metros, se llevó el oro. Como en el día del debut ante la Real Sociedad, una remontada frustraba la felicidad completa.

La final de los Juegos. Camerún ganó a España tras igualar un 0-2

Aquella actuación en los Juegos no pasó desapercibida. A su regreso, su cotización continuaba en aumento. Y un pésimo inicio de Liga del Atlético -que también acabó bajando- desencadenó un traspaso récord, que lo convirtió en el jugador español más caro hasta entonces. Al abrirse el mercado de invierno, la Roma de Capello pujó con fuerza por él e incluso le hizo llegar una primera propuesta formal. Todo parecía encarrilado, pero al día siguiente apareció el Milan, plantó 3.200 millones de pesetas (unos 20 millones de euros) y se lo llevó. Por una vez, el negocio del club rojiblanco fue redondo: más de 3.000 millones de beneficio en una operación que llevó a un chaval de 22 años a un vestuario habitado por auténticas leyendas del fútbol mundial como Weah, Boban, Shevchenko, Albertini, Costacurta o Maldini. Y en el que la moda, en una época premetrosexual, en la que en España el futbolista vestía únicamente chándal, era ya una cuestión capital. “Había algunos compañeros que parecían príncipes. Costacurta, por ejemplo, venía casi cada día a entrenar en traje“; revela, “Él y Maldini eran los líderes del vestuario. Costacurta se encargaba más del día a día, de mantener un buen ambiente. Maldini, en cambio, era el jefe absoluto. Hablaba poco, pero cuando abría la boca, los demás callábamos y escuchábamos. Nos ponía a todos firmes“, revela.

Si el debut con el Sevilla había sido bueno, con el Milan todavía fue mejor. Un remate suave con la coronilla, de espaldas a la portería, supuso el empate a 2 final… ante la Roma. Pese a que nunca acabó de hacerse con un puesto fijo -la competencia era terrible, aunque el Milan no reinaba en Italia– le concedieron crédito. La adaptación, en líneas generales, dejaba indicios para el optimismo. “Intentaba no pensar mucho en lo que habían pagado ni dónde estaba realmente, porque el peso de la responsabilidad hubiera sido muy alto. Y la verdad es que disfruté mucho de aquello durante los seis primeros meses. Lo que vino después ya fue muy malo”, explica.

El gol de José Mari a la Roma, en el 8’54”

Y es que en las dos temporadas siguientes, una lesión de pubis primero, y una de rodilla después, justo el día que reaparecía, cortaron en seco una progresión que hasta entonces parecía imparable. “Me harté de llorar”, resume. 37 partidos y cuatro goles en dos años hacían peligrar su continuidad en Milán. Y, para colmo, la tragedia golpeó a su familia. “Mi padre enfermó de cancer y fue a tratarse a Madrid. Por eso pedí una cesión al Atlético, para poder estar junto a él, a la vez que intentaba recuperar mi mejor versión. Pero, por desgracia, falleció en verano. No llegó ni a verme empezar la Liga”, lamenta. De nuevo de rojiblanco, se reencontró consigo mismo, aunque su rendimiento (31 partidos, seis goles) tampoco le sirvió para ganarse el regreso a Italia.

“Me quedaba un año de contrato y el Milan había contratado a Inzaghi, Rivaldo… tenía claro que sería muy difícil jugar. Así que les pedí una ampliación de contrato o que me dejaran ir”, explica. Así fue como se convirtió en una de las incorporaciones estrella de un Villarreal que, justo por aquel entonces, empezaba su era más exitosa. “Al principio, me chocaba mucho ver el ambiente de Villarreal, que es un pueblo de los de antes, donde las abuelas todavía sacan las sillas a la calle a tomar el fresco. Pero es un lugar maravilloso, donde me trataron muy bien”, comenta. Junto a jugadores como Diego Forlán o Juan Román Riquelme, José Mari vivió en primera persona el auge de un equipo que maravilló a España primero y a Europa después. El cénit de aquella historia llegó con un penalti, provocado por el mismo José Mari, en las semifinales de la Champions de 2006 ante el Arsenal. Un gol hubiera supuesto la prórroga, pero Riquelme falló y el Villarreal cayó eliminado. “No podemos reprocharle nada a Román. Nos daba la vida, era un jugador increíble. La gente dice cosas de él sin conocerlo, como que es un tipo conflictivo, pero nada más lejos. En realidad, se trata de un chico extramadamente tímido, que había salido de un barrio muy humilde. Lo considero un buen amigo. Todavía hoy nos llamamos con regularidad”, asegura. Aquel lanzamiento truncó un sueño que el Villarreal rozó con la punta de los dedos. “Si hubiéramos empatado, en la prórroga eran nuestros, porque estaban fundidos por el calor. Pero simplemente no pudo ser”, concluye.

Tras cuatro temporadas de groguet, su figura fue empequeñeciéndose en el Madrigal. Ya no era titular. La última campaña, incluso, se cerró con cero goles en Liga, algo inaudito en toda su carrera profesional. Ni en los peores tiempos del Milan había llegado a eso. Así que, de mutuo acuerdo, rescindió el año que le quedaba de contrato y se replanteó su vida y su carrera. Todavía tenía 28 años y cierto cartel, así que disponía de varias ofertas. Pero la morriña, las ganas de estar con los suyos, le jugaron una mala pasada. Eligió, seguramente, la peor opción de todas las que tenía. Volvió a Sevilla, sí, pero para vestir la camiseta del eterno rival, el Betis. El precio a pagar sería altísimo.

