Javier Acuña, el ‘Toro’ indestructible

Publicado: 04/19/2013 en Jugadores
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ACÑ!!

Aquella mañana, todavía calurosa, los más rezagados en llegar al vestuario del Girona se llevaron una buena sorpresa. En el centro de la sala, con una gran sonrisa, los recibía  Carlos Javier Acuña (Asunción, Paraguay, 25-06-1988). Estaba bailando, amenizando los minutos previos a la sesión de entrenamiento. La escena podría ser normal en muchos equipos, sean de la categoría que sean. Siempre hay alguien desinhibido, dispuesto a levantar el ánimo del grupo. Sin embargo, lo que la convierte en especial es el estado de su protagonista. Acuña danzaba haciendo equilibrios con sus muletas. Con 23 años, acababa de iniciar la recuperación de su tercera lesión de rodilla, la que se hizo justo el segundo día de pretemporada con sus nuevos compañeros. Su carrera, una vez más, estaba en entredicho. Tras el postoperatorio, todo el mundo en el club esperaba encontrarlo abatido, o cuanto menos taciturno. Pero la vida de este delantero ha sido demasiado intensa como para rendirse ante las adversidades, por duras que sean. “Si mi familia está bien y no nos falta para comer, ya soy feliz, no pido nada más”, asegura, con la serenidad de un veterano. Y es que, pese a su edad, a Acuña ya se le puede incluir en esta categoría. Hace ya casi una década que debutó en Primera en su país y ha sobrevivido a un entorno difícil, un veto de la FIFA, tres lesiones graves de rodilla y una fama de niño prodigio venido a menos que ponían en cuestión cuál era su auténtico potencial. Hoy, a base de goles y coraje, destaca en un Girona que va camino de dar la gran campanada. Y el delantero lo celebra igual que en los malos tiempos, bailando, sonriendo y pensando que lo mejor está por llegar. Recorriendo su espalda, de arriba a abajo, un tatuaje resume su planteamiento vital: “Creado por Dios, nacido para triunfar”.

El triunfo, eso sí, podría haberle llegado en otro deporte. O, al menos, eso es lo que parecía cuando, de niño, Javier pasaba las horas enganchado a un balón… de baloncesto. “Vengo de una familia de deportistas. Mi bisabuelo, mi abuelo y dos de mis tíos fueron futbolistas [uno de ellos, Pablo Caballero, es ahora entrenador de un equipo de Primera en Paraguay], pero mi madre, Blanca, era profesional del baloncesto. Yo la seguía a todas partes y claro, estaba muy metido en el básquet. Era base o alero y no se me daba mal. Incluso me llegaron a incluir en una selección de mi ciudad para jugar varios torneos”, asegura, orgulloso. Precisamente, la intermediación de los abuelos fue clave para que el otro balón se colara en su vida. “Insistieron para que me apuntara a la escuela de fútbol y compaginara las dos cosas”, relata. El ‘nuevo’ deporte irrumpió con tanta fuerza en su casa que su madre, lejos de molestarse, experimentó una metamorfosis casi inaudita. “Aunque ya había respirado mucho fútbol por los antecedentes familiares, el hecho de que yo empezara a practicarlo hizo que le picara más la curiosidad. Empezó a ver torneos de fútbol femenino… ¡ Y se animó tanto que acabó jugando en la selección nacional! Era mediocentro. Participó en un torneo sudamericano de clasificación para el Mundial a finales de los 90”, revela.

