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En verano de 2010, José Mari Romero (Sevilla, 10-12-1978) era un tipo melancólico. Se sentía cansado, muy cansado. Llevaba años sin disfrutar de su oficio de futbolista y había tomado una decisión que, a su edad -contaba entonces con 31 años- parecía, a todas luces, prematura: la retirada. Sin embargo, echando la vista atrás, no le faltaban los motivos. Llevaba en el fútbol profesional desde los 18, había alcanzado un nivel con el que otros jugadores sueñan durante toda su carrera y (lo más importante) sus últimas dos experiencias habían sido amargas, llenas de insultos, gritos, desprecio y un rendimiento ciertamente discreto. Ni siquiera en la Segunda División, en la que se había refugiado tras sufrir las iras de la afición del Betis, había podido sentirse a gusto. Lo único que le pedía el cuerpo era parar y reunirse, por fin, con su familia, después de media vida dando tumbos. Estaba decidido. La estrella se había acabado.

Pero una llamada telefónica lo cambió todo. Emilio Viqueira, entonces director deportivo del Xerez, le hizo una oferta casi a su medida. No hacía falta que viviera en Jerez, podía instalarse en Sevilla y recorrer el trayecto de una hora escasa en coche para acudir a los entrenamientos. El club, además, no le ponía ningún tipo de presión. Únicamente querían exprimir sus últimas gotas de talento. Y lo lograron. “Lo que me hizo Viqueira fue un auténtico regalo. La posibilidad de estar en mi casa y volver a disfrutar del fútbol fue algo inesperado. Cuando me lo planteó, no dudé ni un instante”, reconoce, relajado, con el sonido de sus hijos, que juguetean de fondo, como única distracción. Así, lo que pudo ser una retirada acabó convirtiéndose en uno de los fichajes más acertados del Xerez de las últimas temporadas. Dos años y una veintena larga de goles después, la zancada potente del delantero sevillano todavía recuerda a la de aquel chaval casi imberbe por el que media Liga perdió la cabeza hace ya una década y media. Y le queda cuerda para rato.

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Aquella madrugada, en el aeropuerto de Valencia, Louis Van Gaal no estaba de muy buen humor, valga la redundancia. El Barça acababa de perder el primer partido oficial de la temporada en Mestalla, la ida de la Supercopa, por un ajustado 1 a 0, y el técnico ya buscaba soluciones mientras esperaba la hora de embarcar. De repente, sus ojos pequeños y fríos se encontraron con los de uno de los chavales que habían acompañado al grupo en la pretemporada de Holanda y que había visto el partido desde la grada. Ese chico, un mocetón gallego de sólo 17 años apodado Nano (Fernando Maceda Da Silva Rodilla, A Coruña, 20-04-1982), le había causado una buena impresión en los tests de preparación. Y entonces, Van Gaal tuvo una idea que, para bien o para mal, cambiaría la vida del chico para siempre.

-Oye Nano, has visto el partido, ¿verdad? ¿Crees que lo podrías hacer mejor que Zenden?

El chaval tragó saliva, aguantó la mirada del técnico y asintió.

-Pues prepárate. Serás titular en el partido de vuelta-, zanjó el holandés.

Así fue como, en agosto de 1999, Nano se convirtió en el jugador más joven hasta entonces en debutar con la camiseta del Barcelona. Un hito que auguraba una carrera fulgurante, meteórica, pero que, sin embargo, no pasó de ser un fogonazo casi cegador. El punto de partida de una tortuosa relación con el fútbol profesional que anduvo cerca de acabar pronto y mal. Y de la que ahora, rozando la treintena, y tras una colección de sinsabores, disfruta de nuevo con la camiseta del Numancia. “Soy feliz. Casi he vivido todo lo malo del fútbol, pero ahora disfruto. He aprendido de todo lo que que me ha ido pasando”, explica.

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El fútbol cada vez va más rápido. Los grandes equipos miman como nunca a sus canteras, pero los plazos en las carreras de los jugadores se acortan al máximo, a la vez que su su margen de error es mínimo. Cualquier eventualidad, una desgracia o un cambio de entrenador pueden hacer que un chico destinado a triunfar acabe desechado, relegado al olvido. Los trenes hacia la gloria ya no transitan por un camino largo y tortuoso, como hace un par de décadas. Ahora son auténticos AVE a los que hay que agarrarse con fuerza para no caerse. Y, si eso pasa, hay que tener mucho coraje para aceptar con madurez que tu destino quizás no será tan brillante como el que algún día te habían pintado. Eso lo sabe muy bien Roberto Batres (Villaviciosa de Odón, Madrid, 08-01-1986). Después de unos años duros, en los que estuvo incluso meditando la idea de abandonar el fútbol, saborea con agradecimiento todos los minutos que le brida el Alcoyano. Ha pasado de ser la gran promesa de la cantera del Atlético de Madrid a pelear por un puesto en un equipo acabado de subir a Segunda. Y lo hace con una sonrisa en los labios.

Hace sólo cuatro años, las cosas no podían ir mejor para Batres. Jugaba en el club de su vida, en el que había ingresado siendo alevín, y había llegado al segundo equipo. Por su físico imponente (1’88), su zancada y su facilidad goleadora, los habituales del Cerro del Espino le habían bautizado como “El Nuevo Fernando Torres” y él iba camino de confirmar esa profecía: en un inicio de temporada espectacular, se erigió como el mejor goleador de todas las categorías rojiblancas, con nueve goles en 15 partidos. Incluso Javier Aguirre, entonces técnico colchonero, lo convocó para un partido del primer equipo en Moscú, correspondiente a la Copa de la UEFA. Batres no llegó a debutar, pero sentía que su sueño cada vez estaba más cerca. Hasta que llegó el fatídico 10 de diciembre. “Me lesioné en un partido en las Canarias, cuando estaba en el mejor momento de mi carrera. Me rompí el cruzado, y ya nada volvió a ser lo mismo. De estar prácticamente ahí… a tener que empezar de cero. Fue duro”, recuerda. La batalla por volver a los terrenos de juego fue muy costosa y larga, muy larga. Tuvo que pasar dos veces por el quirófano, pero tras un año y medio en blanco, pudo volver a vestirse de corto. Era el verano de 2009. Ya contaba con 23 años, y pese a la proyección que prometía antes de la lesión, en el Atlético B le comunicaron que su ciclo en el filial ya se había acabado. Tenía que buscarse la vida cedido fuera.

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