Sunny Sunday, una odisea moderna

Publicado: 11/21/2012 en Jugadores
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Al colgar aquel teléfono en el aeropuerto de París, una fría gota de sudor le recorrió el cuello. Tragó saliva, intentando comprender la gravedad de su situación. Sthepen ‘Sunny’ Sunday (Lagos, Nigeria, 17 de septiembre de 1988) estaba solo en un continente extraño, a miles de kilómetros de su casa; casi sin dinero y con un visado de turista que, como una bomba de relojería, amenazaba con consumirse a una velocidad de vértigo. Tres meses. Ese era todo el tiempo del que disponía para buscarse la vida en Europa de manera más o menos legal. El representante que le había captado en su país, que le había descubierto en la escuela de fútbol de Taribo West, no daba señales de vida. Lo que había empezado como un sueño -la posibilidad de probar suerte en un equipo europeo, en Bélgica– se había convertido en el inicio de lo que prometía ser una larga pesadilla.

Sunny llamó y llamó, con un hormigueo creciente en la boca del estómago. Las piernas empezaban a tititar. La mente buscaba excusas a una velocidad de vértigo para justificar la nada al otro lado del teléfono. Seguro que es un malentendido. Debe estar ocupado. Quizás ha perdido el móvil. Todo se arreglará…

Pero no. Pasaron las horas y nada se arregló. Finalmente, Sunny comprendió la verdad: le habían engañado. Era sólo un crío de 16 años, pero la realidad no hace distinciones a la hora de golpear. Encajado el crochet, tocaba pensar algo. Y rápido. “Me quedé paralizado. Me di cuenta de que me habían dejado tirado. Y me había costado muchísimo llegar hasta allí. Los trámites burocráticos para conseguir un visado habían sido muy largos, y mi familia y mis amigos habían tenido que organizar una colecta para comprar el billete de avión”, explica. Desde aquel mismo momento, su estatus pasó de aspirante a futbolista a inmigrante. Y cuando caducara el visado, peor: sería un inmigrante ilegal.

Afortunadamente para Sunny, él no había sido el primero en recorrer ese largo camino. Un amigo de Nigeria, Elvis Onyema, otro chico que soñaba ganarse la vida en el rico fútbol europeo, había dado el salto al viejo continente un poco antes. Y era su último recurso. Su tabla de salvación, aunque se encontrara lejos de París. “Sabía que estaba en Madrid. Tenía su número, así que no me quedaba otra opción que llamarlo”, reconoce. Esa vez hubo más suerte: Elvis cogió el teléfono, le tranquilizó y prometió que le ayudaría. Hoy, casi una década después, consolidado en el Numancia tras una carrera llena de altibajos, de grandes esperanzas y pequeñas decepciones, Sunny Sunday es un tipo feliz que puede contar su historia con calma. Y con la satisfacción de haberse ganado a pulso todo lo que tiene.

La vida en Madrid no iba a ser fácil, pero Sunny sabía que debía intentarlo. Todo el dinero -y las aspiraciones- de su familia estaban depositadas en esa aventura y no podía permitirse el lujo de rendirse a las primeras de cambio. Aunque el shock de ver que aquel falso representante se hubiera esfumado después de haberle regalado los oídos con promesas de la próspera Europa fuera fuerte, él debía serlo más. Consiguió llegar a Móstoles en autobús, sin hablar ni una palabra de español y entendiéndolo a duras penas. Y allí se reunió con su amigo. “Me acogió en su piso, donde vivía con más inmigrantes que se ganaban la vida como podían. Me ayudaron mucho entre todos”, admite. Y allí aprendió a sobrevivir mientras esperaba una oportunidad… y mientras su visado caducaba definitivamente.

“Estuve unos tres meses en Madrid. Empecé a jugar a fútbol en un equipo compuesto por inmigrantes nigerianos. Nos entrenábamos en parques y en algún campo de tierra que conseguíamos de vez en cuando”, recuerda. Esta especie de selección de sin papeles se dedicaba a promocionar a sus jugadores allá donde quisieran hacerles caso. Y un buen día sonó la flauta. “El míster arregló un par de amistosos contra equipos federados para intentar que alguien se fijara en nosotros. Uno de esos partidos fue contra el juvenil del Rayo Vallecano. Allí fue donde un representante se fijó en mí y me dijo que me podría llevar al Poli Ejido –que entonces estaba en Segunda- para poder hacer una prueba”, narra.