Con tanta predisposición genética, el talento para el fútbol no tardó en aflorar. Se alistó en el 8 de Diciembre, un club de su ciudad, y empezó a destacar casi de inmediato. “Me colocaron de delantero, aunque a mí no me importaba jugar de lo que fuera. Muchas veces hice de portero. Aunque era chiquito, saltaba bien y llegaba a atajar muchas pelotas”, explica. En unos interminables y agotadores fines de semana, llegaba a jugar infinidad de partidos. Se ponía pocos límites. “Como nunca he tenido miedo de ir al choque, llegué a jugar hasta con chicos del 83 y el 82, cinco o seis años mayores que yo. Y me defendía bien”, recuerda. Esos duelos desiguales marcaron aún más el carácter competitivo de Javier, que enseguida despertó el interés de equipos más grandes: llegaba la hora de decidir entre el fútbol y el baloncesto. La elección parecía clara, pero tampoco la tomó a la primera. La primera vez que el Olimpia de Asunción lo fue a buscar para sus categorías inferiores, rechazó la oferta porque tenía una competición de básquet a la que acudir. “No podía dejar de jugar aquel torneo, ya me había comprometido y tenía muchas ganas, así que les dije que no. Unos cuantos compañeros míos ficharon por Olimpia, pero yo me quedé”, rememora. La segunda vez que llamaron a su puerta ya no se resistió. Tenía 13 años. Debía dejar atrás a su familia, pero era el precio que había que pagar para perseguir el sueño de poder ser profesional. Llegaría pronto, seguramente antes de lo que él mismo esperaba, pero el camino, aunque corto, iba a ser duro.

“Al llegar a Asunción lo pasé un poco mal, pero me acabé adaptando. Vivía en una habitación con Jaime Hinterleitner, otro futbolista que acabó convirtiéndose en una de mis mejores amigos”, comenta. La camaradería se forjó a base de pasar juntos por momentos y situaciones complicadas. Inseguridad, penurias e incluso hambre fueron sus compañeras de aventuras en los primeros meses en la capital. Otro elemento más para forjar un carácter a prueba de dificultades. “Tenía que tomar dos o tres autobuses para ir a entrenar, y otros dos o tres para volver. Vengo de una familia muy humilde y había días en los que, sencillamente, no alcanzaba el dinero. Cuando podíamos, entre unos cuantos compañeros hacíamos un pequeño bote para comprar coca-colas. Era lo mejor para matar el hambre. Al menos, engañábamos al estómago”, afirma. La zona donde se alojaba, además, tampoco era la más segura de la ciudad. “Vivíamos a dos calles del barrio controlado por la Barra Brava de Asunción. Si no te conocían, no podías entrar. Tenías que agachar la cabeza e ir deprisa. Y si tenías algo bonito, enseguida te lo querían quitar. Una vez, en el autobús, tuve que revolverme contra un chico que me quería robar lo poco que tenía, mis botas. Tuve suerte de ir con un amigo y entre los dos pudimos recuperar mis cosas”, recuerda.

Afortunadamente para Acuña, el anonimato (y, con ello, la desprotección), duró poco. Sus registros goleadores con los equipos de las categorías inferiores le empezaron a forjar cierta fama entre los aficionados, incluso entre los más temibles. Y así, el joven futbolista empezó a caminar más tranquilo por las calles de Asunción. “Si te conocen, te cogen cariño, te cuidan. Además, cuando se enteraron de dónde venía, me arroparon. Empecé a hacer amigos”, asegura. Y, viendo su evolución sobre el césped, no le faltó protección: en su primera campaña con el Olimpia, anotó infinidad de goles y brilló en el panorama internacional. Dejó su sello goleador en la prestigiosa Gothia Cup y se le abrieron las puertas de la selección… previo paso de una prueba. “Me convocaron para un amistoso. Querían comprobar el nivel de unos cuantos jugadores y marqué cinco goles. A partir de allí ya no dejé el combinado nacional”, narra. Fue campeón y máximo goleador en el Campeonato Sudamericano Sub-16 disputado en su país, con la fortuna de que el seleccionador dio el salto a la Sub-20 y siguió contando con él, pese a que el cambio suponía pasar de jugar entre chavales a medio hacer a enfrentarse a hombres. Y, para sorpresa de muchos, el entrenador del primer equipo de Olimpia, Gustavo Benítez, decidió que también estaba lo suficientemente maduro para debutar en Primera. Tras unos cuantos partidos en el banquillo, decidió darle la alternativa de titular. Y el pequeño delantero encajó la noticia de la misma manera que haría con tantas otras -buenas y malas- que estaban por llegar. Con una sonrisa y con un baile. “Cuando llegó el día del partido, yo ya sabía que iba a jugar. Y las ganas de debutar pudieron con los nervios. Mis compañeros me miraban sorprendidos mientras yo estaba cantando y dando saltos en el vestuario. Acabamos 3 a 2. Perdimos, pero todo el mundo me felicitó tras el encuentro”, asegura.

