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Al colgar aquel teléfono en el aeropuerto de París, una fría gota de sudor le recorrió el cuello. Tragó saliva, intentando comprender la gravedad de su situación. Sthepen ‘Sunny’ Sunday (Lagos, Nigeria, 17 de septiembre de 1988) estaba solo en un continente extraño, a miles de kilómetros de su casa; casi sin dinero y con un visado de turista que, como una bomba de relojería, amenazaba con consumirse a una velocidad de vértigo. Tres meses. Ese era todo el tiempo del que disponía para buscarse la vida en Europa de manera más o menos legal. El representante que le había captado en su país, que le había descubierto en la escuela de fútbol de Taribo West, no daba señales de vida. Lo que había empezado como un sueño -la posibilidad de probar suerte en un equipo europeo, en Bélgica– se había convertido en el inicio de lo que prometía ser una larga pesadilla.

Sunny llamó y llamó, con un hormigueo creciente en la boca del estómago. Las piernas empezaban a tititar. La mente buscaba excusas a una velocidad de vértigo para justificar la nada al otro lado del teléfono. Seguro que es un malentendido. Debe estar ocupado. Quizás ha perdido el móvil. Todo se arreglará…

Pero no. Pasaron las horas y nada se arregló. Finalmente, Sunny comprendió la verdad: le habían engañado. Era sólo un crío de 16 años, pero la realidad no hace distinciones a la hora de golpear. Encajado el crochet, tocaba pensar algo. Y rápido. “Me quedé paralizado. Me di cuenta de que me habían dejado tirado. Y me había costado muchísimo llegar hasta allí. Los trámites burocráticos para conseguir un visado habían sido muy largos, y mi familia y mis amigos habían tenido que organizar una colecta para comprar el billete de avión”, explica. Desde aquel mismo momento, su estatus pasó de aspirante a futbolista a inmigrante. Y cuando caducara el visado, peor: sería un inmigrante ilegal.

Afortunadamente para Sunny, él no había sido el primero en recorrer ese largo camino. Un amigo de Nigeria, Elvis Onyema, otro chico que soñaba ganarse la vida en el rico fútbol europeo, había dado el salto al viejo continente un poco antes. Y era su último recurso. Su tabla de salvación, aunque se encontrara lejos de París. “Sabía que estaba en Madrid. Tenía su número, así que no me quedaba otra opción que llamarlo”, reconoce. Esa vez hubo más suerte: Elvis cogió el teléfono, le tranquilizó y prometió que le ayudaría. Hoy, casi una década después, consolidado en el Numancia tras una carrera llena de altibajos, de grandes esperanzas y pequeñas decepciones, Sunny Sunday es un tipo feliz que puede contar su historia con calma. Y con la satisfacción de haberse ganado a pulso todo lo que tiene.

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Dos chavales se sientan en un banco, después de haber estado toda la tarde jugando una pachanga con los amigos. Hablan sin parar, repasando los mejores momentos del partido que acaba de finalizar. Saben que han estado bien, se sienten crecidos. Entonces, uno de ellos pregunta al otro: “Oye, ¿por qué no nos apuntamos al equipo del barrio?”. Tienen 17 años y saben que será muy difícil entrar. Pero se deciden a intentarlo, y al día siguiente se presentan en el campo de tierra dispuestos a convencer al entrenador.

Esta escena se ha repetido miles, quizá millones de veces, en cualquier rincón del país. La única salvedad es que ésta que nos ocupa es el inicio de la historia de un hombre que se ha convertido en uno de los delanteros más peligrosos de la Segunda División. Joaquín Álvarez Álvarez, ‘Quini’, (San Martín de la Vega, Madrid, 04-07-1980) saborea el éxito pasada la treintena, después de una carrera tan atípica como meritoria. Una carrera que le ha llevado de las catacumbas de la regional madrileña a la lista de máximos goleadores (22 tantos la pasada campaña, cinco en este inicio de competición) de la Liga Adelante. “Empecé a jugar tan tarde porque mis padres eran feriantes y no podían acompañarme a los entrenamientos. De chaval me presenté a una prueba con el Atlético de Madrid. La pasé, pero tuve que renunciar porque no tenía quién me llevara”, explica. Así, cuando empezó a tener independencia, decidió probar si su facilidad goleadora en las porterías improvisadas de la calle se podía trasladar al ‘fútbol de verdad’. Y fue llegar y besar el santo. “Al principio, el entrenador del equipo del barrio no quería ni dejarnos entrenar porque decía que no seríamos constantes. Pero lo convencimos, vaya que sí. Metí cuatro goles en el partidillo y me hicieron ficha”, recuerda, con orgullo.

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