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La vida está llena de decisiones. Cada día tomamos  cientos, quizá miles de ellas. La mayoria son intrascendentes, como elegir café o cortado; ponerte una camisa o un jersey; bocata de salchichón o de queso… nada que pueda alterar seriamente nuestro curso vital. Sin embargo, una vez cada cierto tiempo se nos plantean opciones que son realmente una encrucijada, una elección seria. De lo que hagamos dependerá buena parte de nuestro futuro. Para bien o para mal. Y lo peor del caso es que esas grandes decisiones no tienen vuelta atrás. Todo, definitivamente, sería mucho más fácil con la función ‘Control+Z’, pero la vida no es un programa informático, ni siquiera uno de aquellos libritos de ‘Elige tu propia aventura’ con los que crecimos muchos chavales en los ochenta. Una vez se toma un camino, no queda más remedio que seguirlo, aunque intuyas desde los primeros pasos que te acabas de adentrar en una senda peligrosa.

Seguro que Iban Zubiaurre (Mendaro, 22-01-1983), hubiera agradecido la existencia de ese famoso comando. Debe de  haber revisado mentalmente más de mil veces aquel momento ya lejano, en el verano de 2005, en el que, siguiendo los consejos de su representante, dio por finalizada su relación contractual con la Real Sociedad y se presentó en la sede del eterno rival, el Athletic Club, como nuevo jugador rojiblanco. Él no lo sabía, pero acababa de empezar un trayecto infernal que le llevaría al ostracismo, los juzgados, las lesiones, enfermedades extrañas… y la caída en desgracia. Su carrera, lejos de iniciar el despegue definitivo, había entrado en una cuesta abajo que parecía imparable. Hasta que esta temporada, siete años más tarde, ha reencontrado la paz en el anonimato de la Segunda B, en las filas del Salamanca, tras un par de cesiones infructuosas en la categoría de plata. Esta es su historia.

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Todos los amantes del fútbol hemos tenido, en algún momento de nuestras vidas, más pronto que tarde, el mismo momento. Ese en el que, viendo un partido cualquiera, en casa o en el estadio, te quedas prendado de un futbolista. Te hipnotiza. Te enamora. Descubres al que será tu ídolo. Decides que quieres ser como él. O que, al menos, te gustaría ser como él. A Daniel Mallo Castro (Cambre, A Coruña, 25-01-1979), esa experiencia le cambió la vida para siempre. Porque el flechazo deportivo le convirtió en portero, esa rara avis que se dedica a evitar el propósito básico del fútbol: el gol. “Me encantaba Arconada. No sé por qué, porque ni siquiera era de la Real Sociedad, pero era mi jugador favorito. Un día, cuando tenía siete años, mi abuela me regaló su mítico jersey verde. Y entonces le planté un ‘1’ con esparadrapo y me convertí en el niño más feliz del mundo”, evoca.

Así, con un regalo, comenzó la historia de un portero que ha necesitado grandes dosis de paciencia para superar todo tipo de adversidades. Y que, si no hubiera sido por la pasión que siente por su oficio, seguramente ya hubiera tirado la toalla hace tiempo. Ninguneado por el equipo de su vida, el Deportivo, exiliado en Portugal primero y en Escocia después, la madurez le ha llegado asentado plenamente en el Girona, donde por primera vez en cuatro temporadas parte como titular tras ser siempre la segunda opción. El brazalete de capitán que luce cada semana es un símbolo del respeto que compañeros y aficionados  profesan a este hombre que, como su ídolo, es un hombre tranquilo y discreto. Y que disfruta a los 33 años de todo lo que el fútbol le negó de joven, pese a que su trayectoria apuntaba a lo más alto.

