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ERE. Son las tres letras más temidas en cualquier empresa. Y, desgraciadamente, las que están más de moda. En todos los ámbitos, incluido un club de fútbol. La sombra del Expediente de Regulación de Empleo es la peor pesadilla para cualquier trabajador. Y un futbolista, al fin y al cabo, no deja de ser un empleado más, aunque miles, millones de personas disfruten y juzguen cada fin de semana su trabajo. Hace poco más de un año, Antonio Hidalgo (Canovelles, Barcelona, 08-02-1979) sufrió en sus carnes un ERE en Tenerife. Pasó seis meses en el paro, pero no se rindió: dribló a la retirada y ahora triunfa más cerca de su casa que nunca. Lo que parecía ser la puntilla a su carrera acabó siendo un billete de vuelta hacia sus orígenes. Ya luce, incluso, el brazalete de capitán de un Sabadell empeñado en convertirse en uno de los equipos potentes de la categoría. La lucha, a veces, tiene recompensa.

Aquella mañana, ya algo lejana, cuando entró en la oficina de empleo, todas las miradas se clavaron en él. Los más disimulados le observaban de reojo. Otros, sin reparos, se clavaban codazos y señalaban con la cabeza. Ahí estaba él, con más de 350 partidos entre Primera y Segunda, solicitando la prestación por desempleo, como el resto de desafortunados que habían concertado cita en esas oficinas que nadie quisiera tener que pisar nunca. La única persona que no parecía conocerle fue, curiosamente, la funcionaria que le atendió. “Cuando me preguntó a qué me dedicaba y le respondí que futbolista, se quedó un poco parada. Luego, muy seria, me dijo una frase que me impactó: ‘Me parece que van a tardar un poco en llamarte’”, explica.

Aquella anécdota era un paso más de un largo calvario que se había iniciado un par de meses antes, con el inesperado descenso del Tenerife a Segunda B. El club comenzó un proceso de renovación de la plantilla y Antonio, pese a ser un tipo con ascendencia dentro y fuera del vestuario, quedó señalado. “El director deportivo, Pedro Cordero, se portó fatal. Al principio me dijo que contaban conmigo, pero como tenía unas molestias en la planta del pie, empezaron a fichar jugadores en mi posición. Y, llegado casi el último día de mercado, me ofrecieron rescindir. Pero ya se había convertido en algo personal, un tema de dignidad”, expone, así que decidió quedarse en la isla hasta las últimas consecuencias.  Y éstas fueron, ni más ni menos, que un Expediente de Regulación de Empleo. (más…)

Verlo era un espectáculo. Jugar contra él, una tortura. Los chavales que visitábamos el anexo de césped artificial del Miniestadi acabábamos hartos de aquel media punta canijo que, en la misma jugada, era capaz de romper a tres contrarios con un recorte, hacer un túnel y encontrar el pase preciso que rompiera la defensa. “Ojito con Mario. Es el bueno. Si la coge y piensa, estamos muertos”, decían los entrenadores en las charlas previas. Y es que Mario Alberto Rosas (Málaga, 22-05-1980) estaba considerado el mejor jugador de un grupo de chicos que estaban llamados a acabar en Primera.  El ejemplo más claro es su gran amigo Xavi Hernández, que, como el buen vino, no ha dejado de mejorar para acabar convirtiéndose en el cerebro del mejor equipo del planeta. Pero había muchos más: Gerard López, Antonio Hidalgo, Jofre Mateu, Gabri… entre todos ellos, el andaluz sobresalía, brillaba con luz propia. Sin embargo, mientras todos despegaban, la estrella de Mario se trasladó al firmamento menor de la Segunda División. En su currículum, de hecho, solo constan siete partidos en la máxima categoría. Y ahora, tras un periplo de seis meses en Azerbaiyán, ha vuelto para ayudar al Huesca en su camino a la salvación. ¿Qué sucedió para que no cumpliera las altas expectativas? Sencillamente, que no encontró su sitio. Demasiado creativo para algunos, demasiado poco sacrificado para otros, Mario no terminó de encajar en la rigidez de los esquemas tácticos. Diluído entre la apatía y la incomprensión, acabó regalando su talento a una Liga donde el mono de trabajo luce más que el esmoquin.