La idea era ilusionante, pero ¿podía Sunny volver a confiar en un representante? Dicen que el hombre mojado no teme a la lluvia y, como no había nada que perder, el nigeriano decidió intentarlo. Batallando todavía con un castellano más que rudimentario, se plantó en El Ejido dispuesto a pasar el test que el conjunto andaluz le había preparado. Pero no fue precisamente fácil. Los nervios y la precariedad de su equipación le jugaron una mala pasada. “La prueba no salió nada bien. No tenía las botas adecuadas para jugar en césped y me resbalaba todo el rato. Pensaba que no lo iba a conseguir. Pero entonces me dieron otras botas, el entrenador habló conmigo y me dijo lo que quería que hiciera exactamente. ¡Y todo salió bien!”, exclama, todavía visiblemente emocionado cuando habla de aquel momento. Y no es para menos: superar aquella prueba supuso el principio de su cambio de suerte. “El club se ocupó de todo. Mi visado ya había caducado, yo ya era un ilegal, pero ellos se comprometieron a arreglarme los papeles y a darme alojamiento. Juan José Melero, el consejero delegado del Poli Ejido, me apadrinó, se ofreció a ser mi padre de acogida. Me pregunto qué sería de mí sin él”, reflexiona.

La 2 de TVE le dedicó un reportaje en sus primeros meses como jugador del Poli.

Tras una breve estancia en un hotel, el club lo colocó en un piso junto con otros jóvenes jugadores africanos. Y le proporcionó una ficha de 300 euros mensuales. Suena a poco, pero en aquel momento para Sunny era una pequeña fortuna. Y sabía muy bien en qué invertir parte de la paga en cuanto la recibiera. “Con el primer sueldo, llamé a casa. Hacía meses, desde que cogí aquel avión en Nigeria, que no sabían nada de mí. No quería ponerme en contacto con ellos hasta que no me fueran las cosas bien, para no preocuparles, así que tardé bastante en hacerlo. Cuando por fin hablé con ellos, fue un momento muy emotivo”, reconoce. La paga no daba para muchos más caprichos que para comer en un bar de menú “porque no sabía cocinar muy bien”, pero Sunny ya era feliz. Jugaba al fútbol en el filial del Poli mientras el club regularizaba su situación y se esforzaba en mejorar su castellano gracias a unos cursos de la Universidad de Almería. Además, para acabar de mejorar la situación, al cabo de unos meses Elvis Onyema también aterrizó en El Ejido. “Todo empezaba a ir bien. Y volvía a tener un amigo a mi lado con el que compartir las cosas”, resume, aunque lo mejor todavía estaba por llegar.

“Hacía tiempo que me entrenaba con el primer equipo. Y por fin, cuando todo el papeleo estuvo arreglado, debuté en Segunda”, narra. Ese debut se produjo un 18 de septiembre de 2005, en el campo del Elche, de la mano de un Pepe Mel que estaba tremendamente convencido del potencial del africano. Un mes más tarde, el 30 de octubre, se estrenó como titular en la visita al Real Madrid Castilla. Y, tras una serie de apariciones intermitentes, se acabó consolidando en la segunda vuelta de la Liga, donde jugó 19 partidos de titular. Sunny se convirtió en una de las grandes sensaciones de la competición. Era la época en que Makelele era el prototipo de centrocampista ideal y la comparación era inevitable por su juego físico y poderoso. Iba bien al corte y siempre veía un pase fácil con el balón en los pies. “Al final de esa temporada, me llamó Pepe Mel a su despacho. Me anunció que me iban a hacer un contrato profesional. Me puse muy nervioso. ¡Todavía se me pone la piel de gallina al recordarlo! Nada más salir de allí, cogí dinero, compré una tarjeta y me fui al locutorio para llamar a casa. Me había tocado la lotería”, explica, con un punto de inocencia. Ya estaba en el punto de mira de un buen puñado de equipos, pero a él lo que más le importaba era ser agradecido con el club que le había sacado de la pobreza. “Ese verano ya se empezaron a oír rumores sobre interés de algunos equipos, como el Betis o incluso el Liverpool. Pero me pidieron que siguiera allí, que tuviera paciencia. Y con todo lo que habían hecho por mí, no podía negarme. Se habían portado muy bien conmigo”, razona.