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Había estado en muchas ruedas de prensa, no era ningún niño. Pero cuando Jaime Jiménez (Valdepeñas, Ciudad Real, 10-12-1980) escuchó la primer pregunta, se le congeló la sonrisa. Lo que se suponía un trámite amable, su presentación como jugador del Real Valladolid, se convirtió en una auténtica prueba de fuego para el portero. Las heridas de la primera ronda del playoff de ascenso a Primera entre el Elche y el Valladolid, apenas un mes antes, todavía estaban muy abiertas. En el partido de vuelta, tras la remontada ilicitana (los castellanos habían ganado 1-0 en la ida y dominaban por 0-1 un encuentro que finalmente acabarían perdiendo 3-1), la afición pucelana se enervó con las lesiones de los jugadores de Pepe Bordalás en los minutos finales. Acciari, Xumetra y el propio Jaime cayeron al suelo, víctimas de supuestas rampas musculares, en medio de las protestas de los jugadores blanquivioletas, que interpretaban una flagrante pérdida de tiempo. La eliminación -y las tretas- habían quedado grabadas a fuego en mucha gente, que ni olvidaba ni perdonaba. Por eso, cuando se abrió el turno de preguntas en la sala, lo primero que se escuchó fue:

-Jaime, ¿Cómo estás de tu tirón? ¿Recuperado ya de tus problemas musculares?

El portero salió del entuerto como pudo. Pero todavía le quedaban dos dardos más:

-¿Ordenó Pepe Bordalás a sus jugadores que se tiraran al suelo para perder tiempo?

-¿Crees que en el mundo del fútbol todo vale?

Ni rastro de las típicas preguntas amables, las buenas intenciones que acostumbran a adornar este tipo de actos. Djukic, el nuevo entrenador vallisoletano, no entendía nada. Como tampoco lo hacía Dani Aquino, el otro fichaje que se ponía de largo ese caluroso día de julio. Pero si de algo va sobrado Jaime es de reflejos. Miró a los ojos a sus interlocutores, despejó de puños la hostilidad, se estiró para forzar las buenas palabras y puso la primera piedra para meterse a su nueva afición en el bolsillo lo más pronto posible. “Me quedé helado. No me lo esperaba. Había un fuerte sentimiento de resquemor hacia el Elche por lo que había pasado en el playoff. No pensaba que fuera a perdurar tanto. Sin embargo, no me preocupó en absoluto. Había llegado dispuesto a darlo todo por mi nuevo equipo”, relata, al recordar el episodio. Y si Jaime se propone algo, denlo por hecho: tarde o temprano lo consigue.

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Si eres tatuador profesional, a la que llevas unos cuantos años -quizá incluso menos- en el negocio, ya crees haber visto de todo. Moteros que piden grandes dibujos de fuego y calaveras; Lolitas que quieren un delfín, una mariposa o un duende; jovencitos que buscan adornar su bíceps con un motivo tribal o unos carácteres chinos… lo normal, vamos, en estos tiempos modernos. Sin embargo, una tarde de 2002, en la lejana Dinamarca, uno de estos maestros de la tinta se quedó un poco parado cuando entró en su taller un chaval melenudo, de tan sólo 14 años pidiéndole un tatuaje para su pierna derecha. Eso no es del todo raro, pensarán, y con razón. Pero lo que ya no es tan habitual es que el chico vaya acompañado de su padre, y que, además, éste sea el ‘patrocinador’ de esta especie de rito iniciático. Tras el estupor inicial, el tatuador inicia el proceso habitual y propone diferentes opciones. Después de echarles un vistazo, padre e hijo están de acuerdo: eligen el apellido familiar para la ocasión. Y en letras bien grandes, que ocupen toda la zona del peroné. “Mi madre nos quería matar cuando llegamos a casa. Ella nos dijo que estaba de acuerdo con lo del tatuaje, pero siempre y cuando fuera una cosa pequeñita. Y cuando vio aquello se volvió loca”, repasa, entre risas y con un perfecto castellano, el protagonista de la historia, que no es otro que Nicki Bille Nielsen (Vigerslev, Dinamarca, 07-02-1988). Un delantero del Villarreal que, cedido en préstamo en el Elche, lucha por hacerse un hueco en la élite del fútbol a base de goles. Es un personaje diferente, magnético, de los que la afición toma enseguida como uno de los suyos. Un chico con cara de niño travieso, cuerpo fibrado de estibador de puerto, instinto depredador en el área  y carácter rebelde. Un cóctel explosivo que amenaza con estallar definitivamente esta temporada.

