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ACÑ!!

Aquella mañana, todavía calurosa, los más rezagados en llegar al vestuario del Girona se llevaron una buena sorpresa. En el centro de la sala, con una gran sonrisa, los recibía  Carlos Javier Acuña (Asunción, Paraguay, 25-06-1988). Estaba bailando, amenizando los minutos previos a la sesión de entrenamiento. La escena podría ser normal en muchos equipos, sean de la categoría que sean. Siempre hay alguien desinhibido, dispuesto a levantar el ánimo del grupo. Sin embargo, lo que la convierte en especial es el estado de su protagonista. Acuña danzaba haciendo equilibrios con sus muletas. Con 23 años, acababa de iniciar la recuperación de su tercera lesión de rodilla, la que se hizo justo el segundo día de pretemporada con sus nuevos compañeros. Su carrera, una vez más, estaba en entredicho. Tras el postoperatorio, todo el mundo en el club esperaba encontrarlo abatido, o cuanto menos taciturno. Pero la vida de este delantero ha sido demasiado intensa como para rendirse ante las adversidades, por duras que sean. “Si mi familia está bien y no nos falta para comer, ya soy feliz, no pido nada más”, asegura, con la serenidad de un veterano. Y es que, pese a su edad, a Acuña ya se le puede incluir en esta categoría. Hace ya casi una década que debutó en Primera en su país y ha sobrevivido a un entorno difícil, un veto de la FIFA, tres lesiones graves de rodilla y una fama de niño prodigio venido a menos que ponían en cuestión cuál era su auténtico potencial. Hoy, a base de goles y coraje, destaca en un Girona que va camino de dar la gran campanada. Y el delantero lo celebra igual que en los malos tiempos, bailando, sonriendo y pensando que lo mejor está por llegar. Recorriendo su espalda, de arriba a abajo, un tatuaje resume su planteamiento vital: “Creado por Dios, nacido para triunfar”.

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El azar a veces produce conexiones maravillosas. Un consejo de un amigo, una recomendación o un capricho pueden variar la vida y la carrera profesional de las personas; acabar con ellas de la manera más cruel o relanzarlas hasta un punto que los protagonistas jamás se hubieran atrevido a imaginar. Un detalle puede cambiarlo todo para siempre. El fútbol, como la música, está trufado de historias que pudieron no haber existido nunca.

Vayamos con la música. En 1990, Eddie Vedder no era más que un chaval solitario que trabajaba en el turno de noche en una gasolinera en San Diego, California, y que de día vivía a fondo sus dos pasiones, la música y el surf.  Un día, un amigo suyo, Jack Irons (que había tocado la batería en unos Red Hot Chili Peppers por entonces al filo del estrellato) le pasó una maqueta de unos amigos suyos de Seattle que buscaban contante. Los temas le fascinaron y, poco después, se encerró en casa, compuso letra para tres de las canciones de la cinta. Grabó su voz encima y la mandó por correo. Cuando el paquete llegó a su destino, Jeff Ament -bajo- y Stone Gossard -guitarra- abrieron los ojos de par en par al escuchar los aullidos que salían del viejo cassette. Habían encontrado vocalista. Y de los buenos. Acababa de nacer Pearl Jam, la única gran banda que ha sobrevivido ininterrumpidamente a la fiebre grunge, veinte años después de su eclosión.

¿Qué hubiera sido de Vedder, de no haber recibido aquella cinta? Probablemente, ahora sería un cuarentón místico castigado por la vida que dormiría en una caravana destartalada, mientras que sus compañeros de banda no hubieran pasado de tocar en bares y recintos de poco aforo, en el mejor de los casos. Sin embargo, juntos crearon una química capaz de vender millones de discos y llenar estadios por todo el planeta.

El caso de Roberto García Cabello (Madrid, 04-02-1980) es, salvando las distancias, algo parecido aplicado al mundo del fútbol. A los 23 años, era un central que buscaba equipo después de haber peleado cada pelota como si fuera la última por los campos de Segunda B. No tenía ofertas y se asomaba peligrosamente al agujero negro de la Tercera División. Hoy, casi diez años después, es un punta con más de 100 goles en su currículum y a punto de convertirse en centenario con la camiseta del Huesca en la División de Plata. Sí, han leído bien. Roberto pasó de central a delantero centro. Un cambio casi inconcebible que se gestó gracias a una coincidencia deliciosa: el consejo que dio Vicente Del Bosque a su sobrino Fermín. Sin esa  intervención, la carrera del madrileño hubiera sido, con total seguridad, muchísimo más discreta.

