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Con los ecos de las celebraciones del Eibar y el Real Jaén todavía recientes, la próxima temporada empieza a tomar forma. Faltan menos de dos semanas para que la mayoría de equipos empiecen a sudar y empieza a ser evidente que la crisis ha llegado de pleno al fútbol español. Exceptuando a Barça y Madrid, que están a años luz, se está produciendo una reacción en cadena que acaba afectando a los equipos de Segunda. Los clubs de Primera, acorralados por las deudas, se ven incapaces de competir en el mercado internacional y ven cómo sus mejores jugadores emigran. La Premier es el destino más lógico, pero el abanico es cada vez más amplio. Y entonces no queda más remedio que mirar hacia abajo para nutrirse de jugadores con un ratio calidad-precio más asumible. El ejemplo más claro es el Espanyol, que ha reclutado a Abraham, Lanza y Fuentes para reforzar una plantilla que ha perdido masa salarial. Y esa, en definitiva, es la receta que seguirán los equipos de la clase media si quieren sobrevivir. La paradoja es que algunos equipos de Primera ni siquiera pueden competir con ofertas extranjeras a la hora de captar el talento de la categoría de plata. La marcha de Fede Vico al Anderlecht belga ilustra a la perfección la pérdida de atractivo de los clubs de primera línea. La Liga de las Estrellas pierde brillo.

No tenía sentido, en un país con una economía en caída libre, seguir manteniendo una estructura de clubs engordados a base de clembuterol: la vista gorda de Hacienda y las instituciones públicas y un dinero de las televisiones que llega, al fin y al cabo, de exprimir a un espectador/abonado que bastante tiene con que le cuadren las cuentas a final de mes. Por eso, los  que quieran sobrevivir deberán ajustarse a la realidad de la calle. Lo siento por los futbolistas, que al fin y al cabo son los protagonistas de la película, pero se perfila un regreso a los ochenta, en el que sólo los grandes jugadores de los principales equipos eran millonarios de verdad, gente con la vida resuelta del todo. El resto eran currantes del balón que debían aprender a administrar sus ganancias con cuidado para poder trazar un plan de vida a largo plazo, fuera de las canchas.

El efecto dominó -o los vasos comunicantes, como se prefiera- llega a Segunda con una lógica muy clara. Si Desde arriba se despoja a los equipos de sus principales figuras, no queda más remedio que apostar por jugadores de un perfil más modesto, de Segunda B, o con algún tipo de arraigo a la zona que permita abaratar su ficha. Sólo los equipos con una aconomía más potente o con un proyecto más sólido van a poder comprar experiencia en la categoría.

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Al colgar aquel teléfono en el aeropuerto de París, una fría gota de sudor le recorrió el cuello. Tragó saliva, intentando comprender la gravedad de su situación. Sthepen ‘Sunny’ Sunday (Lagos, Nigeria, 17 de septiembre de 1988) estaba solo en un continente extraño, a miles de kilómetros de su casa; casi sin dinero y con un visado de turista que, como una bomba de relojería, amenazaba con consumirse a una velocidad de vértigo. Tres meses. Ese era todo el tiempo del que disponía para buscarse la vida en Europa de manera más o menos legal. El representante que le había captado en su país, que le había descubierto en la escuela de fútbol de Taribo West, no daba señales de vida. Lo que había empezado como un sueño -la posibilidad de probar suerte en un equipo europeo, en Bélgica– se había convertido en el inicio de lo que prometía ser una larga pesadilla.

Sunny llamó y llamó, con un hormigueo creciente en la boca del estómago. Las piernas empezaban a tititar. La mente buscaba excusas a una velocidad de vértigo para justificar la nada al otro lado del teléfono. Seguro que es un malentendido. Debe estar ocupado. Quizás ha perdido el móvil. Todo se arreglará…

Pero no. Pasaron las horas y nada se arregló. Finalmente, Sunny comprendió la verdad: le habían engañado. Era sólo un crío de 16 años, pero la realidad no hace distinciones a la hora de golpear. Encajado el crochet, tocaba pensar algo. Y rápido. “Me quedé paralizado. Me di cuenta de que me habían dejado tirado. Y me había costado muchísimo llegar hasta allí. Los trámites burocráticos para conseguir un visado habían sido muy largos, y mi familia y mis amigos habían tenido que organizar una colecta para comprar el billete de avión”, explica. Desde aquel mismo momento, su estatus pasó de aspirante a futbolista a inmigrante. Y cuando caducara el visado, peor: sería un inmigrante ilegal.