“No soy el típico danés, no tengo una mentalidad fría y tranquila. Yo tengo un carácter más propio de sangre caliente. Mis amigos, ya desde pequeño, bromeaban, me llamaban ‘Balcan’, porque decían que parezco más de los Balcanes que del Norte”, reflexiona. Y es precisamente su carácter inconformista y de tipo duro el que le ha permitido llegar a las puertas de la fama después de una carrera complicada, quizá demasiado, para un chaval que todavía no ha cumplido 24 años. Y es que la precocidad de Bille no fue solamente cosa de ponerse tatuajes: con 17 años ya estaba jugando en la Segunda División de su país, en el Frem, donde se hinchaba a marcar goles con facilidad. Y, con 18, decidió probar suerte en Italia, de la mano de la Reggina, donde tocó el cielo para luego bajar a los infiernos.

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El Córdoba juga fuera de casa. Los jugadores blanquiverdes salen a calentar. Encabezando el grupo, dos hombres imponentes, la pareja de centrales: Gaspar Gálvez y David Prieto, ambos corpulentos, que pasan del metro ochenta y cinco, unos auténticos armarios. Nada fuera de lo normal, sin embargo, tratándose de futbolistas. El público rival los ve pasar y, después, siguen uno por uno al resto de componentes del equipo. Es entonces cuando todos, sin excepción, posan sus ojos en uno en concreto. Uno muy menudo, al que el chándal del equipo le queda irremediablemente grande. Desde las primeras filas de la grada, alguien hace un comentario que pretende ser gracioso: “¡Oye, que se les ha colado un infantil en el equipo!”. Sonrisas y miradas cómplices se extienden entre el público. Pero rápidamente se transforman en caras de admiración cuando ese mismo jugador recorre medio campo haciendo toques con el exterior del talón sin que la pelota toque el suelo. Y sin el más mínimo esfuerzo. El pequeñajo se acaba de ganar el respeto de los que no le conocían.

El protagonista de esta escena es Juan Quero (Madrid, 17-10-1984), el futbolista más bajito de la Segunda División. Puro talento concentrado en un cuerpo de 157 centímetros, un jugador que ha sabido sacar el máximo partido a un físico al que mucha gente consideraba no apto para el fútbol profesional. Como, por ejemplo, los técnicos del Real Madrid, que decidieron prescindir de él cuando tenía que dar el salto al equipo cadete. “Era una época en la que el Madrid buscaba jugadores grandes para su proyecto de cantera. Y claro, yo no encajaba”, relata; “Sin embargo, se portaron muy bien conmigo. Mientras que a otros compañeros simplemente les anunciaron que no iban a seguir, en mi caso fue distinto. Vicente Del Bosque –entonces coordinador del fútbol base blanco- se reunió con mi madre y le explicó que, por una cuestión simplemente de físico, no iba a tener minutos y que era mejor que me fuera a otro equipo”. Entonces, en plena adolescencia, tuvo claro que si quería llegar a ser jugador profesional debería superar un importante handicap: su poca estatura. Y así fue. Con 27 años recién cumplidos, disfruta de su quinta campaña entre Primera y Segunda.

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Existe un tópico, bastante arraigado en la mente de los espectadores, que afirma que en la Segunda División no hay jugadores de calidad. Que se trata de una Liga donde todo es el cuchillo en la boca, la patada a seguir, el jugador tosco pero disciplinado, la grisura. Pero futbolistas como Alejandro Castro ‘Jandro‘ (Mieres, Asturias, 27 de mayo de 1979) se empeñan  en romperlo domingo a domingo. Después de una carrera azarosa, en la que pasó de promesa a proscrito, el mediapunta disfruta y hace disfrutar en Girona de una madurez futbolística capaz de satisfacer al aficionado más exigente.

Jandro fue un talento precoz. A los 18 años, siendo juvenil, ya había debutado con el filial del Valencia y se entrenaba con el primer equipo, en una época en la que no había tanta prisa por promocionar jóvenes talentos como ahora. Era la gran esperanza de la cantera ché, internacional en categorías inferiores, una futura estrella. Incluso videojuegos como PCFútbol le otorgaban, en Segunda B, más puntuación media que a muchos jugadores de Primera. Sin embargo, nunca llegó a triunfar en Mestalla. “Me tocó la época buena del Valencia, cuando había mucho dinero, y en mi posición siempre jugaban los fichajes caros”, explica sin acritud, con la perspectiva que le han dado los años. Jugadores como Claudio López, Vlaovic, Gerard, Ilie, Mista o Aimar -todos ellos de calidad y rendimiento indiscutibles- le cerraron el paso, mientras su progresión se estancaba y pese a inflarse a goles en un filial que se le quedaba pequeño.

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