El ambiente en el Ramón de Carranza era infernal. El Lugo lo había pasado mal, muy mal, y el equipo local, el Cádiz, había conseguido igualar una eliminatoria que parecía tener muy cuesta arriba tras el 3-1 de la ida. Se venía el drama por excelencia en el fútbol, los penaltis, tras una prórroga en que los lucenses desaprovecharon un par de buenas ocasiones para sentenciar definitivamente el duelo en el último peldaño antes de la gloria de plata. El ascenso estaba en juego.

Si alguna vez han tenido que lanzar un penalti, aunque sea en el desempate de un torneo de barrio, saben el cosquilleo que se siente en la barriga mientras el míster va eligiendo los lanzadores. El desasosiego al visualizar mentalmente hacia dónde quieres lanzar y la posible reacción del portero. ¿Saben a lo que me refiero? Bien, pues a eso añádanle el griterío ensordecedor de 15.000 personas que desean con toda su alma que falles para que sea su equipo, y no el tuyo, el que consiga la gloria.

En esas circunstancias es cuando se agradecen los jugadores valientes, los que mantienen la cabeza fría. Y José Manuel Rodríguez Morgade, Manu (Wetzikon, Suiza, 22-06-1984) es uno de ellos. El defensa aceptó su responsabilidad de lanzador habitual y se pidió el último lugar de la tanda. Aquel que, muchas veces, acaba marcando el destino de su ejecutor. “Muchos de nosotros legamos a pensar que nos quedábamos fuera, hubo un momento del partido en el que el Cádiz nos tuvo contra las cuerdas. Pero cuando llegamos a la tanda, no pensé en nada en concreto. Simplemente, pedí lanzar el último. Es una cuestión de confianza”, asegura, con naturalidad, como quien habla de algo tan simple y cotidiano como descorchar una botella o atarse los zapatos.

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“Ni siquiera recuerdo cuándo me regalaron mi primer balón. En casa siempre había uno. Es más, estoy convencido de que en la panza de mi madre ya jugaba al fútbol”. Así, medio en broma, medio en serio, relata el punta del Córdoba Charles Días Barbosa de Oliveira (Belem, Brasil, 04-04-1984), más conocido como Charles Brau, su primer contacto con el deporte que ha marcado su vida. La herencia futbolística, esa especia de lotería caprichosa que ha ninguneado a apellidos ilustres -recuerden al hijo italiano diestro de Maradona, por ejemplo- en su caso resultó infalible Y era normal. Había comprado todas las papeletas. “Mi abuelo por parte de madre fue futbolista en el Paysandu, uno de los clubs más célebres de mi región. Mi tío llegó a jugar en el Fluminense. Y mi padre también fue jugador profesional, así que en casa no se habla de otra cosa”, explica, risueño, este delantero nómada, que ha pasado más de media vida a miles de kilómetros del lugar donde nació. Y que también ha llegado a formar tridente delantero con dos de sus primos, una combinación extremadamente rara en el fútbol profesional.

“En realidad soy una mezcla. Tengo un poco de todo. Soy brasileño, pero también me siento portugués, porque he vivido mucho tiempo allí, y español”, resume. Y no le falta razón. La familia de Charles se mudó a Portugal cuando el chico sólo tenía cuatro años para seguir la carrera profesional del padre, un extremo rápido y habilidoso llamado Careca que militó, entre otros, en el Paços de Ferreira. Allí estuvieron siete temporadas. Después regresaron a Brasil cuando Charles contaba 11 años y ya pateaba balones con el mismo empeño que, con el tiempo, le ha llevado a ser un goleador habitual de nuestro fútbol. “Mi estilo es europeo, he tenido muchos compañeros e incluso algún entrenador, como Lucas Alcaraz, que me han dicho que debo ser el único brasileño con ganas de entrenar del mundo”, bromea. Su fútbol, de hecho, se asemeja poco al de sus compatriotas. Charles es un delantero brillante, sí, pero también extremadamente trabajador. Un auténtico incordio para los defensas, a los que no deja ni un segundo de presionar cuando tienen el balón.