“Me cegué y sólo vi los pros, no llegué a valorar los contras de aquella decisión. Para mí era la oportunidad de volver a ver a diario a mi familia, a mis amigos, que mis hijos tuvieran un contacto más estrecho con su primos… nunca pensé que la gente fuera a tomárselo tan mal”, expone. Sin embargo, lo cierto es que nadie en Sevilla parecía querer a José Mari. Los sevillistas lo consideraban un traidor, un renegado. Y los béticos no dejaban de verlo como un infiltrado. El ambiente, desde un primer momento, fue casi insoportable.  “Cada partido era un infierno. Era durísimo salir a calentar y ver a casi todo el estadio cantando ‘¡José Mari, hijo de puta!’. ¡Tu propia afición!”, exclama. El acoso no se limitaba a los días de partido en casa. En más de una ocasión, Paco Chaparro tuvo que parar los entrenamientos y pedir a los aficionados que dejaran de increpar al jugador, que, para colmo, firmó otro año en blanco, con cero goles en 13 partidos. La temporada siguiente, pese a que José Mari rompió la racha en el Camp Nou en el primer partido de Liga, el odio no remitió. Seguía siendo un proscrito. Así que, al llegar el parón navideño, justo al cumplir los 30, dijo basta. Se reunió con Lopera para pedir la carta de libertad y, pese a las reticencias iniciales del mandatario bético (que todavía creía poder reconducir la situación) jugó su último partido en Primera.

El cromo de la discordia. José Mari con la camiseta del Betis

“Estaba dispuesto a quedarme seis meses sin jugar [la norma de no poder cambiar de equipo tras haber jugado cinco partidos todavía existía], porque mi única opción era fichar por un equipo extranjero. Y yo tenía claro que no me quería ir”, comenta. Sin embargo, existía otra salida, mucho más cercana. Jugar en Segunda. El más rápido en darse cuenta fue Quique Latasa, entonces segundo de César Ferrando en el Nàstic y viejo amigo de José Mari. Latasa, hombre de fútbol de los de antes, el ‘poli bueno’ que ejerce de confesor de los jugadores, empleó toda su insistencia y sus dotes de persuasión para llevarlo a Tarragona. Y lo consiguió. La presencia de Alejandro Campano, otro gran amigo del delantero, también influyó en la decisión de probar suerte en una categoría que hasta entonces le era totalmente desconocida. “Me sorprendió muchísimo el nivel, hay gente con mucha calidad”; reconoce. “Ha mejorado muchísimo. Antes, el balón se pasaba más tiempo en las alturas que en el césped. Pero gracias al modelo de juego impuesto por el Barça o la selección española, ahora se intenta tocar más. Eso sí, jugar en según qué campos cuesta lo suyo”, admite.

El aterrizaje en la categoría de plata tampoco fue tan exitoso como muchos pudieron pensar. En Tarragona reinaba un ambiente tremendamente crispado, con la afición pidiendo explicaciones al palco y disparando con bala a Ferrando por una clasificación que no era la esperada. Pese a todo, José Mari no desentonó -aunque tampoco entusiasmó- aportando destellos de calidad y dos goles en los seis primeros meses en el Nou Estadi. La gente esperaba más del delantero, su fama era un peso demasiado grande. Y de nuevo la soledad (su familia se quedó en Sevilla hasta que acabó el curso escolar) hizo más complicada la situación. “Debo reconocer que, por culpa de eso, no tuve los cinco sentidos puestos en el Nàstic. Cuando renové, nos reunimos de nuevo en Tarragona, pero fue por poco tiempo, porque mi hijo no se acabó de adaptar al colegio y decidimos que lo mejor era que volvieran para casa”, explica. En su segunda y última campaña, aportó 33 partidos y seis goles, pero los seguidores grana nunca llegaron a conectar con el sevillano, que acabó profundamente molesto por el sambenito de noctámbulo que se le colgó en la ciudad. “Se llegaron a decir auténticas barbaridades, pero es imposible que nadie me haya visto con una copa en la mano, porque yo no paso de la cerveza. Así de simple”, expone.

Muchos de los goles que consiguió con el Nàstic fueron de cabeza

Y así es como llegamos al verano de 2010, el inicio del relato. Pónganse en la piel de José Mari. Con 31 años, cansado de recibir todo tipo de insultos, sin nada que demostrar y con una carrera que le había proporcionado la suficiente estabilidad financiera, sentía que había llegado el momento de parar, de decir basta. Pero apareció el Xerez y el delantero renació. Su juego recuperó la alegría y sus piernas, el olfato de gol. La frescura física, esa gambada que nunca le había abandonado, volvió a ser determinante. Y sus registros se dispararon: en la primera campaña alcanzó los 17 tantos, llevando al equipo a soñar con el playoff hasta la última jornada. En la segunda, se quedó en ocho, acusando el mal rumbo de los azulinos, que coquetearon con el descenso. Pero más allá de números, las sensaciones son inmejorables. Liberado de toda presión, recuperando el placer de jugar al fútbol, José Mari recuerda a la joven promesa sevillista que fue hace ya muchos años y que nunca acabó de explotar. Ahora ya es él el veterano que da cobijo a los jóvenes. Incluso se cortó no hace mucho su inconfundible melena. “Ya tengo una edad para llevar un peinado un poco más serio”, bromea. José Mari galopa feliz por Chapín. No reinó en la élite por poco, muy poco. Y ahora, en la recta final de su carrera, sonríe, convertido en un auténtico príncipe de plata.

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comentarios
  1. aficionado dice:

    Patiño “el filipino” ahi tienes historia. Gran blog y te escucho en la radio de mi CCF. Saludos

    • Àlex Pareja dice:

      Gracias por la sugerencia. Lo tengo en la lista, desde hace tiempo, su pasado en el Sanse ya daba de sí. Ahora, con lo de la selección, es ya una prioridad. Muchas gracias por seguir el blog, me alegro de que nos escuches los viernes en CCF! Un saludo.

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