Afortunadamente para Sunny, él no había sido el primero en recorrer ese largo camino. Un amigo de Nigeria, Elvis Onyema, otro chico que soñaba ganarse la vida en el rico fútbol europeo, había dado el salto al viejo continente un poco antes. Y era su último recurso. Su tabla de salvación, aunque se encontrara lejos de París. “Sabía que estaba en Madrid. Tenía su número, así que no me quedaba otra opción que llamarlo”, reconoce. Esa vez hubo más suerte: Elvis cogió el teléfono, le tranquilizó y prometió que le ayudaría. Hoy, casi una década después, consolidado en el Numancia tras una carrera llena de altibajos, de grandes esperanzas y pequeñas decepciones, Sunny Sunday es un tipo feliz que puede contar su historia con calma. Y con la satisfacción de haberse ganado a pulso todo lo que tiene.

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El mundo del fútbol es tremendamente adictivo. No hay nada como la tensión, el dolor, la gloria o el sufrimiento que pueden llegar a proporcionar 90 minutos. El saber que, pase lo que pase, siempre habrá un siguiente partido con el que intentar cambiar -o mantener- la racha. La liturgia de pasar página y empezar a pensar, recién duchado, en el duelo que está por llegar. Ese cosquilleo competitivo que no acaba nunca.

Bueno, en realidad sí que acaba. Por eso es tan difícil dejarlo. El jugador de fútbol, acostumbrado a vivir durante casi veinte años bajo los mismos parámetros, siente pánico, vértigo, a perder la rutina que ha regido su existencia. Así, muchos emprenden lo que se podría definir como el camino del homo futbolisticus: traspasan la línea de banda, se embuten en un chándal -o en un traje, eso va a gustos- y emprenden una carrera como entrenadores. Todo con tal de no perder el contacto con el único mundo profesional que han conocido. Tras esa etapa existe, finalmente, una tercera evolución: el salto a los despachos. El puesto de secretario técnico, director deportivo, director general o, incluso, presidente, se convierte en un confortable refugio cuando el cuerpo y la mente se cansan de una vida que engancha, sí, pero que también quema. Franz Beckenbauer sería el paradigma de esta mutación, del viaje del césped a la poltrona.

Hay también ejemplos de jugadores que se saltaron el paso intermedio. Como Antoni Pinilla, que tardó dos días en pasar de ser el capitán del Nàstic a convertirse en su director general. O Fernando Sanz, que un buen día dejó de ser un miembro más del vestuario del Málaga para ser su presidente. Pero la trayectoria realmente excepcional es la de un hombre que alteró el orden natural y dio un paso atrás. Que dejó la tranquilidad del despacho, tras haber ejercido cargos de responsabilidad en el Liverpool y el Espanyol, para exponerse al fuego contínuo de los banquillos. Y que dirige a su noveno -sí, han leído bien, noveno- club de Segunda. Ese hombre es Paco Herrera (Barcelona, 02-12-1953), un técnico que, tras años y años de perseguirlo, acaricia el sueño del ascenso con el Celta en su segunda campaña en Vigo.

“Yo soy más de campo. En el despacho, el trabajo importante se hace en agosto y luego tienes las manos atadas. En cambio, como entrenador, aunque vayan mal las cosas, siempre tienes un domingo más para intentar arreglarlas. Necesito el contacto directo con los jugadores: pelearme con ellos, abrazarlos, ver cómo progresan… es realmente lo que me llena”, explica, por teléfono, después de haber interrumpido la conversación para hacerse una foto con unos aficionados. En su caso, su apariencia de koala afable no engaña. Pocas veces tiene un mal gesto o una respuesta desagradable.

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Aquella madrugada, en el aeropuerto de Valencia, Louis Van Gaal no estaba de muy buen humor, valga la redundancia. El Barça acababa de perder el primer partido oficial de la temporada en Mestalla, la ida de la Supercopa, por un ajustado 1 a 0, y el técnico ya buscaba soluciones mientras esperaba la hora de embarcar. De repente, sus ojos pequeños y fríos se encontraron con los de uno de los chavales que habían acompañado al grupo en la pretemporada de Holanda y que había visto el partido desde la grada. Ese chico, un mocetón gallego de sólo 17 años apodado Nano (Fernando Maceda Da Silva Rodilla, A Coruña, 20-04-1982), le había causado una buena impresión en los tests de preparación. Y entonces, Van Gaal tuvo una idea que, para bien o para mal, cambiaría la vida del chico para siempre.