El paso por su país fue corto pero intenso. Tuvo tiempo de pasar por las categorías inferiores del Santos, donde coincidió con Robinho. “Nunca pensé que pudiera triunfar. Era muy bueno, pero también muy enclenque. Le faltaba mucho cuerpo, el trabajo físico que han hecho con él es increíble”, admite. Después, militó en el Tuna Lusa, otro equip de renombre de fútbol base, donde no tardó en llamar la atención de unos representantes que buscaban jugadores… para llevarlos a Portugal. Así que, sólo seis años después, emprendió el camino de regreso al lugar donde se había criado. Esta vez, para convertirse en hombre.

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Se ha pasado toda su vida cazando goles en los campos de Segunda B y Tercera. Pero, de pronto, la vida le ha ofrecido una jugosa oportunidad. Aníbal Zurdo (Villahermosa, Tabasco, 03-12-1982), en su año de debut en Segunda con el Guadalajara, ha sido una de las revelaciones del  campeonato. Ha conseguido ocho tantos y ahora, con casi 30 años, su buena campaña le ha puesto en la órbita de la selección… mexicana. Sí, sí, no hay ningún error: mexicana. Porque este delantero rubio, alto, delgado y de acento castizo nació en el Estado de Tabasco, México,  fruto de la casualidad. Dicen que el Tri anda tras sus pasos, y él está encantado. No lo descarten formando dupla algún día con el Chicharito Hernández.

Sus padres ni siquiera habían pensado en emigrar. Es cierto que la situación española de principios de los ochenta no era para tirar cohetes, pero aquel viaje, en principio, se trataba de una simple visita familiar, el reencuentro entre dos hermanos separados por el océano Atlántico. Sin embargo,  cuando los padres de Aníbal Zurdo comprobaron que en México había trabajo y podían alcanzar un buen nivel de vida, no lo dudaron. Y lo que en principio era un viaje de verano acabó alargándose cuatro años. “Mis padres fueron a visitar a mi tío, el hermano de mi madre, que había emigrado hacía años y al cual las cosas le habían ido bien. Tenía una fábrica. Y cuando vieron que allí podían estar mejor, decidieron quedarse. Así de fácil. Al poco tiempo, nací yo”, explica, casi de carrerilla. Se nota que ha tenido que contar la historia unas cuantas veces en estos últimos meses. La prensa mexicana, desde que descubrió sus orígenes, no ha dejado de difundir la historia de este delantero robusto, poderoso en el juego aéreo y con más habilidad de la que aparenta su figura, un tanto desgarbada. Y que ahora deshoja la margarita del destino con la tranquilidad de haberse ganado un buen contrato tras una carrera llena de esfuerzo.

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Su estilo es elegante, tiene algo de aristocrático. Conduce el balón con pequeños saltitos, como si flotara. O como si el césped, en realidad, fueran brasas ardiendo. El caso es que Manu Lanzarote (Barcelona, 20-01-1984) se deshace de sus rivales con aparente facilidad, desbordando desde el extremo sin ser excesivamente rápido, potente o corpulento. Simplemente es hábil. Y listo. En Sabadell se relamieron tras verlo en acción en las primeras jornadas de su temporada de regreso a Segunda: acababan de encontrar una joya en aquella pierna izquierda de precisión milimétrica, oro puro en un jugador que escapó del agujero de la Segunda B del que parecía que no iba a salir nunca, tras tres playoffs consecutivos sin conseguir el premio del ascenso.

Pero, ciertamente, la proeza no era nada nuevo. Mucho antes, Lanza había conseguido escapar de otro pozo, mucho más profundo y peligroso.

Por muy lejos que vivan de Barcelona, seguro que han oído hablar alguna vez del barrio de La Mina. Incluso puede que lo hayan visto. Los más jóvenes, a través de algun reportaje tan de moda en televisión en estos últimos tiempos, en que los reporteros, cámara en mano, recorren lugares marginales a la caza de la exposición de la miseria. Otros, más veteranos, lo podrán recordar como escenario de las correrías de El Torete y sus compinches en la ola de cine quinqui que sacudió España a finales de los setenta y principios de los ochenta. Perros callejeros. Delincuencia y droga. En ambos casos, en dosis generosas. Dentro y fuera de las pantallas.

