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La vida está llena de decisiones. Cada día tomamos  cientos, quizá miles de ellas. La mayoria son intrascendentes, como elegir café o cortado; ponerte una camisa o un jersey; bocata de salchichón o de queso… nada que pueda alterar seriamente nuestro curso vital. Sin embargo, una vez cada cierto tiempo se nos plantean opciones que son realmente una encrucijada, una elección seria. De lo que hagamos dependerá buena parte de nuestro futuro. Para bien o para mal. Y lo peor del caso es que esas grandes decisiones no tienen vuelta atrás. Todo, definitivamente, sería mucho más fácil con la función ‘Control+Z’, pero la vida no es un programa informático, ni siquiera uno de aquellos libritos de ‘Elige tu propia aventura’ con los que crecimos muchos chavales en los ochenta. Una vez se toma un camino, no queda más remedio que seguirlo, aunque intuyas desde los primeros pasos que te acabas de adentrar en una senda peligrosa.

Seguro que Iban Zubiaurre (Mendaro, 22-01-1983), hubiera agradecido la existencia de ese famoso comando. Debe de  haber revisado mentalmente más de mil veces aquel momento ya lejano, en el verano de 2005, en el que, siguiendo los consejos de su representante, dio por finalizada su relación contractual con la Real Sociedad y se presentó en la sede del eterno rival, el Athletic Club, como nuevo jugador rojiblanco. Él no lo sabía, pero acababa de empezar un trayecto infernal que le llevaría al ostracismo, los juzgados, las lesiones, enfermedades extrañas… y la caída en desgracia. Su carrera, lejos de iniciar el despegue definitivo, había entrado en una cuesta abajo que parecía imparable. Hasta que esta temporada, siete años más tarde, ha reencontrado la paz en el anonimato de la Segunda B, en las filas del Salamanca, tras un par de cesiones infructuosas en la categoría de plata. Esta es su historia.

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Había estado en muchas ruedas de prensa, no era ningún niño. Pero cuando Jaime Jiménez (Valdepeñas, Ciudad Real, 10-12-1980) escuchó la primer pregunta, se le congeló la sonrisa. Lo que se suponía un trámite amable, su presentación como jugador del Real Valladolid, se convirtió en una auténtica prueba de fuego para el portero. Las heridas de la primera ronda del playoff de ascenso a Primera entre el Elche y el Valladolid, apenas un mes antes, todavía estaban muy abiertas. En el partido de vuelta, tras la remontada ilicitana (los castellanos habían ganado 1-0 en la ida y dominaban por 0-1 un encuentro que finalmente acabarían perdiendo 3-1), la afición pucelana se enervó con las lesiones de los jugadores de Pepe Bordalás en los minutos finales. Acciari, Xumetra y el propio Jaime cayeron al suelo, víctimas de supuestas rampas musculares, en medio de las protestas de los jugadores blanquivioletas, que interpretaban una flagrante pérdida de tiempo. La eliminación -y las tretas- habían quedado grabadas a fuego en mucha gente, que ni olvidaba ni perdonaba. Por eso, cuando se abrió el turno de preguntas en la sala, lo primero que se escuchó fue:

-Jaime, ¿Cómo estás de tu tirón? ¿Recuperado ya de tus problemas musculares?

El portero salió del entuerto como pudo. Pero todavía le quedaban dos dardos más:

-¿Ordenó Pepe Bordalás a sus jugadores que se tiraran al suelo para perder tiempo?

-¿Crees que en el mundo del fútbol todo vale?

Ni rastro de las típicas preguntas amables, las buenas intenciones que acostumbran a adornar este tipo de actos. Djukic, el nuevo entrenador vallisoletano, no entendía nada. Como tampoco lo hacía Dani Aquino, el otro fichaje que se ponía de largo ese caluroso día de julio. Pero si de algo va sobrado Jaime es de reflejos. Miró a los ojos a sus interlocutores, despejó de puños la hostilidad, se estiró para forzar las buenas palabras y puso la primera piedra para meterse a su nueva afición en el bolsillo lo más pronto posible. “Me quedé helado. No me lo esperaba. Había un fuerte sentimiento de resquemor hacia el Elche por lo que había pasado en el playoff. No pensaba que fuera a perdurar tanto. Sin embargo, no me preocupó en absoluto. Había llegado dispuesto a darlo todo por mi nuevo equipo”, relata, al recordar el episodio. Y si Jaime se propone algo, denlo por hecho: tarde o temprano lo consigue.

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