“Es una alegría que te recuerden como el mejor de todos aquellos jugadores. Bueno, y también una cierta decepción, no hay que esconderlo”; explica. “Jofre era una auténtica pasada, rapidísimo, listo. Y Xavi, sencillamente, ya era perfecto por aquel entonces. Lo que pasa es que como yo jugaba un poco por delante, metía más goles y quizá se me veía más”, recuerda. Esa misma vistosidad fue la que hizo que Louis Van Gaal escuchara la multitud de voces que le susurraban al oído que en el filial había un diamante en bruto, una joya. Finalmente, le dio la alternativa en el Camp Nou en el último partido de la temporada 97-98, junto con Jofre, ante el Salamanca. El primer paso estaba dado. Parecía que su carrera sería imparable. Al cabo de un par de meses, estaba en la lista de la pretemporada con el primer equipo. Y la cosa pintaba bien. “Jugamos un amistoso en Alicante contra Boca Júniors. Estaba en el once con los teóricos titulares, los que tenían que jugar al cabo de unos días la Supercopa contra el Valencia. Pero en el entrenamiento de recuperación posterior, me lesioné para un mes y medio”, lamenta. Aquí se truncó su suerte. Al volver, sencillamente, el técnico holandés era incapaz de encontrarle un hueco en el equipo. Pasaron los meses y Mario entendió que lo tenía muy difícil para triunfar en el Camp Nou el día que Van Gaal le citó en su despacho. Lideraba el filial, era el amo del Mini, pero su oportunidad no llegaba. “Le pedí directamente más minutos. Y entonces me contestó: ‘Sí, te los mereces. Pero ¿A quién quito? ¿A Figo, a Rivaldo o a Kluivert?’. Aquellos tres eran los mejores del mundo. Así que lo tenía crudo”, relata. El desánimo, verse a las puertas del cielo pero sin poder pasar del umbral, pudo más que las ganas de triunfar. Y Mario empezó a marchitarse. “Mi gran error fue desmotivarme. Pasar de viajar con los grandes en la Champions a ir al campo del Gandía no era fácil. Llegó un punto en el que prefería no jugar”, confiesa. Y así, con 20 años y una sola aparición con el primer equipo, decidió abandonar la disciplina azulgrana para buscarse la vida por sí mismo. Ya no volvería.

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Todos tenemos, en nuestras mentes, un buen puñado de vidas paralelas. Preguntas que se repiten en nuestra cabeza, y que evocan a unos caminos que no tomamos, que no sabemos a dónde nos habrían llevado. ¿Qué hubiera sido de mí si hubiera aprobado aquel examen? ¿O si no hubiera dejado a aquella chica? ¿Qué hubiera pasado si en vez de elegir aquel trabajo hubiera aceptado la otra oferta? Es un ejercicio vacío, inútil, pero, sin embargo, prácticamente inevitable. Las vidas que no vivimos llaman a la puerta de nuestra consciencia para recordarnos aquello que pudimos ser y no fuimos. En el mundo del fútbol, uno de esos puntos de bifurcación son las lesiones. Un mal golpe, estar en el sitio inadecuado en el momento exacto, puede cambiarlo todo.

Si les pregunto por Sergio García y les digo que se trata de un jugador formado en la cantera del Barça a finales de los 90, muy probablemente me responderán hablando del actual jugador del Espanyol. Pero no. Antes, muy poco antes, hubo otro Sergio García en el filial azulgrana. Obviamente, es el de la foto. Un jugador que tuvo su momento de gloria en Segunda. Una estrella fugaz que vio como cambiaba su destino por culpa de la entrada certera de un central demasiado expeditivo.

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