“Vivíamos justo en el centro del barrio. Al lado del campo de fútbol y del ambulatorio. En casa éramos ocho personas embutidas en un pisito de 60 metros cuadrados, con tres habitaciones y un lavabo”, explica, con la mirada serena, el verbo tranquilo y unas maneras tremendamente educadas, mientras habla de una infacia en un entorno tan difícil. “Me pasaba el día jugando en la calle y vi absolutamente de todo. Lo más normal era ver coches pasando a 200 por hora. También había mucho toxicómano que venía a comprar al barrio. Gente que entraba al ambulatorio sangrando por culpa de un balazo o un navajazo. Y un par de veces me encontré con un montón de policía rodeando el edificio, apuntando con sus armas mientras otros agentes realizaban una redada”, recuerda. Su secreto para sobrevivir inmune a todo aquello tenía forma esférica. “Me evadía gracias a la pelota. Aquello me salvó”, remata.

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El mundo del fútbol es tremendamente adictivo. No hay nada como la tensión, el dolor, la gloria o el sufrimiento que pueden llegar a proporcionar 90 minutos. El saber que, pase lo que pase, siempre habrá un siguiente partido con el que intentar cambiar -o mantener- la racha. La liturgia de pasar página y empezar a pensar, recién duchado, en el duelo que está por llegar. Ese cosquilleo competitivo que no acaba nunca.

Bueno, en realidad sí que acaba. Por eso es tan difícil dejarlo. El jugador de fútbol, acostumbrado a vivir durante casi veinte años bajo los mismos parámetros, siente pánico, vértigo, a perder la rutina que ha regido su existencia. Así, muchos emprenden lo que se podría definir como el camino del homo futbolisticus: traspasan la línea de banda, se embuten en un chándal -o en un traje, eso va a gustos- y emprenden una carrera como entrenadores. Todo con tal de no perder el contacto con el único mundo profesional que han conocido. Tras esa etapa existe, finalmente, una tercera evolución: el salto a los despachos. El puesto de secretario técnico, director deportivo, director general o, incluso, presidente, se convierte en un confortable refugio cuando el cuerpo y la mente se cansan de una vida que engancha, sí, pero que también quema. Franz Beckenbauer sería el paradigma de esta mutación, del viaje del césped a la poltrona.

Hay también ejemplos de jugadores que se saltaron el paso intermedio. Como Antoni Pinilla, que tardó dos días en pasar de ser el capitán del Nàstic a convertirse en su director general. O Fernando Sanz, que un buen día dejó de ser un miembro más del vestuario del Málaga para ser su presidente. Pero la trayectoria realmente excepcional es la de un hombre que alteró el orden natural y dio un paso atrás. Que dejó la tranquilidad del despacho, tras haber ejercido cargos de responsabilidad en el Liverpool y el Espanyol, para exponerse al fuego contínuo de los banquillos. Y que dirige a su noveno -sí, han leído bien, noveno- club de Segunda. Ese hombre es Paco Herrera (Barcelona, 02-12-1953), un técnico que, tras años y años de perseguirlo, acaricia el sueño del ascenso con el Celta en su segunda campaña en Vigo.

“Yo soy más de campo. En el despacho, el trabajo importante se hace en agosto y luego tienes las manos atadas. En cambio, como entrenador, aunque vayan mal las cosas, siempre tienes un domingo más para intentar arreglarlas. Necesito el contacto directo con los jugadores: pelearme con ellos, abrazarlos, ver cómo progresan… es realmente lo que me llena”, explica, por teléfono, después de haber interrumpido la conversación para hacerse una foto con unos aficionados. En su caso, su apariencia de koala afable no engaña. Pocas veces tiene un mal gesto o una respuesta desagradable.