Antes de ser el ‘Toro’, jugando con las inferiores de Paraguay

Acuña tan sólo jugaría tres partidos más con el Olimpia. Las buenas actuaciones en los torneos internacionales y su fama de niño prodigio lo pusieron en la órbita de multitud de clubs europeos. Sin embargo, tras muchas especulaciones, fue el Cádiz (entonces en Segunda), el que se hizo con sus servicios, en una operación cercana al millón de euros que sorprendió a mucha gente. “Después del Sudamericano Sub-20 se me acercó un representante y me ofreció la posibilidad de ir a Europa, a un equipo que luchaba por subir a Primera en España. No me lo pensé ni un momento, era una gran oportunidad para mí y para mi familia”, admite. Todo parecía perfecto. En el  Carranza, todo el mundo esperaba a una especie de competidor de un tal Leo Messi, por aquel entonces gran  esperanza de la cantera del Barça. El paralelismo -e incluso un cierto parecido físico entre ambos- invitaba a soñar. Los aficionados estaban ansiosos por verle jugar y los periodistas, por comprobar su auténtico nivel, pero la burocracia detuvo en seco el proceso. La FIFA cambió la normativa para los jugadores extranjeros menores de edad e impedía que ficharan por otros equipos y jugaran en categorías profesionales. A Acuña se le cayó el mundo encima. Le quedaban casi 18 meses para alcanzar esa edad. “Yo llegué a Cádiz el 14 de febrero de 2005, es decir, fuera de plazo, así que ya sabía que iba a estar seis meses entrenándome con el equipo, a modo de adaptación. El problema fue que no se enteraron de esta normativa hasta que fue demasiado tarde y tuvimos que esperar seis meses más únicamente para apelar. Perdimos la apelación y yo me vi condenado a estar, en total, un año y medio sin jugar. Pedí volver a mi país para no perder el ritmo de competición y seguir madurando, pero no quisieron. En general, hicieron las cosas bastante mal”, resume. Durante todo ese tiempo pasaron muchas cosas. Acuña sólo pudo disputar algún amistoso y partidos con su selección. El Cádiz, mientras tanto, ascendió, pero al año siguiente volvió a perder la categoría. Y el chaval lo vio pasar todo ante sus ojos gracias al apoyo de su madre, que se trasladó con él a Andalucía desde el primer día de aventura. De no haber sido así, la experiencia hubiera podido ser devastadora.

Gol ante el Málaga. Segundo -y último- con la camiseta del Cádiz

Al cumplir la mayoría de edad, juto antes de inciarse la temporada 2006-2007, se cerró el paréntesis forzoso y el delantero ya estaba listo para debutar con la camiseta amarilla. Sin embargo, el cóctel formado por la inactividad, las expectativas, la presión y los cambios en un club con prisas por volver a la élite fue amargo e indigesto. A Acuña le podía el ansia de demostrar, quería hacer mucho en muy poco tiempo, y enseguida la relación entre jugador y afición se volvió frustrante. “Esperaban, sencillamente, que fuera un crack, que jugara muy bien y que metiera muchos goles, pero ya nada era igual tras el parón. Me faltaba ritmo”, reconoce. El cambio de entrenador (Oli, partidario de ir haciéndole entrar poco a poco en el equipo, fue cesado) tampoco jugó a su favor. Dos tantos, en el tramo final de temporada, fueron su bagaje tras 23 partidos y únicamente diez titularidades. 

Presentación con el Salamanca. La timidez es evidente.