“La mía es una historia complicada, ¿eh?”, bromea, sabedor que ha sido un tipo con suerte. El de este espigado jugador, de metro noventa, es un viaje de ida y vuelta a la delantera que pocos jugadores han sido capaces de realizar. Que empezó en las calles del madrileño barrio de Hortaleza y que ha acabado convirtiéndolo en el ídolo en el coqueto Alcoraz, pasando por el Real Madrid y otro buen puñado de equipos. (más…)

Cuando colgaron el teléfono, en las oficinas del fútbol base del Real Madrid no se podían creer lo que acababan de escuchar. Un chaval de 18 años, que llevaba dos semanas a prueba con los juveniles y que lo tenía todo de cara para firmar, acababa de renunciar. Muy educadamente, les había dicho que gracias por todo, pero que prefería dejar el fútbol, que no era su prioridad. Lo que para millones de chicos era la oportunidad de su vida, para él era simplemente algo secundario. Mariano Sánchez (San Pedro del Pinatar, Murcia, 28-01-1978) lo tenía clarísimo: si había dejado Murcia para instalarse en Madrid no era para convertirse en futbolista profesional. Era para estudiar y convertirse en arquitecto. Así que en cuanto vio que la carrera le exigía una dedicación exclusiva, que había que dedicar las tardes enteras a los trabajos prácticos, tomó la decisión de centrarse en los libros.

Probablemente, sólo uno de cada cien chavales en su situación hubieran hecho lo mismo. Renunciar al deporte a esa edad implica, casi con total seguridad, asumir que nunca te podrás convertir en profesional. Que hay que hacer un sacrificio por el bien de lo que más te conviene, una profesión reputada y respetada que no se acaba a los treinta y pocos. Sin embargo, aquella decisión tendría una doble recompensa con el paso de los años. Porque hoy, Mariano Sánchez no es únicamente el jefe de su propio estudio de arquitectura; también es el capitán de un Cartagena que cumple su tercera temporada en el fútbol profesional. La más complicada, en la que lucha por mantenerse en Segunda en medio de un millar de turbulencias. Pero que para el centrocampista continúa teniendo el mismo sabor a gloria del primer día. Después de una carrera tardía, atípica, ha cumplido sus dos sueños. Es un hombre feliz. (más…)

Se apaga la última luz del estadio. Los ecos de los gritos de euforia de los aficionados todavía resuenan en la ciudad. Los jugadores, exhaustos después de todo el ritual de celebraciones, se van a casa vacíos, con la satisfacción de saber que han hecho historia y la convicción de haberse ganado a pulso un ascenso del que esperan disfrutar la temporada siguiente. El cuento de hadas tiene su final feliz. Pero… ¿qué pasa justo después? El fútbol, como la vida, a veces se reserva un epílogo, y no necesariamente agradable. Es lo que le pasó a Ernesto Gómez (Madrid, 26-04-1985) cuando concluyó la temporada más fascinante que un equipo modesto ha protagonizado en los últimos tiempos: la que llevó al Alcorcón a eliminar al Real Madrid  de la Copa y a subir por primera vez en la historia a Segunda. Ernesto, que había tenido un papel destacado en ambas gestas (marcó uno de los goles del famoso Alcorconazo y fue una de las claves de la remontada increíble en la última eliminatoria del playoff ante el Ontinyent), se vio apeado, casi sin poder creerlo, del tren hacia Segunda. Con una simple llamada telefónica. “Unos días después del ascenso, me llamó el míster, Anquela. Me dijo que lo sentía, pero que no contaba conmigo pese a haber jugado más de treinta partidos como titular. Fue todo muy rápido, duró menos de un minuto, y no tuve tiempo a reaccionar ni a decir nada. Después de colgar, me quedé mirando el teléfono. No me creía lo que acababa de pasar”, relata. Era el último desengaño de una carrera que, en ese momento, cogía un nuevo impulso, el definitivo, que le llevaría a consolidarse en Segunda de la mano de otro equipo sorprendente: el Guadalajara. Pero eso, entonces, Ernesto no lo sabía.

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