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Verlo era un espectáculo. Jugar contra él, una tortura. Los chavales que visitábamos el anexo de césped artificial del Miniestadi acabábamos hartos de aquel media punta canijo que, en la misma jugada, era capaz de romper a tres contrarios con un recorte, hacer un túnel y encontrar el pase preciso que rompiera la defensa. “Ojito con Mario. Es el bueno. Si la coge y piensa, estamos muertos”, decían los entrenadores en las charlas previas. Y es que Mario Alberto Rosas (Málaga, 22-05-1980) estaba considerado el mejor jugador de un grupo de chicos que estaban llamados a acabar en Primera.  El ejemplo más claro es su gran amigo Xavi Hernández, que, como el buen vino, no ha dejado de mejorar para acabar convirtiéndose en el cerebro del mejor equipo del planeta. Pero había muchos más: Gerard López, Antonio Hidalgo, Jofre Mateu, Gabri… entre todos ellos, el andaluz sobresalía, brillaba con luz propia. Sin embargo, mientras todos despegaban, la estrella de Mario se trasladó al firmamento menor de la Segunda División. En su currículum, de hecho, solo constan siete partidos en la máxima categoría. Y ahora, tras un periplo de seis meses en Azerbaiyán, ha vuelto para ayudar al Huesca en su camino a la salvación. ¿Qué sucedió para que no cumpliera las altas expectativas? Sencillamente, que no encontró su sitio. Demasiado creativo para algunos, demasiado poco sacrificado para otros, Mario no terminó de encajar en la rigidez de los esquemas tácticos. Diluído entre la apatía y la incomprensión, acabó regalando su talento a una Liga donde el mono de trabajo luce más que el esmoquin.

“Es una alegría que te recuerden como el mejor de todos aquellos jugadores. Bueno, y también una cierta decepción, no hay que esconderlo”; explica. “Jofre era una auténtica pasada, rapidísimo, listo. Y Xavi, sencillamente, ya era perfecto por aquel entonces. Lo que pasa es que como yo jugaba un poco por delante, metía más goles y quizá se me veía más”, recuerda. Esa misma vistosidad fue la que hizo que Louis Van Gaal escuchara la multitud de voces que le susurraban al oído que en el filial había un diamante en bruto, una joya. Finalmente, le dio la alternativa en el Camp Nou en el último partido de la temporada 97-98, junto con Jofre, ante el Salamanca. El primer paso estaba dado. Parecía que su carrera sería imparable. Al cabo de un par de meses, estaba en la lista de la pretemporada con el primer equipo. Y la cosa pintaba bien. “Jugamos un amistoso en Alicante contra Boca Júniors. Estaba en el once con los teóricos titulares, los que tenían que jugar al cabo de unos días la Supercopa contra el Valencia. Pero en el entrenamiento de recuperación posterior, me lesioné para un mes y medio”, lamenta. Aquí se truncó su suerte. Al volver, sencillamente, el técnico holandés era incapaz de encontrarle un hueco en el equipo. Pasaron los meses y Mario entendió que lo tenía muy difícil para triunfar en el Camp Nou el día que Van Gaal le citó en su despacho. Lideraba el filial, era el amo del Mini, pero su oportunidad no llegaba. “Le pedí directamente más minutos. Y entonces me contestó: ‘Sí, te los mereces. Pero ¿A quién quito? ¿A Figo, a Rivaldo o a Kluivert?’. Aquellos tres eran los mejores del mundo. Así que lo tenía crudo”, relata. El desánimo, verse a las puertas del cielo pero sin poder pasar del umbral, pudo más que las ganas de triunfar. Y Mario empezó a marchitarse. “Mi gran error fue desmotivarme. Pasar de viajar con los grandes en la Champions a ir al campo del Gandía no era fácil. Llegó un punto en el que prefería no jugar”, confiesa. Y así, con 20 años y una sola aparición con el primer equipo, decidió abandonar la disciplina azulgrana para buscarse la vida por sí mismo. Ya no volvería.