La siguiente temporada tampoco fue buena. Tras un verano de dudas, Acuña salió en préstamo al Salamanca, también de Segunda, que esperaba poder repetir con él la buena experiencia que había tenido con la cesión de Carlos Vela el curso anterior. Empezó bien, con un gol en Copa ante el Elche, pero poco a poco fue perdiendo la confianza de Juan Ignacio Martínez, que se encomendó a hombres con mucha más experiencia, como Quique Martín, o con mucha más sintonía con el gol, como David Rodríguez. En total, poco más de 1.000 minutos con la camiseta charra y un único tanto en Liga, en el campo del Racing de Ferrol. Con 20 años, el progreso no llegaba. Y, mientras tanto, el Cádiz se despeñaba y volvía a perder la categoría. Se abría un futuro muy incierto para el paraguayo. “Me tocaba volver y jugar en Segunda B. Yo lo acepté, esperaba demostrar por fin lo que valía, pero después de jugar un cuarto de hora del primer partido de Liga en casa, dejé de contar”, explica. En poco tiempo, Acuña había pasado de promesa mundial a descartado en un equipo de tercera categoría. Tirar la toalla era una tentación muy golosa, pero su fe -la cristiana y la que tenía en sus propias posibilidades- se lo impidió. “En ningún momento se me pasó por la cabeza abandonar. Soy muy creyente y si Dios me trajo acá, a España, fue por algún motivo. Lo bueno tenía que llegar”, se repetía una y otra vez. Y así fue. No fue ninguna aparición divina, sino Julen Lopetegui el que le rescató de la melancolía gaditana. El entonces técnico del Castilla le había echado el ojo unos años antes y creía posible volver a enderezar su carrera. En el mercado de invierno, fichó por el club blanco.

Primeros partidos con el Castilla. El inicio del despegue.

“Tras tres temporadas casi sin jugar, intentando recuperar mi nivel, poder competir con asiduidad y encima en el filial del Madrid fue buenísimo. Sirvió para animarme y para pensar que todo había valido la pena”, recapitula. Seis tantos en media temporada pese a jugar en banda le garantizaron la continuidad en el Castilla y le dieron su mote de ‘Toro’. “Fue un compañero uruguayo, Gary Kagelmacher, el que me lo puso. Se hacía cruces de verme pelear y chocar sin miedo contra todo el mundo”, explica, entre risas. Esa garra y las buenas estadísticas le permitieron incluso llamar a las puertas del primer equipo. “De aquellos entrenamientos, siempre recordaré el trato amable y humilde que me dieron gente como Raúl y Guti. Me hacían sentir como uno más”, comenta. El último paso parecía dado cuando Manuel Pellegrini, obligado por las bajas, tiró del paraguayo para el desplazamiento a Gijón. Parecía que había llegado la hora de Acuña. “Estaba convencido de que iba a jugar. En el descanso, el míster me preguntó si me veía capacitado para salir y marcar un gol. Le dije que sí, que no tenía miedo. Me moría de ganas”, reconoce. Sin embargo, el destino fue cruel con él. Mientras calentaba, vio desde la banda como unos problemas musculares de Garay arruinaban su oportunidad. “Pellegrini ya había hecho dos cambios y se giró rápidamente hacia el banquillo. Al minuto, hizo entrar a Albiol. Yo me quedé con las ganas, recuerda.

Volvió hacia Madrid convencido de que tendría una nueva oportunidad más adelante, pero lo que le esperaba a la vuelta de la esquina era una prueba más exigente aún: la primera de sus lesiones de rodilla. En un entrenamiento, al intentar recuperar la posición después de poner un centro, la pierna se le quedó clavada mientras su cuerpo giraba. Una rotura de manual. Y una reacción de madurez. “Llegó en mi mejor momento, pero no quise lamentarme. Sólo pensaba en volver a jugar. Tardé más de siete meses, pero volví justo a tiempo para la pretemporada. Sin embargo, en el club me dijeron que querían seguir mi evolución en un equipo de Segunda, así que me cedieron al Recreativo de Huelva”, relata, sin querer dar demasiada importancia al hecho de haber perdido un tren valiosísimo.

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Presentación con el Recre, su tercer equipo en Segunda.