-Oye Nano, has visto el partido, ¿verdad? ¿Crees que lo podrías hacer mejor que Zenden?

El chaval tragó saliva, aguantó la mirada del técnico y asintió.

-Pues prepárate. Serás titular en el partido de vuelta-, zanjó el holandés.

Así fue como, en agosto de 1999, Nano se convirtió en el jugador más joven hasta entonces en debutar con la camiseta del Barcelona. Un hito que auguraba una carrera fulgurante, meteórica, pero que, sin embargo, no pasó de ser un fogonazo casi cegador. El punto de partida de una tortuosa relación con el fútbol profesional que anduvo cerca de acabar pronto y mal. Y de la que ahora, rozando la treintena, y tras una colección de sinsabores, disfruta de nuevo con la camiseta del Numancia. “Soy feliz. Casi he vivido todo lo malo del fútbol, pero ahora disfruto. He aprendido de todo lo que que me ha ido pasando”, explica.

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Nada más hacerse cargo del Nàstic, Jorge D’Alessandro lo tuvo bien claro. Tras el primer entrenamiento, mientras la plantilla se encaminaba hacia las duchas, llamó a unos pocos jugadores para una charla aparte. Eran los señalados por el técnico para sacar adelante un conjunto en estado comatoso, que no había ganado ningún partido en 11 jornadas de Liga. Después, ante la prensa, el argentino no se mordió la lengua y confesó que ponía el equipo en manos de los veteranos, pero se detuvo en un solo nombre, el de Fernando Morán (Madrid, 27-04-1976).  Un jugador al que, desde el primer momento, ha entregado la batuta del equipo, y al que  llama a gritos con un mote de lo más descriptivo: Maestro. Lo que quizás no sabe D’Alessandro es que ese sobrenombre le viene al madrileño como anillo al dedo. Porque Morán, aparte de marcar el ritmo de los grana sobre el terreno de juego, también lo lleva en las venas. Es músico y va camino de terminar su tercer disco de estudio.

Todo empezó en un local de Madrid, a principios de los 90. Sobre el escenario, Loquillo, con su estampa imponente, seduce e hipnotiza a la audiencia. El ‘Loco’ es el centro de atención de todos los presentes. De todos, menos un joven llamado Fernando, que, como en el césped, siempre mira un poco más allá. Sus ojos se posan en el batería. La potencia y la coordinación de las baquetas le hacen decidirse: quiere aprender a tocar y sabe cómo hacerlo. La clave la tiene un cura. Sí, un cura. El Padre Levi’s, para más señas. “Yo iba a los salesianos, y había un profesor muy moderno que enseñaba a tocar varios instrumentos. Al día siguiente le pedí que me diera las primeras clases”, rememora. Desde entonces, la música ha sido la válvula de escape de un futbolista que va camino de alcanzar los 500 partidos en el fútbol profesional, entre Primera y Segunda. “Me sirve para desconectar, para no comerme la cabeza. Cuando las cosas van mal le doy muchas vueltas a todo y mientras estás tocando no puedes pensar en lo que te agobia. Eso ayuda a seguir dando guerra”, explica.

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Toda carrera tiene un punto de inflexión. Un punto en el que, para bien o para mal, las cosas toman un cariz, un rumbo, que después será difícil de romper. En el caso de Óscar López (Cerdanyola del Vallès, Barcelona, 11-05-1980), ese momento se produjo fuera de los terrenos de juego. Era el verano de 2006, Jugaba en el Betis, y aceptó una oferta de un recién ascendido a Primera, el Nàstic de Tarragona, para ir cedido una temporada. “Se me acercó una señora y me dijo que tuviera cuidado, que los jugadores que se iban del Betis cedidos nunca volvían. No le hice caso, no quise creerlo, pero tenía razón. A partir de entonces, todo se complicó”, reflexiona el defensa. Fue como una maldición gitana, como una de esas escenas de película en la que una extraña se acerca al protagonista para advertirle de las consecuencias de la decisión que acaba de tomar. Desde ese momento, la carrera del entonces prometedor futbolista, se truncó. Tanto, que ahora se encuentra en paro.

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