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Cuando los aficionados del desaparecido Ciudad de Murcia leyeron, en el verano de 2005, que su equipo había fichado a un delantero sueco, procedente del Udinese, muy pocos podían imaginar qué clase de jugador acababa de aterrizar en nuestro fútbol. Llegaba, para quedarse, un futbolista atípico, dentro y fuera del campo. Un auténtico personaje con multitud de aspectos que lo hacen interesante, diferente. Y es que Henok Goitom (Solna, Suecia, 22-11-1984) es un jugador imposible de catalogar: es sueco, sí, pero su piel oscura revela unas raíces eritreas de las que se siente muy orgulloso. Es delantero, pero en las dos últimas temporadas tan sólo firmó un gol por curso. Es presidente de un club de fútbol amateur formado por inmigrantes en Husby, el barrio donde creció. Es un hombre de negocios. Y, además, es una auténtica celebridad en Twitter: más de 22.000 personas siguen las aventuras de un hombre sin pelos en la lengua… ni en el teclado. Divertido, valiente. Querido casi tanto como odiado. “Estoy cumpliendo el sueño de mi vida, por eso nada me puede afectar”, resume. Y así es. Sus tweets son de todo menos aburridos. Alejados de lo que los futbolistas comunes publican de manera rutinaria. “Muchos no explican cosas porque tienen miedo de los periodistas. Pero tú no puedes estar pendiente de lo que diga la gente sobre ti. Deberías estar contento de ser futbolista y tener dinero suficiente como para no tener que trabajar más. A mí no me importa que los periodistas copien o juzguen mis tweets. Primero, porque no leo ni el Marca ni el As. Y segundo, porque se trata de mi vida. Y yo soy muy feliz con ella”, apunta. Así, sus followers pueden estar al caso de sus partidas al Football Manager, de sus opiniones políticas o, incluso, de si un compañero se ha tirado un pedo en el autocar del equipo.

Pero no se dejen eclipsar por el personaje. Tras él se esconde un futbolista que ha trabajado duro para llegar a asentarse en el fútbol profesional. Que superó una infancia en un entorno complicado gracias a pachangas interminables con los amigos y que luego, tras una mala experiencia en Italia en la que estuvo a punto de arrojar la toallla, encontró refugio al calor del sol murciano. Sus goles son escasos, pero la mayoría van directos a la videoteca . Esta es la historia de, probablemente, el jugador más especial de toda la Segunda División.

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La escena, en el vestusto Olímpic Lluís Companys, olía a drama. Años antes de que la crisis golpeara con fuerza a millones de hogares, se estaba a punto de fraguar una situación que, desgraciadamente, a muchos les sonará e, incluso, les habrá tocado de cerca. La historia de alguien que se compra una casa nueva, hipotecándose hasta las cejas, y que contempla como está a punto de perder buena parte de sus ingresos. El vértigo. La perspectiva de una deuda impagable. La ruina. Sin embargo, allí estaba él, Ferran Corominas (Banyoles, Girona, 05-01-1983), un chico apenas imberbe, con cara de pillo, para cambiarlo todo en el último suspiro con dos toques mágicos. Para garantizar la supervivencia económica del club de su vida, el Espanyol. Para convertirse, por siempre jamás, en el hombre de los goles salvadores.

Nadie sabe a ciencia cierta qué hubiera sido del Espanyol sin aquel gol, pero lo que es innegable es que elevó a Coro a la categoría de mito con apenas 23 años. Más de un lustro después, los aficionados aún hablan de aquel gol como el que hizo posible la mudanza a Cornellà-El Prat. Y buena prueba de ello es que Corominas es el único jugador de Segunda que cuenta con una biografía. Coro es la vidaescrita por el periodista Marc Raymundo, fue una de las sorpresas agradables del pasado Sant Jordi, la fiesta del libro y la rosa en Catalunya. Es el retrato de un delantero que, a los 29 años, lucha de nuevo por una salvación; en este caso, la del Girona, el club en el que se refugió cuando, de pronto, pasó a ser un extraño en su propia casa. Mediático, pero trabajador, Coro no es un jugador cualquiera. Es un debutante ilustre en una categoría que, sin embargo, no entiende de pasado. “Cuando me llamó Marc para proponerme escribir el libro, hace casi un año y medio, no me lo creía. ‘¡Pero si me queda mucho fútbol, no me quieras retirar todavía, hombre!’, le dije. Pero mira, me convenció y al final ha salido un libro del que estoy muy orgulloso”, reconoce. En él, se relata una historia que siempre, casi desde la primera pelota que tocó  con la camiseta del primer equipo blanquiazul, estuvo ligada a los goles decisivos.