La campaña en el Nuevo Clombino prometía. Esta vez, el cambio de entrenador (Juan Carlos Ríos suplió a Pablo Alfaro tras ocho jornadas) benefició a Acuña, que empezó a ser titular indiscutible para el nuevo inquilino del banquillo.  La alegría duró lo que tardó en llegar finales de noviembre. En un duelo ante el Numancia, se quebró los ligamentos de la rodilla izquierda por culpa de una mala caída tras un salto. “Tampoco me alteré. Las lesiones se acaban curando. Tardarán más o menos, pero te curas. Así que me cargué de nuevo de optimismo y me puse a trabajar para intentar recuperarme y volver a jugar aquella misma temporada. Algunos de mis compañeros alucinaban con mi actitud positiva”, repasa. Dicho y hecho. El punta llegó a tiempo para recuperar la ficha federativa en mayo, pero no pudo disputar ni un solo minuto más con la camiseta onubense.  Tocaba poner rumbo de nuevo a Madrid, aunque fuera para volver a aguardar destino en forma de otra cesión. Y esta vez había que mirar hacia el Norte, donde le esperaba una nueva prueba de fortaleza.

“Llevaba dos días con mi nuevo equipo, el Girona. Eran días de doble sesión de trabajo y, en la cuarta me lesioné yo solo, intentando girar con el balón. Me rodearon e intentaron ayudarme, pero les dije que no me tocaran, que sabía exactamente lo que me había pasado. Me había roto el ligamento. No necesitaba ningún diagnóstico”, describe. La rodilla derecha, la que se había lastimado con el Castilla, había vuelto a quebrarse. La operación a la que se había sometido dos años antes quedaba bajo sospecha. “Da mucho que pensar. Me pusieron el ligamento de un difunto y mi cuerpo lo rechazó. Es curioso, porque a Pepe, que se rompió casi al mismo tiempo que yo, no le hicieron lo mismo. Y en Girona me trataron genial. Siguieron otro método, utilizando mis propios tejidos, y la cosa salió muchísimo mejor”, comenta. Pese al éxito de la intervención, en el entorno del club no fueron pocas las voces que dudaban -por el historial médico del jugador- de la capacidad del paraguayo para aportar algo en una campaña que enseguida se puso complicada. “Yo nunca tuve dudas. Pero ver llorar a mi madre fue duro; aunque a la vez me daba más fuerza, más ganas de recuperarme. Mi familia me sacó de este mal trago”, asegura. Y el esfuerzo valió la pena. Acuña volvió a jugar en enero y puso su grano de arena en el increíble rush final que salvó al equipo del descenso.

Este verano, sus 24 años le convertían en un elemento sospechoso en el filial blanco. Se le había pasado el arroz, así que en el Bernabéu le entregaron la carta de libertad. El Girona volvió a apostar por él, esta vez en propiedad. Y la jugada ha sido todo un acierto. Tras la marcha de Coro, Acuña ha asumido plenamente las funciones de delantero de referencia y ha pagado con 13 goles, algunos de ellos en los que hace honor a su apodo. Las malas experiencias, las cicatrices, han convertido al ‘Toro‘ en un animal más fuerte y con más garra que nunca. Pase lo que pase en los dos últimos meses de competición, el paraguayo y sus compinches (los ‘Terroristas Rojos’, como se autodenominan en el vestuario) ya han hecho historia. El delantero sólo espera poder dedicar más goles a su familia -los nombres de la cual lleva tatuados por todo el cuerpo- y seguir cumpliendo con su otro lema, que también lleva grabado a tinta sobre la piel: ‘Vive la vida que amas y ama la vida que vives’. Aunque, visto lo visto, bien podría ser otro clásico, lo que no te mata te hace más fuerte. 24 años, a veces, dan para mucho.

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comentarios
  1. Trivi dice:

    Piel de gallina pone esta entrada.

    Felicidades.

    Salud.

  2. Jordi dice:

    La historia de un luchador nato contada de forma clara, directa y brillante. Felicidades por el artículo y por el blog. ¡Geniales ambos!

  3. yoni dice:

    Muy buena entrada. Una pena que no te hayas prodigado tanto esta temporada, porque había jugadores interesantes. Así a botepronto: Chuli, Alexander Szymanowski, alguno del Mirandés, Kepa Blanco…….

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