La apuesta no pudo salir mejor. Sunny se convirtió en indiscutible con sólo 18 años (jugó 35 partidos, 34 como titular) e incluso estrenó su doble nacionalidad con la convocatoria para jugar la selección española. Su historia empezó a aparecer en todos los medios nacionales. Era muy golosa, un Oliver Twist moderno que galopaba imparable hacia el estrellato internacional. Disputó el Mundial Sub 20 de Canadá junto con jugadores de la talla de Piqué, Mata, Javi García, Granero, Adrián López o Diego Capel. “Fue una gran experiencia. No me lo podía creer. Lo más bonito era saber que en mi país había mucha gente que por primera vez me podía ver por la tele”, confiesa. Y, tras el Mundial, le llegó la gran oportunidad: el Valencia lo incorporó por un millón y medio de euros y con un contrato por seis temporadas. “Era un club muy importante. ¡Aquello significaba cambiarme la vida por completo! Y, además, pude reportar un dinero a la gente que había apostado por mí. Me enorgullecía mucho que tanto el Poli Ejido como mi padrino en España salieran beneficiados”, asegura. La vida era pura felicidad.

Sunny, en acción con la selección española.

Sin embargo, Sunny no pudo triunfar en Mestalla. El salto de nivel se le atragantó y nunca pudo confirmar las expectativas que despertó en un club que esperaba al sucesor del añorado Momo Sissoko. Fuera por juventud, por falta de fundamentos tácticos o por cualquier otro motivo, lo cierto es que la presencia del centrocampista en el conjunto ché se redujo a diez partidos en Liga -más de la mitad de los cuales fueron de suplente- y tres encuentros en la Champions. Sunny se había perdido demasiados pasos intermedios y por ello los técnicos valencianistas decidieron cederlo a Osasuna para que se fogueara en Primera y asumiera más responsabilidades en la campaña 2008-09. Teóricamente era un acuerdo beneficioso. Pero en la práctica supuso pasarse otro año casi inédito. En vez de jugar más, su experiencia como rojillo apenas dio para cuatro apariciones… que, juntas, sumaron la friolera de 29 minutos. Para acabar de redondear el panorama, acabó la campaña con una lesión de rodilla. “En Pamplona, lo mejor fue que pude reunirme con mis padres, por fin, después de mucho tiempo sin poderles ver. Arreglaron el visado y pudieron venir de visita. Fueron testigos del contraste de estilos de vida”, confiesa.

Tras ser incapaz de consolidarse en Primera, y con cuatro años de contrato con el Valencia por delante, a Sunny no le quedó otro remedio que aceptar una nueva cesión, esta vez en Segunda. El Betis, que acababa de perder la categoría, buscaba un retorno exprés y le reclutó para reforzar el centro del campo. Pero de nuevo su papel fue residual. Los Emana, Iriney, Arzu, Mehmet Aurelio y compañía le cerraron el paso y únicamente pudo jugar siete partidos, 281 minutos en total. Su carrera estaba cayendo en picado con la misma velocidad con la que se había impulsado. Y había un problema; el Valencia, que había perdido su fe en él, ya no le quería ver ni en pintura. Le tocó pasar unos cuantos mal tragos: estar a prueba sin éxito en el Blackpool inglés, negarse a ir cedido a un equipo de Segunda B -el Alcoyano– y tener que entrenarse en solitario durante cinco largos meses. La situación se desencalló cuando el Numancia (un equipo especialista en ‘rehabilitar’ las carreras de jugadores que parecen en declive) le ofreció un puesto en su plantilla para la segunda vuelta de la campaña 2010-2011. “Soria es un lugar donde hace mucho frío, pero eso no me importa. Hay que ir donde está el pan. ¡Y el frío no ha matado a nadie! El fútbol es una cosa que requiere continuidad y, por suerte, en Soria me dieron una oportunidad y no la he desaprovechado”, comenta, orgulloso. Aquel segundo tramo de Liga le resucitó: disputó 14 encuentros e incluso marcó sus dos primeros goles como profesional. El paracaídas se abrió cuando ya no quedaban más anillas de las que tirar. Nadie sabe qué hubiera sido de Sunny si el Numancia no se hubiera cruzado en su camino, pero lo cierto es que ambas partes salieron beneficiadas. Al finalizar la cesión, el centrocampista se desvinculó del Valencia y firmó por dos temporadas con los sorianos. Ahora, a los 24 años, es un indiscutible para Machín y parece recordar a aquella joven promesa que maravillaba en El Ejido.