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“Soy el mejor tirador de cañas de España”, presume, dicharachero, después de un buen rato de conversación en el que se ha ido rompiendo el hielo poco a poco. Y su afirmación parece creíble. Se ha pasado horas y horas detrás de la barra, sirviendo, entreteniendo al personal con su charla alegre, sacando adelante un negocio tan esclavo como el de una cervecería. Un sacrificio enorme que no se diferenciaría mucho del de otros miles propietarios, a no ser de un pequeño gran detalle: el barman no es un tipo cualquiera. Es Fernando Maestro (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, 15-04-1974), el jugador más veterano de Segunda. Un tipo con más de 500 partidos a sus espaldas. Un portero que ha vivido en primera persona los cambios que ha experimentado el fútbol más modesto, menos agradecido, en las dos últimas décadas. Que se calzó unos guantes por primera vez el mismo año en que España goleó a Malta con aquel mítico 12-1, o que se produjo la expropiación de Rumasa. Que, además de empresario, es historia viva en el Alcoyano. Y que tiene cuerda para rato.

“Empecé a jugar en el Sant Cugat, con nueve años, y ya me metí de portero. Y se me dio bien, porque enseguida vino a buscarme el Espanyol”, rememora. En la cantera blanquiazul destacó de tal manera que llegó incluso a vestir la camiseta de la selección española en categorías inferiores, coincidiendo con jugadores de la talla de Julen Guerrero, Ángel Morales, Javier De Pedro o Xavi Roca, todos ellos retirados hace tiempo. Sin embargo, su destino acabaría apuntando a la Segunda B, con dos grandes destellos en plata: con el Terrassa, hace una década, y, ahora, en El Collao. Maestro es el último superviviente de una época de campos de poco césped y mucha tierra. De equipaciones de gusto dudoso y de un fútbol tan duro como un balón Mikasa. “Tenías que vivir el día a día, sin más. No te hacían contratos largos. El secreto era el sacrificio, intentar evitar al máximo las lesiones y morderte mucho la lengua”, confiesa. Una fórmula que le ha ido de maravilla.

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Hace tiempo que la faena escasea. En la fábrica, cada vez hay más horas muertas, más charlas inquietas con los compañeros. Muchos rumores en la pausa del bocadillo, esa que antes no te podías casi ni permitir y que ahora es una amenaza, un recordatorio  de lo que puede llegar a doler el tiempo sin nada en que emplearlo. Sin un trabajo.

Pasan los días, la situación empeora. Ya no hay rumores, sólo certezas. Las únicas incógnitas que quedan por despejar son cómo, cuándo… y, sobre todo, quién. Entonces, llega la llamada al despacho del encargado; las miradas esquivas de los compañeros. El silencio que se hace a tu paso. La carta de despido que te espera, paciente, encima de la mesa. El adiós.

La escena, por desgracia demasiado frecuente estos días, supone sin embargo el punto de partida a una historia para el optimismo: la de Urko Vera (Barkaldo, 14-05-1987), delantero del Hércules de Alicante. En dos años, ha pasado de jugar en perder su principal sustento, el empleo en una empresa de fabricación de piezas de poliuretano, a ser una de las sensaciones de Segunda División. Todo ello, tras haber debutado con el equipo de su vida, el Athletic Club. Y no sin antes haber ejercido de jugador-utillero en el Lemona. Casi nada.

“¡Joder, pues claro que me ha cambiado la vida!”, reconoce, sincero, este chicarrón de casi metro noventa, delantero rematador, puro fútbol vasco de los de antes. “Lo mejor es que nadie me ha regalado nada. Es lo que más me reconforta”, apunta. Su testarudez le ha llegado a sortear infinidad de obstáculos y ahora, en el tramo final -y decisivo- de campeonato, sigue sumando goles (ocho, hasta la jornada 35) en la lucha de un equipo que trata de asegurar el playoff mientras mira, de reojo, la segunda plaza de ascenso directo. Sus celebraciones -un grito de rabia, salto con el puño alzado- evocan todo el sudor que ha invertido en el camino hacia el reconocimiento.

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