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“Soy el mejor tirador de cañas de España”, presume, dicharachero, después de un buen rato de conversación en el que se ha ido rompiendo el hielo poco a poco. Y su afirmación parece creíble. Se ha pasado horas y horas detrás de la barra, sirviendo, entreteniendo al personal con su charla alegre, sacando adelante un negocio tan esclavo como el de una cervecería. Un sacrificio enorme que no se diferenciaría mucho del de otros miles propietarios, a no ser de un pequeño gran detalle: el barman no es un tipo cualquiera. Es Fernando Maestro (Sant Cugat del Vallès, Barcelona, 15-04-1974), el jugador más veterano de Segunda. Un tipo con más de 500 partidos a sus espaldas. Un portero que ha vivido en primera persona los cambios que ha experimentado el fútbol más modesto, menos agradecido, en las dos últimas décadas. Que se calzó unos guantes por primera vez el mismo año en que España goleó a Malta con aquel mítico 12-1, o que se produjo la expropiación de Rumasa. Que, además de empresario, es historia viva en el Alcoyano. Y que tiene cuerda para rato.

“Empecé a jugar en el Sant Cugat, con nueve años, y ya me metí de portero. Y se me dio bien, porque enseguida vino a buscarme el Espanyol”, rememora. En la cantera blanquiazul destacó de tal manera que llegó incluso a vestir la camiseta de la selección española en categorías inferiores, coincidiendo con jugadores de la talla de Julen Guerrero, Ángel Morales, Javier De Pedro o Xavi Roca, todos ellos retirados hace tiempo. Sin embargo, su destino acabaría apuntando a la Segunda B, con dos grandes destellos en plata: con el Terrassa, hace una década, y, ahora, en El Collao. Maestro es el último superviviente de una época de campos de poco césped y mucha tierra. De equipaciones de gusto dudoso y de un fútbol tan duro como un balón Mikasa. “Tenías que vivir el día a día, sin más. No te hacían contratos largos. El secreto era el sacrificio, intentar evitar al máximo las lesiones y morderte mucho la lengua”, confiesa. Una fórmula que le ha ido de maravilla.

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*Artículo escrito por Jordi Sunyer. Publicado -en versión reducida- en el Diari Ara del 19-03-2012


Arañándose los pantalones o cubriéndolos de polvo en el cemento o en los asientos de un campo de Segunda B, cada domingo, se reúnen unos pocos centenares de individuos. Son muchos menos de los que, en un escalón superior, les lanzan una mirada por encima del hombro con semblante condescendiente. Sumergidos en la fastuosidad, ignoran que aquellos doscientos o trescientos son privilegiados. Los futbolistas dibujan las mismas sonrisas y provocan las mismas decepciones en los dos entornos. Pero, para los trescientos, aquellos que generan las emociones intrínsecas al gusto por el fútbol han sido, son y serán de los suyos, héroes accesibles, vecinos del barrio, gente con un presente nada fácil y un futuro incierto. Jugador y aficionados forman la comunidad que recuerda, si se quiere de forma sorda, que el fútbol es del pueblo. De gente como David Prats.

David Prats Racero (Badalona, 03-04-1979) nació, hijo de ilerdense y gaditana, en el badalonés barrio del Pomar, dos mil viviendas sociales que crecieron casi sin servicios en 1968, en una zona de viñedos, para acoger a los barraquistas del Campo de la Bota y a los expropiados por la construcción de la que hoy es la autopista del Maresme. Ahora vive en el barrio contiguo, La Morera, pero siempre recuerda con orgullo que es del Pomar y lo que le ha dado el barrio. “En el barrio, todos somos iguales”, advierte. “Gente humilde, trabajadora, a quien nadie regala nada, que sale cada día a trabajar, y que tira adelante con constancia. Un barrio donde todo el mundo se conoce, con mucho calor humano, y donde nadie es más que nadie por su ocupación”. Humildad, trabajo, constancia, son los valores que su familia y su entorno le transmitió y que él asumió y aplicó en el fútbol. Porque el fútbol es una gran parte de su vida. “Jugábamos en la calle. Y mucho. O en la calle o en una pista polideportiva que había en el barrio y que ahora es un parque público. Y ahí nos pasábamos horas jugando con mi hermano, con los amigos. Me tenía que llamar mi madre para que volviera a casa. Cuando yo era pequeño, bajabas a jugar a la calle y mi padre y mi madre se quedaban tranquilos. Hoy, todo ha cambiado. Los padres son mucho más protectores, en el barrio ya no hay tanto espacio para jugar porque construyeron un parque público donde estaba la pista. Y eso lo noto en los chavales: no juegan en la calle y es una pena. Entreno un equipo en la escuela que dirige Quique Cárcel [exjugador y ahora secretario técnico del Hospitalet] y decidimos que, un día a la semana, sacaríamos a los chavales del campo y les pondríamos a jugar en la calle. Lo que te enseña la calle no te lo enseña nadie más. Picardía, competitividad, pequeños truquillos, trampitas, no dar nunca el balón por perdido, buscarte la vida para ser mejor que tus amigos o tus hermanos.”

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Nada más enterarse de su destitución como técnico del Nàstic, todos los amigos y conocidos que agarraron el móvil para mandar un mensaje de ánimo por Whatsapp a Juan Carlos Oliva (Lleida, 04-01-1965) se encontraron con un estatus de lo más desconcertante. “¡Motivado!”, rezaba el pequeño texto al lado del nombre del ya ex técnico grana. El hombre que acababa de perder el trabajo después de encadenar 11 partidos sin ganar encajaba el golpe con una sonrisa. Y, en cierto modo, era normal. La destitución en Tarragona no era, ni de lejos, la experiencia más amarga de una carrera trufada de experiencias extrañas, de anécdotas que se mueven entre lo surrealista y lo bizarro y que modelaron a un personaje con peripecias dignas de una novela de Dickens.

Su trayectoria, todavía a medio escribir, es una auténtica montaña rusa: debutó en Primera antes que en Segunda; negoció -y rechazó- contratos millonarios en un jacuzzi; temió por su vida en Grecia y lo dejaron en la estacada cuando ya se veía dirigiendo a un equipo histórico del fútbol español, entre otras lindezas. Así es la azarosa vida de un entenador que, pese a todo, sigue irradiando energía positiva. “Todo forma parte de un proceso. Hay que aprender a gestionar todas estas subidas y bajadas. De todo se puede sacar una buena conclusión”, reflexiona. (más…)