El golazo que consiguió ante el Murcia esta temporada.

Pero Sunny ya no tiene prisa. Si algo le ha enseñado todo este periplo es a disfrutar del presente y a no trazarse metas excesivamente ambiciosas. “Sólo tengo 24 años. No me desespera no haber podido triunfar en Primera. Con todo lo que he pasado en mi vida personal, nada puede hacerme temblar. Soy un hombre fuerte y estoy contento de ser futbolista”, afirma. Pensándolo bien, aquella fría noche en el aeropuerto de París, ni en su visión más optimista hubiera podido imaginar que se ganaría la vida jugando al fútbol como ha hecho. Y lo mejor de todo es que le quedan muchos años de carrera por delante donde poder intentar el asalto a la máxima categoría con el punto de madurez necesario que le faltó en la primera ocasión. Aunque no sea algo que le obsesione. Su visión es ya a más largo plazo. “Mientras juego, me preparo para el futuro. Estudio un máster de gestión deportiva. Y tengo mucho tiempo por delante. Hay muchas maneras de seguir ligado al fútbol cuando esto acabe”, comenta.

Pudo haber sido el nuevo Makelele. Pudo haber triunfado en uno de los equipos más importantes de España. No lo consiguió, pero Sunny no se queja. Sabe que su destino hubiera podido ser mucho peor si no hubiera salido nunca de su país en busca de una oportunidad. O que todavía podría andar entrenándose en campos de tierra con un puñado de compatriotas, malviviendo en pisos sobreocupados mientras espera que alguien se fije en su juego. Sin duda, la historia de Sunny Sunday, todavía con mucho por escribir, ya tiene un final feliz. A fin de cuentas, nada malo puede suceder en un domingo soleado.

 

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comentarios
  1. Choppiswan dice:

    Pues vamos dejar algo de nuevo por aquí que llevaba algunos post sin comentar.

    Como no acordarse de aquella época en la que empezaba a destacar en un buen Ejido en segunda, un tal Sunny Sunday. Siempre te venía a la mente esa bebida(?) de nombre similar, Sunny delight.

    Para ser sincero, no me imaginaba que su llegada a Espanha y sus inicios fueran tan duros la verdad. Me lo imaginaba más como el ‘africano con suerte’ por decirlo de alguna manera. Aquel que desde muy joven lo ojean allá en su tierra y lo traen a alguna escuela deportiva con caché, que tan sólo tienen que esperar a que llegue alguién y les de su momento de gloria. Sinceramente siempre pensé que su pasado fuera así para poder explicarme como interrumpiera con tanta fuerza su nombre allá por el 2006.

    Aún es joven, está asentado en uno de los mejores y más regulares clubes de segunda así que con paciencia y esfuero, tiene tiempo de sobra para dar el salto a primera con condiciones.

    PD: David Rodríguez en el Sporting sigue dando unos números bastante regulares en la segunda división como te decía en twitter. Le falta mojar alguno fuera del Molinón.

  2. tonipolster dice:

    con 24 anyos todavia tiene camino por delante para llegar a primera!!

    En un programa de canal + llamado “club de futbol” hablan sobre el numancia y a sunny le hacen una corta entrevista.

  3. […] centramos esta parte del programa en un caso conocido en el fútbol, la historia del nigeriano Sunny Sunday. Con sólo 16 años se vio sólo en Francia víctima de la estafa de un supuesto representante. […]

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